DOI: 10.18441/ibam.21.2021.78.35-55

 

 

 

 

Los márgenes de la guerra: lo liminal en las crónicas de Ramiro de Maeztu durante la Primera Guerra Mundial

War at the Margins: Liminality in Ramiro de Maeztu’s Chronicles from the First World War

David Jiménez Torres

Universidad Complutense de Madrid, España

dajimeneztorres@ucm.es
ORCID iD: https://orcid.org/0000-0002-8435-0299

INTRODUCCIÓN

Ramiro de Maeztu fue uno de los autores hispanohablantes que más escribió acerca de la Primera Guerra Mundial. Como corresponsal londinense de varios periódicos españoles e hispanoamericanos, cubrió los efectos que aquel conflicto tuvo en el home front británico. Al mismo tiempo, fue enviado al frente occidental como reportero en cinco ocasiones y escribió numerosas crónicas acerca de lo que allí presenció. Sus textos, sin embargo, presentan varias características que los vuelven complejos y merecedores de un análisis detallado. Por un lado, narran la guerra desde sus márgenes, es decir, desde la periferia de todo lo que rodeaba a los combates en las trincheras: hospitales, almacenes, estaciones de reclutamiento, trincheras de retaguardia, vehículos usados para el transporte de soldados. Si bien esto era algo obligado por las numerosas restricciones que operaban sobre la labor del corresponsal, el propio Maeztu fue un paso más allá al reflexionar acerca de qué era lo verdaderamente central y qué lo marginal en una moderna guerra de masas como aquella. Por otro lado, Maeztu escribía como ciudadano de un país que no combatía en aquella guerra, pero que a la vez estaba muy interesado por la misma y cuyos ciudadanos podían desarrollar una gran identificación con uno de los bandos en liza. Esto hace que sus crónicas transiten un espacio complejo e híbrido: ni contendiente ni desapasionado, ni beligerante ni neutral. Al mismo tiempo, esta indeterminación se ve reforzada por el viaje que hace el corresponsal desde la ciudad en la que vive hasta el frente de lucha, transitando desde el mundo de los civiles hasta el de los soldados, desde un espacio seguro hasta otro de inseguridad y de muerte.

Estos rasgos animan a estudiar las crónicas de guerra de Maeztu como un caso tanto de escritura desde los márgenes como de escritura liminal. Este trabajo pone el foco en las distintas maneras en que estos conceptos pueden ser útiles para comprender estos textos. El análisis se centrará principalmente en la serie de crónicas recogida en Inglaterra en armas (1916), la más extensa e influyente de todas las que Maeztu escribió durante la guerra. También se hará mención de otros textos de corresponsales españoles de la época, con la intención de ilustrar que Maeztu no supone un caso excepcional, sino que es más bien un exponente de dinámicas más amplias. De esa forma, las conclusiones alcanzadas aquí nos permiten también dilucidar nuevos elementos de la relación que la cultura y la sociedad españolas entablaron con la Primera Guerra Mundial mientras esta se libraba.

En cuanto al marco y los conceptos utilizados, se entenderá por “liminal” aquello que se encuentra en un espacio indeterminado entre dos lugares y condiciones distintas y relativamente estables. En la formulación clásica realizada por Turner (1969) –siguiendo los esquemas de Gennep (1909)– ese umbral supone un estadio intermedio en el paso de una condición a otra. Ese proceso se podría dividir en tres fases: la preliminal o previa, la intermedia o liminal y la posliminal o posterior. Si bien, esta formulación se realizó en el campo de los estudios antropológicos, el concepto se ha proyectado también sobre los estudios literarios y culturales. En este contexto, lo liminal haría referencia a “texts and representations generated between two or more discourses, a transition area between two or more universes which thereby shares in two or more poetics”, o también a “texts, genres or representations centered around the notion of the threshold, or whose fundamental theme is the idea of a crossover, an entry or transgression into the unknown, the Other” (Aguirre, Quance y Sutton 2000, 9). En este sentido, lo liminal comparte con lo marginal el no hallarse anclado en una posición segura ni hegemónica; y ha sido empleado en los estudios culturales poscoloniales como herramienta para el análisis y la resignificación de la hibridez (Bhabha, 1994). Pero como señaló el propio Turner (1974, 232) y han destacado igualmente Aguirre, Quance y Sutton (2000, 65-66) la condición de liminalidad también rebasa en ciertos aspectos la mera marginalidad. Thomassen (2016, 7-8) incluso critica severamente la predisposición crítica de las últimas décadas a tratar lo liminal como sinónimo de lo marginal, dado que, en su opinión,

while liminality and marginality share affinities (being boundary-concepts), they are also very different terms: that which is interstitial is neither marginal nor on the outside; liminality refers, quite literally, to something placed in an in-between position.

Otros autores, por su parte, han señalado los problemas inherentes a una aplicación mecanicista del esquema tripartito de Gennep y Turner a los procesos narrativos y culturales, sobre todo dado lo problemático que resulta a veces la identificación de una verdadera y estable fase posliminal (Aguirre 2004; Ellis 2004). Pero esto no anula la utilidad del concepto; como señala Brerendick (2004, 3), una veta productiva para los investigadores ha sido el centrarse más en “activity at the limen rather than passage through it”. Y esto hace que el limen, el umbral o espacio intermedio entre dos condiciones, se ofrezca como un campo muy amplio, al menos tanto como el denotado por la palabra “márgenes”. Por otra parte, aunque no todo limen sea al mismo tiempo un margen, esto no significa que algunos no lo sean, o que en algunos casos no se reduzca la distinción entre ambos (o, visto desde otra perspectiva, que la combinación de los dos conceptos no pueda resultar productiva para el análisis).

La aplicabilidad de estos conceptos a las crónicas de Maeztu parte del hecho de que estas dan fe de un pasaje: el que hace el autor desde los espacios civiles (en su caso, Londres) hasta los espacios de la guerra (el frente). El corresponsal narra en primera persona y en una estructura episódica las distintas experiencias de su viaje. La estructura no es, por tanto, expositiva sino narrativa. Al mismo tiempo, veremos que Maeztu se aproxima al foco del combate (la primera línea de trincheras) pero nunca llega a tocarlo. Permanece, así, en un umbral: el que separa la experiencia de los civiles de la de los combatientes. Que este umbral cubra un enorme espacio físico y una amplia gama de experiencias no es óbice para que suponga una situación intermedia; es más, encaja con las posibilidades ofrecidas por este tipo de situación. Como ha escrito Thomassen (2016, 2) en su análisis de la liminalidad,

while on the one hand the term can and must be given an extremely narrow and technical definition as belonging to the middle stage in concretely acted out ritual passages, on the other hand it is also evident that liminality lends itself to a wider application, as the term captures something essential about the imprecise and unsettled situation of transitoriness.

Yendo al contexto histórico y literario que nos ocupa, Prieto (2018) ha aplicado con buenos resultados el concepto de liminalidad a las crónicas escritas por periodistas y escritores británicos y estadounidenses durante la Gran Guerra, destacando las experiencias transformadoras vividas por no-combatientes durante su viaje al frente. Como señala esta autora, “as eyewitnesses to the conflict, they were neither mere civilians back at the Home Front nor combatants in the battlefield. Their position, therefore, may be said to be truly liminal” (Prieto 2018, 12). Por otro lado, el concepto de liminalidad también sería pertinente debido a que los años de la guerra suponen una fase intermedia en cuanto a las estrategias literarias dominantes a la hora de tratar el tema bélico, entre la exaltación romántica del xix y el registro cínico o angustiado que triunfaría en la posguerra (un registro que, como han señalado Chimirri [2015] y Engel [2013], se fijó también en experiencias liminales, como aquella entre la vida y la muerte, entre la subjetividad y la objetividad, o entre la normalidad previa a la guerra y la búsqueda de nuevos significados tras su finalización). Finalmente, el concepto también sería útil debido a la peculiar naturaleza del periodismo literario y su tradicional marginalización en los estudios literarios.

Esto último no es exclusivo de los casos británico y norteamericano. González (2016) ha destacado que las crónicas de guerra escritas por corresponsales españoles entre 1914 y 1918 también han sido relegadas a los márgenes de la historia literaria, a pesar de que la mayoría fueron escritas por autores que partían de un capital social importante: Maeztu, Valle-Inclán, Gaziel, Pérez de Ayala o Zamacois. En ocasiones, fueron los propios autores quienes contribuyeron a su marginalización y olvido, al considerarlas textos menores e incluso excluirlas de sus antologías. Y la pregunta de cuánta atención debe dedicar la historia literaria y cultural a estos escritos engarza con cuestiones más amplias acerca del estudio de la Gran Guerra. En las últimas décadas se ha producido un importante cuestionamiento acerca de qué es el ‘centro’ y qué son los ‘márgenes’ o la ‘periferia’ en lo que se refiere a testimonios de aquel conflicto. Frente a un paradigma tradicional dominado por la perspectiva de los soldados, se ha ido recuperando y reivindicando la importancia de testimonios de enfermeras, médicos, conductores de ambulancias, periodistas y también ciudadanos de países neutrales (Winter 2000; Griffiths, Prieto y Zehle 2016). Y, por otro lado, también se ha ido produciendo una reevaluación de lo que supuso la propia neutralidad, destacando sus múltiples facetas y las muy diversas actitudes adoptadas –y funciones desempeñadas– por los Estados, las élites culturales, los diversos actores económicos y los distintos grupos políticos (Den Hertog y Kruizinga 2011; Pla, Fuentes Codera y Montero 2015; Ruiz Sánchez, Cordero Olivero y García Sanz 2016). La clara simpatía de Maeztu por uno de los bandos en liza y el hecho de que estuviera escribiendo para lectores de países neutrales, unido a las intenciones propagandísticas del gobierno británico que coordinaba sus estancias en el frente, añaden capas adicionales de complejidad al “umbral” que Maeztu transitaba. Todas estas cuestiones se deben tener en cuenta a la hora de analizar las crónicas que resultaron de aquel viaje.

Las crónicas de Maeztu y los márgenes de la guerra

Aportemos primero unas líneas de contexto. Maeztu había destacado inicialmente como una de las voces críticas surgidas al calor del movimiento regeneracionista de finales del xix, lo que luego se denominaría, de forma algo equívoca, “generación del 98”. Junto a sus compañeros Pío Baroja y José Martínez Ruiz (“Azorín”) fue una de las principales figuras del Madrid iconoclasta y nietzscheano de fin de siglo. Pese a su interés por la literatura y el arte, su principal faceta fue siempre la de periodista y ensayista. Su primer libro, Hacia otra España (1899) fue uno de los ensayos fundamentales del fin de siglo español, y su autor pronto pasó de colaborar en las efímeras revistas regeneracionistas a hacerlo para las grandes cabeceras del país, como El Imparcial, La Correspondencia de España, Nuevo Mundo y Heraldo de Madrid, al igual que La Prensa de Buenos Aires.1 Precisamente en 1905 asumió el puesto de corresponsal londinense de La Prensa y de La Correspondencia de España, puesto que desempeñaría durante quince años. A lo largo de ese periodo, Maeztu dio a conocer entre sus lectores españoles e hispanoamericanos los principales acontecimientos políticos, sociales y culturales de la vibrante sociedad post-victoriana. Esto le llevó también a entrar en contacto con nuevas corrientes ideológicas que le fueron alejando de las posturas de su juventud. En un principio se vio atraído por el socialismo reformista de la Fabian Society (dirigida por George Bernard Shaw y el matrimonio Webb), a la vez que por el socialismo cristiano del reverendo R. J. Campbell. Posteriormente gravitaría hacia las distintas corrientes del medievalismo británico de la época, como el socialismo gremialista de A. J. Penty y A. R. Orage en cuyo influente semanario, The New Age, publicó numerosos artículos–, el catolicismo antimoderno de Hilaire Belloc y G. K. Chesterton, y el conservadurismo filosófico de T. E. Hulme. También fue importante su relación de mentor –primero– y aliado y discípulo –después– del joven José Ortega y Gasset, cuyo proyecto liberal-reformista ayudó a impulsar entre 1908 y 1912 (González Cuevas 2003 y 2007; Jiménez Torres 2016).

El estallido de la Primera Guerra Mundial encontró a Maeztu en plena evolución ideológica, pero consolidado en su posición de intelectual español que mejor conocía el Reino Unido, y puente fundamental entre las culturas española y británica. Su producción periodística entre 1914 y 1918 estuvo dominada casi exclusivamente por el tema de la guerra, dedicando más de un centenar de artículos a explicar las transformaciones que aquel conflicto estaba produciendo en la sociedad británica, aunque sus explicaciones siempre estaban pasadas por el filtro de sus prioridades ideológicas de aquel momento (como su apuesta por un control social de la riqueza y su creencia en una vertebración de las sociedades según valores objetivos y transcendentes, en consonancia con el socialismo gremial de Orage y The New Age) (Jiménez Torres 2015). También realizó varios viajes a distintos puntos del frente occidental en categoría de corresponsal de guerra. En los primeros compases del conflicto, el Heraldo de Madrid lo envió a Italia (que aún era neutral), donde permaneció unos meses; luego, a mediados de 1916, fue invitado por el ejército británico para hacer un viaje de dos semanas por el frente comprendido entre Francia y Bélgica. A mediados de 1917 sería invitado de nuevo a la misma zona, y en 1918 realizaría dos viajes más, el último de los cuales le permitió entrar con las tropas aliadas en Alemania. Pero la más significativa de todas aquellas visitas fue sin duda la de 1916: las crónicas que resultaron de la misma se publicarían en español en La Correspondencia de España y en La Prensa de Buenos Aires, y también, a petición de su amigo Orage, en inglés en The New Age; también fueron recopiladas y publicadas de inmediato en un volumen titulado Inglaterra en armas (Maeztu 1916).2

Conviene destacar, sin embargo, que el tipo de viaje que Maeztu relata en esta obra no fue único o incluso especial en el panorama periodístico español. Desde mediados de 1915, tanto Reino Unido como Francia comenzaron a organizar visitas al frente de periodistas de países neutrales (Alemania lo llevaba haciendo desde el comienzo mismo de la guerra), viajes que primero se traducían en una serie de crónicas y luego en un libro recopilatorio (Thompson 1999; Farrar 1998). El hecho de que fueran viajes que seguían un patrón preestablecido hace que los textos coincidan en muchas de las experiencias que relatan (Jiménez Torres 2013). El autor siempre se desplaza en las crónicas desde el mundo de los civiles (lo que incluye, en muchos casos, pasar por París) hasta el mundo de los soldados (lo que suele incluir la visita a alguna trinchera en desuso y alejada de la actual línea de combate). A lo largo de ese viaje conversa con diversos oficiales y va dejando sus observaciones sobre el paisaje, los métodos de organización del ejército y las causas y significados de aquel conflicto. Al final, el autor regresa al mundo de los civiles sin haber recibido daño alguno pero habiendo sido testigo del gran acontecimiento mundial de su tiempo.

Lo que nos interesa aquí es que un aspecto fundamental de dichas experiencias fue el tránsito por espacios que, formando parte de la realidad de la guerra, se encontraban claramente en su retaguardia. Es más, esto es lo único que el corresponsal podía ver de aquella. Como señala el propio Maeztu, a partir de cierto punto su pasaje del mundo de la paz al mundo de los combates es interrumpido, y se le impide completar el tránsito. Una vez se encuentran cerca del frente en el que se están realizando los verdaderos combates “no se nos deja avanzar, naturalmente. El gobierno inglés cuida de sus huéspedes. Lo más cerca que hemos estado del peligro es al correr el automóvil por una carretera que marcha recta hacia las trincheras enemigas” (61). Pero ese coche pronto se desvía hacia la periferia, o los márgenes, del frente.

Así pues, el relato de Maeztu se viene a centrar fundamentalmente en los hospitales de campaña, en las fábricas de material militar, en los almacenes de provisiones o en los centros de entrenamiento de soldados. Incluso el proceso para obtener los visados necesarios para el viaje es descrito con prolijidad (como fue común, por otra parte, en la mayoría de crónicas del frente).3 Lejos de suponer una decepción, sin embargo, la voz narrativa se esfuerza por destacar la importancia de estos lugares. Por ejemplo, la visita a un hospital se presenta de esta manera: “es sabido que esta guerra está constituida por dos guerras: la que los beligerantes han emprendido contra la vida y la que los médicos y las enfermeras están librando contra la muerte” (50). La labor que se realiza en los hospitales se coloca, así, al mismo nivel de importancia que las acciones que se están desarrollando en los ataques a las trincheras enemigas. Más adelante, tras constatar la higiene y comodidad de los hospitales militares británicos, Maeztu vuelve a resaltar la importancia de aspectos aparentemente marginales de la guerra:

Es azar extraño este, que me hace empezar a narrar esta visita a un nuevo ejército por la descripción de sus hospitales. Ello lo hago, naturalmente, siguiendo el orden cronológico de mi visita al frente. Pero estas cuartillas se escriben después de terminada la visita. Y al tratar de abarcar en una ojeada la totalidad de los recuerdos que he traído de Francia, caigo en la cuenta de que la sanitación del ejército inglés no es solo uno cualquiera de sus aspectos, sino tal vez el más característico (56).

Algo parecido sucede tras su visita a un taller de reparaciones: tras dar fe de la enorme escala de su producción y actividad, Maeztu expone que “actualmente es el taller de reparaciones una de las instituciones máximas del ejército británico” (76). Y su visita a la panadería industrial que abastece al ejército británico es presentada con una pregunta retórica: “¿Saben ustedes que una panadería puede ser cosa interesante?” (81). En este desplazamiento del foco de qué es central y qué es marginal, qué merece atención y qué no en aquel conflicto, desempeña un papel importante la modernidad de la Gran Guerra y sus diferencias con aquellas que la han precedido. El corresponsal insiste una y otra vez en el enorme esfuerzo logístico que supone mantener operativos los ejércitos que pueblan el frente, un esfuerzo que no tiene precedentes y que convierte lugares aparentemente anodinos como los talleres de reparaciones en aspectos cruciales de la realidad bélica.

Sin embargo, Maeztu se resiste a aceptar la centralidad de otros aspectos novedosos de la guerra, como la actividad de los submarinos. En una de sus crónicas describe cómo cruza el Canal de la Mancha a bordo de un barco de transporte, y repara tanto en los chalecos y botes salvavidas que hay a bordo como en el movimiento zigzagueante del destructor que los escolta. El corresponsal se acuerda entonces del reciente hundimiento del Lusitania y de la muerte del músico español Enrique Granados en el igualmente torpedeado Sussex. Y deja clara su opinión sobre aquella novedad del hecho bélico:

Morir, en un avance, de un balazo en el pecho, con la cabeza alta y los ojos clavados en la trinchera que se va a asaltar, esto no puede ser odioso para un hombre de corazón. Pero irse al agua, al agua fría de los mares del Norte, disputarse con otros hombres por alcanzar un bote, sentir que el frío se va trocando en hielo que nos ata los pies y las manos, ¡este horror de la guerra moderna!

Maeztu nos demuestra así que, a la altura de 1916, la guerra de trincheras seguía viéndose como una variante del combate físico, y que esto le aportaba todavía un halo de heroicidad tradicional. Y si bien la importancia de los hospitales o de la logística de aprovisionamiento se podía reivindicar narrativamente, era más difícil hacerlo con otra variante del combate, la guerra submarina, dado que esta desestabilizaba por completo los pretendidos valores heroicos de la guerra.

Otro espacio liminal por el que transita Maeztu es el de las poblaciones que han sufrido bombardeos o han sido el escenario de combates. El corresponsal constata así la destrucción de pueblos como Albert, Fricourt y Thiepval. Se trata de espacios peculiares: forman parte del fenómeno bélico y, sin embargo, cuando Maeztu llega a ellos, ya han dejado de serlo plenamente. El corresponsal no encuentra en ellos cañoneos y asaltos a las posiciones enemigas, sino ruinas y calma. La cualidad estática de estos espacios entra en conflicto con el dinamismo de la acción bélica, como se puede ver en la siguiente descripción:

Pasamos por un punto en la carretera donde las trincheras alemanas no estaban separadas de las inglesas por más de veinticinco pasos. Saltando trincheras, vamos subiendo a una meseta, desde la que se domina el panorama. […] Una desolación, todo ello. El verde de los bosques se halla medio cubierto de ceniza. No se andan en la tierra cuatro pasos sin que se hundan nuestros pies en la oquedad formada por el estallido de una granada. De Fricourt no quedan más que montones de polvo. Los ladrillos mismos fueron pulverizados por las granadas. No hay en su bosque un solo árbol en pie. Solo muñones de árboles y ramas caídas, cubiertas de polvo. El color mismo de la tierra acentúa el carácter espectral del panorama (86-87).

Los espacios que muestran las cicatrices de la guerra son y a la vez no son un escenario del conflicto. Maeztu resume bien esta ambigüedad con el uso de la palabra “espectral”, remitiendo así a una de las condiciones liminales por excelencia. Esto cuestiona una vez más qué es marginal en aquella guerra y qué es central. ¿La guerra es lo que queda tras la lucha, o es más bien la línea de trincheras que ese día estén defendiendo los ejércitos? Esta pregunta queda destacada también por la sobreabundancia de paisajes destruidos que Maeztu va recorriendo. Llegado a cierto punto, se vuelven normales y hasta monótonos, llevándole a señalar que “cuando se ha visto una ciudad arruinada se han visto todas ellas” (65). Efectivamente, la descripción de campos y pueblos destruidos abundó tanto en el género de crónicas del frente que el escritor Wenceslao Fernández Flórez se burlaría de ello en su obra Los que no fuimos a la guerra (1930, 160-170).

El tipo de espacios por los que Maeztu transita en su viaje le convierte, además, en un testigo de dinámicas liminales. Es el caso de una de las primeras crónicas de Inglaterra en armas, en la que describe su pasaje desde Inglaterra hasta Francia en trenes y barcos llenos de soldados que marchan hacia el frente. Su observación del comportamiento de esos soldados le lleva a describir el tránsito de identidades civiles a identidades castrenses. Echando la mirada a su alrededor, Maeztu constata que todos aquellos individuos que hasta hace poco han derivado su identidad de su pertenencia a las “las clases medias altas, o las clases medias medias, o las clases medias bajas, o las clases altas medias”, o de asistir “a una tertulia intelectual o a una deportiva”, de pronto deben reconocerse en otras identidades: sargentos, tenientes, oficiales de Infantería, aviadores (40-47). Sin embargo, el proceso aún no ha concluido, y Maeztu no será testigo de la fase final del mismo: la participación de los soldados en el combate. Aquí también el propio proceso de tránsito –vicario– de Maeztu se ve interrumpido tras el desembarco, cuando los soldados parten hacia la primera línea de trincheras y él debe seguir su propia ruta, siempre alejada de la zona de combates activos. El barco que transporta las tropas a Francia opera, en cualquier caso, como un espacio liminal: los hombres que rodean a Maeztu ya no son civiles, pero tampoco se han convertido plenamente en soldados. El corresponsal aún puede observar, al ver a dos personas que llevan el uniforme de oficiales de Infantería, que “estos dos buenos mozos que sonríen, satisfechos de sus uniformes relucientes, son, sin duda, dos elegantes de Bond Street”, para señalar meras líneas después que “la vida media de un oficial de Infantería [es] de cinco días a partir de la llegada a la primera línea de combate” (42). Pese a la evidente conexión entre la primera observación y la segunda, sin embargo, Maeztu no ofrece ninguna reflexión acerca del triste destino que aguarda a estos soldados: todavía se encuentran en un momento suficientemente temprano del tránsito a su nueva condición castrense como para pensar en ellos ya como cadáveres.

Neutralidad y liminalidad

Otro aspecto relevante en las crónicas de guerra de Maeztu es la posición que el autor ocupaba con relación al conflicto que estaba cubriendo. España se había declarado neutral al comienzo de la guerra, y pese a los efectos que esta tuvo en la economía española, pese al interés que el conflicto suscitó entre los españoles, o pese a la constante tensión diplomática que proyectó sobre los gobernantes, esa neutralidad nunca llegó a estar seriamente amenazada. El propio Maeztu declaró a sus lectores que lo mejor para España era mantenerse al margen de aquella guerra.4 Sin embargo, esto no suponía que fuera indiferente a lo que sucediera en la pugna entre los Imperios Centrales y la Entente Cordiale; más bien al contrario. Pese a su admiración por varios aspectos de la Alemania guillermina, Maeztu simpatizó abiertamente en sus artículos con la causa de Reino Unido y Francia, llegando a firmar en 1915 un manifiesto en apoyo de aquellas naciones. En su opinión, un triunfo alemán no supondría el triunfo de la cultura alemana (como pretendía el gobierno germano), sino sencillamente el de las clases conservadoras de aquel país. También argumentó que el triunfo de Alemania supondría la homogenización de Europa, mientras que el de los aliados supondría la supervivencia de la pluralidad en que residía el verdadero valor del continente. Además, Inglaterra y Francia ofrecían un mejor modelo para el desarrollo de España que Alemania, y más aún tras las transformaciones positivas que la guerra estaba auspiciando en las sociedades inglesa y francesa.5 Maeztu participó, por tanto, en la “guerra de palabras” que se desarrolló en la esfera pública española entre los partidarios de la victoria de Francia e Inglaterra (los aliadófilos) y los partidarios de la victoria de Alemania (los germanófilos).6

La neutralidad de Maeztu, por tanto, era una postura compleja que encaja mal en una división binaria entre quienes estaban plenamente inmersos en aquella guerra y quienes se encontraban plenamente al margen de ella. Más bien podemos hablar de una neutralidad parcial inscrita en el amplio espacio que mediaba entre aquellas dos condiciones. Y podemos ver reflejadas las particularidades de esta postura en sus crónicas. Pese a que la estructura narrativa de Inglaterra en armas es la de un viaje en busca de un mayor conocimiento acerca de aquella guerra, las opiniones de Maeztu están muy marcadas desde el comienzo. Precisamente las tres primeras crónicas recogidas en el libro están dedicadas a excusar a Reino Unido de cualquier responsabilidad en el estallido de la guerra y a explicar el enorme esfuerzo que el país está realizando para derrotar a Alemania. Además, Maeztu señala que

los resultados de estos esfuerzos serán: primero, que durante muchas generaciones podrá gozar de paz el mundo; segundo, que toda la maquinaria acumulada para la guerra servirá para la paz; y tercero, que la guerra habrá enseñado a trabajar mejor y más deprisa, y con mejor organización, disciplina y solidaridad […] circulará más el dinero y habrá menos miseria entre los pobres (12-13).

Pese a tratarse de textos escritos por un periodista de un país neutral, por tanto, la voz narrativa está marcada desde el comienzo por su clara simpatía por uno de los bandos en liza. Esto le lleva incluso a declarar que “Alemania ha perdido la guerra. Ello podemos afirmarlo con intuición cierta, con evidencia indiscutible” (118). Se trata del tipo de pronunciamientos que han merecido la censura de algunos comentaristas posteriores, quienes han considerado que los artículos de Maeztu son excesivamente partidistas (Díaz-Plaja 1973, 277; Milburn 1996, 125-6). Pero esto no supone ninguna excepción en el amplio corpus de crónicas españolas de la Primera Guerra Mundial, que suelen incluir una declaración de simpatía del autor hacia uno de los bandos en liza en los primeros compases de la narración. Así, al describir su llegada a Francia, Manuel Azaña (2007, 268) escribió acerca de su “entusiasmo al ver desplegadas por el pueblo francés las cualidades necesarias para afrontar y dominar esta crisis”, mientras que Ramón Pérez de Ayala (1924, 11), enviado a cubrir el frente italiano, escribió en una de sus primeras crónicas que “la emoción primordial que se recibe al penetrar en Italia [...] es el goce íntegro, aplaciente y perfecto de la belleza, goce como de eternidad, a manera de liberación”. También Valle-Inclán (2007, 160), en el arranque de las crónicas que compondrían su texto La media noche, describió aquella guerra como una pugna entre “el francés, hijo de la loba latina, y el bárbaro germano, espurio de toda tradición”. Tampoco era especial el caso español entre los autores de países neutrales: hubo corresponsales estadounidenses que mostraron parcialidades parecidas en las crónicas escritas en los primeros compases de la guerra, si bien en su caso sí existía una intención de convencer a la opinión pública de su país para que apoyara la entrada en la guerra del lado de Francia y Reino Unido (Prieto 2018, 63-96).

La neutralidad parcial que se desarrolla en escritos como los de Maeztu tenía, en cualquier caso, un elemento añadido: la influencia de los aparatos propagandísticos de las naciones en liza. Estas crearon una estructura de propaganda en España, motivada menos por el interés por que este país entrara en el conflicto de su lado que por el deseo de que no lo hiciera del lado contrario (Niño Rodríguez 1988; Aubert 1995; Seoane y Saiz 1983; 219-26). Los textos de Maeztu formaron parte de la estrategia de propaganda británica en España, si bien no está del todo claro su nivel de implicación en la misma. Su regreso a La Correspondencia de España, por ejemplo, fue una maniobra iniciada por los servicios de propaganda británicos, que habían comenzado a financiar aquel periódico y deseaban contar con más voces pro-Aliadas en sus páginas; pero no hay pruebas de que Maeztu fuese consciente de esto al aceptar el ofrecimiento de regresar a su antigua cabecera. Igualmente, la distribución de Inglaterra en armas se benefició de los esfuerzos de las colonias británicas en ciudades de provincia españolas, las cuales se esforzaron por que el libro estuviera disponible en librerías y llegara a sus conocidos, aunque de nuevo no sabemos si Maeztu fue consciente de ello (Montero 1983). En cualquier caso, en el contexto de aquella guerra, la mera invitación a visitar el frente occidental, y acompañando a un ejército concreto, ya suponía participar de una estrategia de propaganda: las embajadas solían gestionar este tipo de invitaciones y las restringían a autores que considerasen favorables a sus intereses (la embajada norteamericana utilizaba el eufemismo “dignos de confianza”; Montero Jiménez 2008, 218).

Estas cuestiones extratextuales dejan su huella en los propios textos. Por ejemplo, una de las crónicas recogidas por Maeztu en Inglaterra en armas, y que analiza la transformación de las industrias de Birmingham para satisfacer las necesidades del ejército, explica que “Este artículo tiene que terminar con cifras que nos muestren que lo que se ha hecho en Birmingham se ha hecho también en el resto del país. Estas cifras nos las va a dar mister [sic] Montagu, del ministerio de Municiones” (118).

Así, la estructura del texto abandona en algunas ocasiones el hilo narrativo o expositivo para incluir datos o anécdotas que se presentan como impuestas desde fuera. De esta forma se llega a desestabilizar incluso la premisa de que en el texto se exprese una sola voz. Esto se hace explícito también cuando el autor señala el mecanismo de censura que han debido pasar sus artículos antes de llegar al gran público, cuestión que comenta en la primera crónica del viaje y que por tanto marca el horizonte de expectativas del lector:

Firmamos dos o tres documentos. Ya en Londres habíamos firmado otros dos o tres comprometiéndonos, entre otras cosas, a no enviar nada a nuestros periódicos sin que pasara previamente, no tan sólo por la censura ordinaria, sino por la del departamento especial que nos conceda facilidades: si el de la Guerra, por la censura de Guerra; si el Almirantazgo, por la del Almirantazgo; si el de Municiones, por la de Municiones (44).

Sin embargo, y una vez más, es difícil insertar estos textos en un esquema binario que solo contemple las categorías de “texto libremente escrito” y “texto dictado por actores externos al propio autor”. Más bien nos encontramos ante una mezcla de información aportada por los anfitriones de Maeztu, anécdotas de su viaje y reflexiones provocadas por sus posturas ideológicas de aquel momento. Por otro lado, la buena predisposición que muestra la voz narrativa a dejar que otras voces se inmiscuyan en su narración nos remite a la actitud de la mayoría de corresponsales de guerra, quienes consideraban que su forma de ayudar a una causa en la que creían era, precisamente, colaborar con las restricciones o imposiciones sobre su labor. Neville Lytton, el militar británico encargado de coordinar las visitas al frente de periodistas de países neutrales, escribió años después en sus memorias que “most […] were very grateful for the confidence that was placed in them”, e incluso mencionó a Maeztu como uno de sus ejemplos (Lytton 1920, 115).7 Y, efectivamente, Maeztu cierra su última crónica constatando su “gratitud a las autoridades inglesas por el sinnúmero de atenciones que han tenido para con él y sus compañeros de viaje. Donde quiera nos han invitado a su mesa los generales y las altas autoridades. Hemos gozado […] de una hospitalidad ideal” (144). También Azorín (1999, 75) declaró en su primera crónica acerca del ejército norteamericano que “he sido invitado por el Estado Mayor norteamericano para visitar al ejército de la gran República. Agradezco vivamente el honor; procuraré corresponder a la excepcional confianza que se ha depositado en mí”. Valle-Inclán (2007, 45-6), por su parte, confesó a un amigo lo que pensaba acerca del encargo de escribir un libro que fuese favorable a la causa francesa: “quieren que escriba un libro de la guerra. Que el gobierno francés me haya encomendado esta misión, te confieso que me llena de orgullo”. Como han explicado Seoane y Saiz (1983, 226), incluso aquellos corresponsales que participaron de manera más explícita y consciente a través de sus crónicas en la difusión de mensajes propagandísticos sencillamente “cobraban por realizar un trabajo que estaba de acuerdo con sus convicciones”. Y había otro aspecto en el que eran relevantes las convicciones: para muchos autores españoles, defender uno de los dos bandos de aquel conflicto era una manera de legitimar sus propios proyectos políticos y culturales para España (Fuentes Codera 2013).

Gran parte de la lectura que se hacía de la Gran Guerra, tanto en los países beligerantes como en los neutrales, era la de un enfrentamiento entre sistemas políticos, sociales y culturales radicalmente opuestos. Esto hacía que quienes se identificaran con uno de aquellos sistemas viesen un posible triunfo militar del bando que los representaba como una legitimación de sus proyectos. Para alguien como Maeztu, por ejemplo, la derrota de Alemania supondría la legitimación de sus ideas sobre la necesidad de un Estado diluido y anclado en valores transcendentes y no-nacionales, la antítesis de la maquinaria burocrática de la Alemania moderna y su nacionalismo expansionista.

Otra cuestión relevante es que no todos los ciudadanos de países neutrales tenían la misma relación con los países y las sociedades que estaban en guerra. Entre las distintas élites sociales y culturales europeas había lazos de amistad, simpatía y colaboración profesional que reducían la separación que algunos ciudadanos de países neutrales podían sentir ante el conflicto. Varios de los conocidos londinenses de Maeztu, por ejemplo, estaban combatiendo en las trincheras al tiempo que él visitaba el frente; el caso más cercano era el de su amigo Hulme, quien se había alistado voluntariamente al estallar la guerra y quien acabaría muriendo en combate en septiembre de 1917 (Ferguson 2002). Maeztu también participó en los debates que se estaban produciendo en la propia sociedad británica durante los años de la guerra, a través de sus artículos en The New Age –incluyendo una polémica directa con su otrora admirado George Bernard Shaw– y su libro Authority, Liberty and Function in the Light of the War (Jiménez Torres 2019). Como vemos, y al menos en algunos casos, la implicación de escritores e intelectuales españoles en los debates animados por aquella guerra fue más allá de las polémicas internas entre aliadófilos y germanófilos.

Este es el trasfondo que permite entender las complejas dinámicas que subyacen la frase final de Inglaterra en armas, en la que Maeztu declara que “nadie ha tratado de imponernos una opinión o un comentario. Y así, esto que escribimos es pura espontaneidad de viajeros que han dejado caer sobre las cosas una mirada franca, sin otros prejuicios que los inevitables en la constitución humana” (144). Por otro lado, nos permite de nuevo analizar lo que estos textos tienen de escritura liminal. Sutton ha señalado que un proceso liminal requiere de un “liminal arrangement of spaces”:

on the simplest level, this involves two discrete spaces, Space A and Space B, linked by a limen […] Space A is in turn governed by a core, which we can call Core A. This core is marked by insufficiency (that is, it lacks certain desirable attributes which have to be sought elsewhere) or incompleteness (and therefore inviting completion, a case in point being the need for translation) leading to a special interest in the negotiation of passages to alternative spaces (Sutton 2000, 20).

Si aplicamos estas conclusiones a las crónicas recogidas en Inglaterra en armas, vemos que la escritura misma de textos favorables a los aliados indica que, para Maeztu, hay algo insuficiente en la pura neutralidad ante el conflicto. Pero, más allá de eso, también podemos detectar una sensación de insuficiencia en su postura actual cuando Maeztu presencia las primeras señales de combate activo:

Esta es la vez primera que oigo, no solo los cañonazos que se disparan contra el enemigo, sino también el estallar de las granadas alemanas, y me creo obligado a anotar mi impresión personal. Es una impresión de alegría, de dilatación. Así como en el vapor no podía pensar en la perspectiva de que un torpedo nos echase al agua sin contraerme, aquí, en cambio, no se tiene otro deseo que el de adelantarse (60-61).

Más adelante insiste en la misma idea, en lo que supone uno de los pasajes centrales de Inglaterra en armas:

La guerra no puede ser tan insoportable como nos la habían pintado los novelistas humanitarios [...] horrible sí que debe de serlo [...] pero, en cambio, se siente todo el tiempo la sensación de que nuestra voluntad se está realizando [...] Al oír estallar las granadas alemanas siento que no queda en mí una sola fibra que no me empuje a adelantarme y a oponer mi voluntad a la invasora. […] Ahí están, me digo, mirando a la primera línea de trincheras, las mejores almas de Inglaterra: los chicos de Oxford y de Cambridge, los latinistas, los helenistas, los que iban a ser clérigos o abogados o médicos. Lo han dejado todo. Lo han encontrado también todo. […] El cañoneo enciende la sangre. Se vive como en un redoble permanente. Se recupera el sentido de la aventura. Las historias cesan de ser historias. Se es uno mismo la historia. Y aunque no se vea nada desde nuestro agujero, se siente uno ser el centro de la tierra (61-64).

Estos pasajes dan fe de un deseo de dejar atrás tanto la condición de neutral como la de no-combatiente, y de cruzar plenamente hacia la condición de soldado (británico). Y esto no es achacable solamente a una convicción moral en la justicia de su causa, sino también a un deseo de pasar a un estado personal distinto, de ser uno de aquellos que “lo han encontrado también todo” en el ejército y el combate. Incluso reaparece la tensión entre los márgenes y la centralidad en el deseo de Maeztu de abandonar su puesto de espectador de la conflagración que decidirá el futuro de Europa –el lugar que, como ciudadano español, le corresponde– y, convirtiéndose en soldado, ser “uno mismo la historia”, sentirse “el centro de la tierra”. Pero, como apuntó Thomassen (2016, 1), este tipo de euforia no es propia de un estado posliminal, sino de uno liminal: “liminality involves a potentially unlimited freedom from any kind of structure […] peaking in transfiguring momentos of sublimity”.

Por otra parte, estos impulsos no impiden al narrador de estas crónicas permanecer consciente de su condición de neutral. Es más, esto también determina una parte de sus comentarios y aportaciones. En una de las primeras crónicas del libro, Maeztu relata que

Todavía se sigue diciendo en el mundo neutral que Inglaterra está contemplando la pelea sin realizar grandes sacrificios, ni tomarla enteramente en serio. Se habla de embriaguez, de huelgas, de dificultades en el reclutamiento, de no haber podido salvar a tiempo ni Bélgica, ni Serbia, ni Montenegro, del lujo de los ricos y de los pobres, del derroche y la incompetencia de la administración militar (4).

Esta conciencia de lo que “se habla” en “el mundo neutral” sobrevuela buena parte de Inglaterra en armas, dado que Maeztu apela a ello a la hora de presentar cierta información o determinados argumentos. Una de sus crónicas está dedicada a refutar declaraciones de otro autor español (en concreto, Valle-Inclán) acerca de la presunta insuficiencia del esfuerzo bélico británico; Maeztu llega a pedir que le crea cuando dice, “sombrero en mano”, que los ingleses hacen todo lo que pueden para socorrer a Francia (29). Por otro lado, su reacción al ver en un hospital a soldados heridos por tipos de munición especialmente crueles o incluso prohibidas es que “valdría la pena que las naciones neutrales enviasen a los hospitales militares una Comisión de cirujanos para que el mundo pudiese comprobar el hecho denunciado” (52). Maeztu no deja, en fin, de ser consciente de que es un autor de un país neutral que se está dirigiendo a lectores de países neutrales, y que esto determina el tipo de argumentos que puede y debe desarrollar. Y el mejor ejemplo de ello lo encontramos en la versión inglesa de Inglaterra en armas, publicada en The New Age; Maeztu añadió una apostilla al último capítulo que no se encuentra en el original español, y que señala lo siguiente: “had these articles been written for an English public, I would have laid stress on some faults”.8

Por otro lado, la conciencia de hacia quién van dirigidas las crónicas explica también que Maeztu trace varias conexiones entre las presuntas características del ejército británico y la historia o la cultura españolas. Esto cumple la doble función de hacer más inteligible la guerra para los lectores de su país y también de animarlos a sentirse cercanos al bando cuya causa Maeztu desea promover. El corresponsal dedica, por ejemplo, varios párrafos a explicar que las raids nocturnas de los británicos contra las trincheras alemanas son semejantes a las encamisadas de los tercios de Flandes (67-69). Por sorprendente que resulte el paralelismo, tampoco fue una excepción en el contexto de las crónicas de guerra españolas; Azorín hizo una comparación parecida con el ejército de Estados Unidos:

He encontrado un parecido sorprendente entre el genio norteamericano y el español [...] creía hallarme entre españoles, pero entre españoles del siglo xvi [...] con el entusiasmo y las energías y la decisión de entonces, y además, con todo el aporte de la ciencia y de la cultura modernas (Azorín 1999, 101).

Los impulsos belicistas de Maeztu también se ven compensados por su postura de observador de dos fenómenos: por un lado, el de la guerra moderna; por otro, el del desarrollo en el contexto de aquel conflicto de personalidades nacionales y rasgos “raciales” (con la connotación nacional-culturalista que tenía esta palabra en el discurso europeo de comienzos del siglo xx). En cierto sentido, la posición de autores como Maeztu de corresponsales de guerra de un país neutral les obligaba a asumir perspectivas de turistas reflexivos, destacando lo que de didáctico o incluso lúdico podía tener aquel conflicto para quienes se hallaban ajenos a él. Tras visitar varias instalaciones del ejército británico, por ejemplo, Maeztu destacaba que

Además del taller de reparaciones hay innumerables factorías encargadas de proveer al ejército de todas aquellas cosas que no son de comer: clavos, herraduras, latas, alambrados, ruedas, picos, palas, máquinas de abrir trincheras, cuchillos, tornillos, navajas de afeitar, agujas de coser, platos para comer, tenedores, cucharas, […] Empero lo más interesante para un extranjero es el taller de reparaciones, porque la vista de las cosas que se reparan le hace a uno imaginarse mejor la cuantía de las cosas nuevas que necesita un ejército (76).

Se trata de una actitud parecida a la que traslucía Claudi Ametlla, otro corresponsal español de la Gran Guerra, en su caso para el periódico El Diluvio. Firme catalanista, Ametlla explicaba en la primera crónica de su serie “Un francófilo en Francia” que

Pocos espectáculos pueden interesar tanto a quien tenga conciencia de la hora grave por que pasa el mundo como la vida de un país beligerante. Y, para nosotros, latinos, catalanes y, por tanto, francófilos, ninguna de estas vidas puede despertarnos el emocionante interés de Francia, la que más intensamente vive la Guerra y la que más directamente sufre sus horrores de entre las naciones aliadas (Pla 2016, 267).

De nuevo, el corresponsal trasciende la indiferencia que podría provocar su condición de neutral, pero no solo por la simpatía que puede sentir por uno de los bandos en liza, sino por lo que puede enseñar el conflicto acerca de la guerra moderna a quienes no participan de ella.

Las crónicas de Maeztu también adoptan una actitud de observación de personalidades colectivas, siguiendo el patrón positivista del xix que asemeja su postura a la de un entomólogo de comportamientos nacionales. Todo lo que ve durante el viaje se interpreta como una manifestación de los rasgos definitorios del pueblo inglés, o del pueblo francés, o del pueblo alemán. Al hablar de las tácticas del ejército británico, señala que estas son el resultado del espíritu individualista de su pueblo, y que “ha salido de los campos de ‘foot-ball’ y de ‘cricket’ y es hija del genio nacional, de las tradiciones de la raza” (72). Al hablar de la aviación británica, explica que “todo el mundo quiere aprender a volar en Inglaterra [...] un pueblo de ‘sportsmen’ tiene que ser también un pueblo de aviadores” (108). Por su parte, la incapacidad de los alemanes para imitar las raids nocturnas de los ingleses se explica en que

A ello se opone el genio histórico de su raza. De soldados hechos a una obediencia puramente pasiva y a no moverse más que a la voz de mando, no puede esperarse este espíritu de iniciativa que hace al soldado avanzar solo, en la oscuridad, sin otra guía que sus propias luces (143).

De nuevo, Maeztu no era distinto en este aspecto de la mayoría de escritores y periodistas españoles que escribieron crónicas sobre aquella guerra. Álvaro Alcalá Galiano explicó a sus lectores de ABC que lo que definía al ejército británico era su presunta tenacidad:

El inglés es lento, flemático, nada agresivo ni exaltado. Boxea o juega al rugby sin sentir odio alguno hacia el adversario que le golpea... No es fácil provocar su irritabilidad; pero una vez que estalla es un furor contenido, mil veces más peligroso que el latino, por ser más profundo, más arraigado, más firme (Alcalá Galiano 1917, 74).

Por su parte, Pérez de Ayala (1924, 81-82) escribió que “el carácter teutónico no consiente que exista aquello que no le pertenece en privado dominio, o aquello que ha dejado de pertenecerle. Lo ejemplar germánico es la destrucción”. Observamos, en cualquier caso, la postura intermedia que ocupa el escritor que hace estas descripciones: conoce lo suficiente el comportamiento de los ingleses o los alemanes como para explicárselo a sus lectores, y sin embargo nunca deja de describir una cultura y unos hábitos nacionales que le son ajenos. El proceso de viajar hasta el frente y conocer mejor las realidades de aquellos ejércitos le acerca a la forma de ser de aquellos extranjeros, e incluso puede encontrar en ellos virtudes admirables que desear para sí, pero nunca se termina de convertir en uno de ellos. Se produce, en definitiva, algo parecido a lo que Sánchez (2016, 142) ha señalado acerca de otro corresponsal hispanoamericano, Roberto Payró, cuyas crónicas desde Bélgica construyen “a narrative that oscillates between proximity and distance”, y en la que esa tensión intermedia ofrece un espacio desde el que analizar tanto los rasgos nacionales de los países en guerra como los de aquellos países que se han mantenido neutrales.

Conclusiones

Como ha señalado Abbenhuis (2016, 20), “neutrality rarely correlates to a basic dichotomy between ‘those at war’ and ‘those not at war’ or those ‘unwilling or unable to go to war’”. En el caso de la Primera Guerra Mundial, esto se sustanció de muy distintas maneras. La más relevante para este trabajo es que, lejos de permanecer en silencio, los ciudadanos de aquellos países que mantuvieron su neutralidad participaron del fragor discursivo creado por la Gran Guerra. Algunos lo hicieron en nombre del pacifismo o defendiendo el valor de la neutralidad; otros lo hicieron en apoyo a las tesis belicistas y esencialistas; otros aún aportaron sus relatos acerca de sus visitas a alguno de los ejércitos en liza (Bendtsen 2011; Fuentes Codera 2016). Pero, en cualquier caso, ofrecen una amplia gama de escritos y de posicionamientos que transitan el amplio espacio entre la guerra y la paz, entre las sociedades que combatían y aquellas que no, entre los grupos cuyo futuro se dirimía en el campo de batalla y aquellos que se hallaban en los márgenes del conflicto.

Las crónicas de Maeztu son un buen ejemplo de cómo se desarrolló esta dinámica en los textos escritos por enviados especiales españoles al frente occidental. Los textos vienen a retratar un viaje que guarda puntos de contacto con un proceso liminal, a la vez que desestabilizan la división clara entre lo que constituye el verdadero eje del hecho bélico y lo que constituye su periferia o sus márgenes. Al mismo tiempo, Maeztu no experimenta un proceso claro de separación y transformación como requeriría la estructura clásica de Turner (Prieto 2018, 11-12). Este proceso se topa con los límites impuestos tanto por sus anfitriones como por su propia simpatía por la causa inglesa y su colaboración en su discurso propagandístico. No se produce en ningún momento una crisis narrativa que desestabilice sus ideas preconcebidas acerca de aquel conflicto, sino que el viaje más bien viene a confirmarlas. Así, su escritura se ajusta más bien a lo que se señaló al comienzo de este trabajo sobre la actividad en el propio umbral o limen, en lugar del tránsito completo a través del mismo. Esto nos anima a abordar las crónicas de guerra escritas por autores españoles como Maeztu dentro de un marco que rebasa las divisiones binarias entre beligerantes y neutrales, y en el que el concepto de lo liminal aporta herramientas útiles y marcos de análisis para su interpretación.

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Recepción: 02.03.2020
Versión reelaborada: 31.08.2020
Aceptación: 22.02.2021

 

 

 


1 Las colaboraciones de autores españoles de comienzos del siglo xx en este periódico argentino, incluyendo las de Maeztu, en Castro Montero (2012).

2 Todas las citas serán de esta edición. El corpus completo de crónicas de guerra de Maeztu ha sido recogido en Maeztu (2014).

3 Prieto (2018, 25-62) ha destacado la importancia de ese momento de inicio del viaje en un análisis liminal de los textos sobre viajes al frente, ya que coincidiría con la primera fase del proceso de transición que requiere el esquema de Turner. González (2016, 292-3) también ilustra este asunto con respecto a las crónicas de Eduardo Zamacois de su viaje a las trincheras francesas.

4 Maeztu, Ramiro de. “Si hubiéramos ido”, Nuevo Mundo, 13 de marzo de 1915.

5 Maeztu, Ramiro de. “La barbarie pedante”, Nuevo Mundo, 28 de noviembre de 1914; “La nueva Francia”, Nuevo Mundo, 5 de diciembre de 1914; “La fecundidad de la guerra”, Nuevo Mundo, 27 de marzo de 1915.

6 Díaz-Plaja (1973), Meaker (1988), Varela (1998), Fuentes Codera (2014). El impacto de la guerra sobre la economía, la sociedad y la política españolas, en Martorell Linares (2011). Las relaciones entre España y Reino Unido durante el conflicto, en Elizalde (2017).

7 Lytton también menciona a otros tres corresponsales españoles: Ramón Belausteguigoitia Landaluce, corresponsal londinense de El Sol que publicaba bajo el pseudónimo ‘Ramón de Goyenuri’; Luis Antonio Bolin Bidwell, corresponsal londinense de ABC, y Agustí Calvet, que publicaba en La Vanguardia bajo el pseudónimo de ‘Gaziel’.

8 Maeztu, Ramiro de. “A Visit to the Front. X”, The New Age, 23 de noviembre de 1916, p. 6.