DOI: 10.18441/ibam.26.2026.91.33-48
Salvador Marinaro
Fudan University, PRC
salvadormarinaro@gmail.com
ORCID ID: https://orcid.org/0009-0009-0375-7045
En su ensayo “A Project for a Trip to China”, Susan Sontag aborda los imaginarios, las representaciones previas y los destellos de la memoria personal que despierta la sola posibilidad de viajar a China. La autora estadounidense explora allí la dimensión imaginaria que recubre al país asiático como un espacio de proyección ideológica: un lugar que, más que atravesado por la historia, parece moldeado por las ideas del narrador en tránsito. “In our traditional imagery,” escribe Sontag, “the Chinese culture is the most meticulous, the most rigidly ordered, the one most deaf to temporal events” (Sontag 1980, 320). China se configura así como un espacio suspendido en el tiempo, donde se proyecta la mirada del viajero y prevalecen la representaciones que anticipa antes del viaje. No es casual que la crónica de Sontag se detenga en el umbral fronterizo del puente Louhu, que conecta Hong Kong con el continente.
Ese desfase entre experiencia y representación atraviesa buena parte de los relatos de viajeros latinoamericanos. Desde mediados del siglo xix, cuando comenzaron a circular crónicas, artículos y correspondencias oficiales luego de la Primera Guerra del Opio (1839-1842), hasta avanzados el siglo xx, el país asiático se configura sucesivamente como extensión de la aventura colonial, horizonte de la utopía revolucionaria y potencia alternativa al orden internacional liderado por Estados Unidos. Como ha señalado Rosario Hubert (2023), las escrituras latinoamericanas sobre China conforman un corpus fragmentario, atravesado por ideologías, afectos y distintas formas de desplazamiento. En este sentido, atender a la manera en que estas crónicas incorporaron debates históricos sobre China supone un esfuerzo adicional por comprender cómo un país que por definición ocupa la mayor distancia simbólica fue incorporándose al acervo de las preocupaciones intelectuales del continente. Así, los contactos tempranos constituyen un archivo singular que permite rastrear continuidades, tensiones y obsesiones de la mirada latinoamericana.
Este artículo busca indagar en los modos que los escritos de viaje latinoamericanos representaron a China durante un periodo particularmente relevante: las primeras décadas del siglo xx. A través de las crónicas del guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, publicadas en el libro De Marsella á Tokio (1906), y del salvadoreño Arturo Ambrogi en Sensaciones de Japón y de la China (1915), se advierte una creciente atención a los procesos de modernización en el país asiático: la difusión de ideas republicanas, los proyectos de industrialización y las transformaciones sociales que estos impulsaron. Ambos escritos permiten observar el contacto entre dos modernidades periféricas: la china y la latinoamericana.
El periodo propuesto está marcado por la expansión militar japonesa, la proclamación de la República de China en 1912, el crecimiento de los contactos del transporte marítimo y el impacto de la Primera Guerra Mundial. En ese contexto, los modernistas latinoamericanos elaboraron, como ha señalado Mariano Siskind (2014), una incipiente conciencia de pertenecer al mundo. De allí surge una tensión fundamental: influidos por una mirada exotista, estos autores mostraron un interés creciente por los procesos históricos en los que se encontraba el Asia oriental. Este interés los lleva a preguntarse sobre las posibilidades y efectos del desarrollo industrial, la difusión de ideas reformistas y revolucionarias y la pérdida de sus culturas tradicionales ante los avances de la vida moderna.
En la última década ha surgido un valioso corpus crítico sobre el orientalismo latinoamericano que ha indagado en las formas cómo un territorio definido por su posición periférica observaba y representaba a un otro cultural. A diferencia de los análisis anteriores, la propuesta de este trabajo consiste en acotar la extensión del concepto de orientalismo y centrarse en un único territorio, China, y hacer hincapié en la coyuntura histórica, demarcada por el fin de la dinastía Qing y el inicio de la República. Esta propuesta intenta reponer las huellas del contexto enunciativo en las sociedades de destino que los estudios previos suelen dejar de lado. En estos escritos, aparecen personajes chinos en los espacios que definen el ethos modernista (el barco, el hotel, el bar), descripciones de la industria en ciudades como Shanghái o reflexiones sobre la posición de la mujer y la americanización de la vestimenta. Así, se busca leer estas crónicas como una forma temprana del archivo de los contactos culturales entre China y América Latina como propuso Hubert (2023). Más que sumarse a los múltiples interpretaciones sobre el orientalismo latinoamericano, estás páginas proponen leer las crónicas modernistas como un registro de las preocupaciones que guiaron a los escritores del continente en su acercamiento con el país asiático.
Este análisis se organiza en dos dimensiones. Por un lado, el primer inciso revisa los debates académicos sobre las representaciones del Oriente en América Latina. Por otro, se examinan los itinerarios de sus autores y las características del discurso sobre el país asiático. Tanto Gómez Carrillo como Ambrogi compartieron trayectorias casi paralelas: nacidos en la década de 1870, centroamericanos, poetas, periodistas y diplomáticos, sus carreras estuvieron ligadas a la etapa tardía del movimiento modernista cuando nuevas formas de transporte, circulación y consumo cultural impulsaban la profesionalización del periodismo de masas. Joan Torres-Pou (2014) notó que Enrique Gómez Carrillo escribía pensando en un público lector amplio a tal punto que se convirtió en una de las plumas más solicitadas por los diarios de la época.
Los mismos factores consolidaron también, en las primeras décadas del siglo xx, la emergencia de un incipiente cosmopolitismo. Las redes de publicaciones y editoriales, servicios postales, líneas férreas y barcos a vapor favorecieron la circulación de intelectuales entre las ciudades americanas y europeas. En este contexto, el viaje a Asia se presentaba como una experiencia a ser narrada: las alusiones a escalas intermedias, canales hechos por el hombre y puertos cosmopolitas, no solo registraban la dificultad del desplazamiento, sino que reafirmaban la superación de un límite. Llegar a las “antípodas” (como repetían los autores de la época) equivalía a cerrar el mapa del mundo. El Extremo Asiático emergía entre los autores finiseculares como una distancia alcanzada, el punto opuesto del mapa que la modernidad había vuelto accesible. A lo largo de este itinerario, la mirada de Gómez Carrillo resulta en varios pasajes marcadamente colonial (particularmente en su admiración por la empresa británica en Medio Oriente y Ceilán), aunque sus representaciones sobre China ofrece complejidades notorias. El texto de Ambrogi, escrito una década más tarde, puede leerse como una prolongación de la trayectoria trazada por su colega, una crónica de viajes que busca reproducir un libro anterior.
Las expresiones de ambos constituyen una etapa, si no inaugural, formativa de la mirada latinoamericana sobre el país asiático. El modernismo representó ese momento de transición del marco intelectual del siglo xix, regido por las jerarquías coloniales de civilización y barbarie, hacia una expresión más compleja que mostraba una creciente preocupación por conflictos sociales y políticos en un mundo cada vez más interconectado. En su ambivalencia, estas crónicas permiten rastrear el surgimiento de una sensibilidad sobre el país asiático que oscila entre la fascinación estética, la herencia del orientalismo europeo y una incipiente conciencia global.
En los últimos años, las representaciones de Asia en América Latina han despertado creciente atención de la crítica, en parte debido al aumento de los vínculos transpacíficos como por la vigencia de la pregunta planteada por Edward Said sobre las representaciones de un otro cultural. Si para Said (1978) el orientalismo constituye un dispositivo de las metrópolis imperiales que articulaba discursos políticos, literarios y científicos al servicio de la expansión europea, el caso latinoamericano introduce una tensión específica: ¿cómo se configura una mirada orientalista desde una región definida por su posición subalterna de las metrópolis imperiales? Más aún, la razón de ser del orientalismo se complejiza por la misma ausencia de un proyecto colonial: ningún país latinoamericano disponía de la capacidad militar, diplomática o económica para proyectar intereses más allá del océano Pacífico. De allí que la apropiación y reescritura de las imágenes del Oriente por parte de los intelectuales de la región revela tanto la dependencia de los marcos europeos como la posibilidad de inscribir, desde los márgenes, discursos alternativos sobre modernidad y colonialismo.
Como ha señalado Hernán Taboada (1998), estos contactos no comienzan con los modernistas, sino que forman parte de una continuidad más extensa. Ya antes de las independencias americanas existieron referencias a misioneros que partían de México a Asia a través del circuito del galeón de Manila (Lee y Padrón 2025). A mediados del siglo xix, los viajes adquieren una nueva dinámica por las peregrinaciones a Tierra Santa que realizaban miembros de las élites regionales. Casi en simultáneo, la Primera Guerra del Opio (1839-1842) abrió los puertos chinos a la navegación internacional, sellando la asociación entre viaje y colonialismo. Ana María Ramírez Gómez (2025) ha destacado el caso del peruano Juan Bustamante, autor de Viaje al Antiguo Mundo (1845), por su condición de viajero mestizo, desvalorizado por los intelectuales de su tiempo, que condensaba la hibridez de la experiencia latinoamericana en el Oriente. Otros, como el colombiano Nicolás Tanco, implicado en el tráfico de trabajadores forzados chinos (Hubert 2015; Cepeda 2020), el chileno Pedro del Río o el higienista argentino Eduardo Wilde (Hagimoto 2018), inscribieron a China dentro de un nuevo itinerario: el viaje alrededor del mundo. En las travesías de la segunda mitad del siglo xix, el país asiático aparecía como posta final, símbolo de un horizonte global cerrado. Como ha mostrado Axel Gasquet (2007), en esta primera etapa el orientalismo latinoamericano se caracterizó por su mediación europea. Tanto las fuentes citadas (Volney, Gustave Flaubert, Lord Byron, Pierre Loti) como los tópicos abordados (grado de civilización, despotismo contra democracia) revelaban una lectura secundaria, donde el Oriente funcionaba como una metáfora de los debates políticos de las sociedades de origen.
El modernismo marcó una diferencia en los modos de viajar y de representar el Oriente que implicaba una relativa autonomía estética. Araceli Tinajero (2004) ha señalado que los viajes de Enrique Gómez Carrillo y Arturo Ambrogi se produjeron en un contexto transformado por la guerra ruso-japonesa: tras la victoria de Japón, Asia oriental dejó de ser figurada como un espacio incivilizado y comenzó a proyectarse como una potencia emergente con un camino propio a la modernización económica y militar. Al mismo tiempo, la consolidación de redes de periódicos y corresponsales en el extranjero modificó el vínculo entre escritura y desplazamiento. Mientras los intelectuales decimonónicos escribían porque habían viajado, los autores de esta etapa viajaron para escribir. El caso de Gómez Carrillo resulta paradigmático: su itinerario respondía a una demanda explícita de los diarios para los que trabajaba, lo que reforzaba la profesionalización del cronista en un momento de extensión de los periódicos de habla hispana. De la misma manera, Ambrogi afirmó que su viaje había sido motivado por los escritos de su colega, hecho que refuerza la noción de un itinerario pensado para convertirse en una narración.
A partir del análisis de Tinajero, otros investigadores matizaron la relación con el discurso colonial en los autores del periodo. Joan Torres-Pou (2013) ha señalado la persistencia de una mirada entusiasta y complaciente hacia la empresa colonial británica. En el libro De Marsella á Tokio (1906), abundan los pasajes sobre Egipto, Ceilán y Singapur donde “el respeto hacia el inglés se impone” (Gómez Carrillo 1906a, 61). Esta observación, sin embargo, debe ser contextualizada: en los escritos de Gómez Carrillo se advierte una distinción entre la colonización británica y la francesa en Indochina, donde la crítica a la explotación se intensifica. Del mismo modo, Álvaro Martín Navarro (2014) ha destacado en Ambrogi la conciencia de fenómenos contemporáneos como el turismo de masas y la americanización cultural en Japón que hacen de sus escritos una forma de escritura del desencanto. Estos elementos relativizan la interpretación homogénea del modernismo hispanoamericano.
Así, Francisco Morán (2005) ha indagado en la construcción de la otredad desde la sexualización del sujeto asiático, mientras que Verónica Ramírez Errázuriz (2017) ha destacado la experiencia de una viajera, Inés Echeverría, cuya escritura incorpora fuentes europeas a su mirada criolla y de género. Ignacio Corona (2016) ha propuesto pensar que los modernistas tardíos prefiguran una reconfiguración del Pacífico como un espacio de colaboración simbólica entre el Sur y el Este. De acuerdo con esta lectura, la narración de viajes constituyeron menos un descubrimiento que una formulación de un nuevo mapa mundial con horizontes de expectativas, referencias a las otras culturas y a la propia posición.
En esta línea, Rosario Hubert (2023) propuso pensar en las “sinografías” latinoamericanas como discursos atravesados por mediaciones ideológicas, afectivas y contextos globales. Este concepto, acuñado por Hayot, Saussy y Yao (2007) contrasta con la sinología sistemática y busca destacar la diversidad de las objetivos, influencias y lecturas en las producciones intelectuales sobre el país asiático. De hecho, las chinoiseries que abundan en los poemas y cuentos de Rubén Darío, en las crónicas norteamericanas de José Martí o en los escritos de viaje de los autores propuestos pueden inscribirse en la expansión de los flujos de objetos, ideas y personas que cruzaban el Pacífico.
Resulta curioso que los textos críticos previos al poner el foco en las sociedades de origen, hacen poca mención al contexto de las regiones que visitaban. En el caso de China, la etapa que va desde la Primera guerra Sino-Japonesa (1894-1895) hasta el fin de la Primera Guerra Mundial resulta particularmente significativa. En ese período, el país asiático vivió el declive y abolición de la dinastía Qing, el establecimiento de la República de 1911 y el surgimiento de movimientos intelectuales que proclamaban un cambio radical de su sistemas culturales. Estos aspectos contextuales, visibles en los escritos de viaje, complejizan la mirada de los autores latinoamericanos y señalan una línea de conexión entre los debates sobre modernidad y colonialismo que conectaban a ambas sociedades de la época. Desde esta perspectiva, los cronistas modernistas constituyen un punto de clivaje entre la mirada decimonónica y una sensibilidad atenta a los procesos de cambio y transformación en el país asiático.
Las obras de Gómez Carrillo y Ambrogi constituyen enlaces en una continuidad más amplia y registran cómo los países orientales eran percibidos en un periodo de transición: entre guerras, disputas por el poder, luchas anticoloniales y modernización económica. Estos eventos históricos inscriben a los discursos latinoamericanos en un contexto de cambios radicales. Así, la vitalidad analítica de estos escritos radica en su ambivalencia: allí conviven la fascinación estética, la mirada exotista y los primeros indicios de una sensibilidad crítica.
Enrique Gómez Carrillo publicó De Marsella á Tokio en 1906, que se presentaba como resultado de un viaje al Extremo Oriente realizado el año anterior1. Nacido en Ciudad de Guatemala en 1873, se trasladó a Europa a los dieciocho años para instalarse en París, desde donde comenzó a colaborar con los principales periódicos de habla hispana. Sus “sensaciones” (como él mismo denominaba sus escritos que combinaban la exposición informativa del periodismo con el relato costumbrista) se publicaban en La Nación y La Razón de Argentina, el Diario de La Marina de Cuba y El Liberal de España. Su estilo ágil y posición privilegiada le valió una notable popularidad entre los círculos intelectuales latinoamericanos que lo consideraban una fuente de información directa sobre las modas de la metrópoli francesa (Pera 1997). En muchos sentidos, su figura encarna la expansión de las redes de producción cultural más allá de los límites continentales siempre a través de la mediación de París.
Su vínculo con el Extremo Oriente se consolidó a partir de la guerra ruso-japonesa, entre los años 1904 y 1905. Desde el inicio de las confrontaciones, Gómez Carrillo publicó una serie de artículos, primero desde París y luego desde Moscú, desde dónde firmaba sus escritos sobre las sucesivas derrotas del ejército zarista (Colombi 1996). El interés por los acontecimientos en el frente oriental fue creciendo a lo largo de 1905, a tal punto que La Nación mantuvo sus reportajes como una serie regular durante los últimos meses del conflicto. Martín Bergel (2022) ha señalado cómo la demanda de información se fue intensificando en el público: las noticias se editaban en las portadas de los diarios, los recortes de la prensa se pegaban en los escaparates y las pizarras de las redacciones comunicaban día a día el resultado de las batallas. Esta presencia muestra el interés repentino que despertaron los sucesos en Asia a partir del conflicto bélico.
La repercusión del triunfo militar japonés fue significativa en el horizonte intelectual de la época: por primera vez, un país asiático derrotaba a una potencia tradicional europea. Esto implicó un verdadero impacto simbólico sobre la configuración del mapa mundial que trastocaba las categorías de civilizado o incivilizado, desarrollo industrial, atraso y poderío militar. Según observó Tinajero (2004), la guerra ruso-japonesa representó un punto de inflexión en el imaginario latinoamericano sobre Japón, que empezó a ser comprendido como una potencia regional en ascenso. En ese contexto, La Nación y El Liberal anunciaron que su cronista estrella, Enrique Gómez Carrillo, partía en la búsqueda de nuevas coberturas sobre el fin de la guerra en el Pacífico.
De hecho, la mayoría de sus crónicas se publicaron de manera simultánea en ambos periódicos para luego ser compiladas en un libro editado por el sello francés Garnier Hermanos. El volumen llevaba como subtítulo una enumeración que enfatizaba la distancia geográfica del recorrido, “Sensaciones de Egipto, la India, la China y el Japón”, y estaba dedicado a Delfina Mitre de Drago, hija del director de La Nación (lo que sugiere que este periódico habría pagado las expensas del trayecto). Rubén Darío firmó el prólogo, en cuyas primeras líneas celebraba el exotismo del viaje y el estilo del autor: “Este poeta, me digo, viene del país de los dragones, de las cosas raras, de los paisajes milagrosos y de las gentes que parecen caídos de la luna” (Gómez Carrillo 1906a, VII).
A través del índice del libro, se reconstruye el trayecto que el autor realizó, partiendo desde el puerto de Marsella y con escalas en los principales enclaves del Imperio británico: Port Saïd en la desembocadura del canal de Suez, Ceilán, Singapur, Hong Kong y Shanghái. A lo largo de su recorrido, similar al Grand Tour asiático, Gómez Carrillo manifestó una abierta admiración por la empresa colonial inglesa, especialmente en el océano Índico. Sin embargo, esa adhesión no impidió que el cronista incluyera en su relato una voz disonante ya en la primera etapa: la de un juez egipcio que cuestionaba el dominio imperial. De hecho, el título del capítulo, “ensueños de libertad”, reafirma la lectura crítica (Gómez Carrillo 1906a, 35). Este gesto, contradictorio en apariencia, puede ser comprendido como un ejemplo más de las tensiones que atravesaban la mirada modernista entre la fascinación por lo moderno, la atracción que generaban las metrópolis coloniales y la profesionalización de la escritura periodística que solicitaba múltiples fuentes de información.
Al seguir el itinerario descripto, Gómez Carrillo realizó diversas escalas en la costa este de China, desde donde escribió sus “sensaciones” sobre el país asiático. Sin embargo, su primer contacto con la cultura china ocurre al poco tiempo de zarpar de Marsella, en un capítulo dedicado al comercio marítimo y a la comparación entre puertos mediterráneos como Barcelona y Génova. En la cubierta del barco Sydney, describe la aparición de un personaje que genera alboroto entre los pasajeros:
Los oficiales franceses se acercan a él con respeto, y los niños, viéndole desde lejos, abren sus bocas deliciosas. Es un chino. Pero no es un chino vulgar, un mercader, un banquero, no, ni siquiera un diplomático, sino un sabio chino, un chino doctoral, un chino que si no fuera imponente, sería caricaturesco. Su túnica negra, cubierta de dibujos áureos, deja descubiertos los pies descalzos. Sus lentes son redondos, como los que, en los retratos de Quevedo, miran con insolencia; pero muchísimo más grandes. Su trenza, en fin, su blanca trenza encanecida por el estudio, es una cola de rata interminable.
Se llama Ta-Yen (Gómez Carrillo 1906a, 25).
Como ha señalado Rosario Hubert (2023), en muchos de estos relatos de viaje el encuentro con figuras chinas (sean sabios, intelectuales o trabajadores forzados) activa una red de imágenes que precede al contacto. Para estos cronistas, afirma Hubert, las primeras aproximaciones a la cultura china estaban moldeadas por las diversas formas de migración durante la etapa: comerciantes, diplomáticos, exiliados y coolies transitaban o eran desplazados hacia las costas americanas y actuaban como una presencia palpable de las culturales de origen.
En este caso, el sabio chino no solo introduce un momento de encanto exotista, sino que también proyecta una imagen refractaria del propio narrador: políglota, erudito y habitante de un campo cultural que los iguala, al menos en la zona de contacto que representa el barco transoceánico, más allá de sus diferencias de origen. La escena continúa con la voz del personaje, cargada de teatralidad y exageraciones:
“De vez en cuando, al ver entrar a algún curioso, cierra el libro que lee, sonríe, se incorpora, pregunta.
–¿De dónde es usted?
Y con una voz fina y gorjeante, como cantando, habla. Todas las lenguas europeas parecen serle familiares. Habla inglés, habla francés, habla italiano, habla portugués, habla español.
–El español es el que más he estudiado –me dijo el primer día que fui á visitarle.
Luego, en buen castellano, me explicó por qué.
–Porque estoy preparando una obra en la cual hablo de que la América toda fue quizás descubierta no por Cristóbal Colón, sino por un navegante chino, un Colón amarillo” (Gómez Carrillo 1906a, 25).
La intervención del intelectual chino constituye la primera visión de la cultura china que aparece en el libro, y anticipa una figura que se repite en las siguientes páginas bajo una mirada exotista, pero no desprovista de admiración. El nombre del personaje (nombrado como “Ta-Yen”) presenta una notable similitud con la grafía de un intelectual modernista y revolucionario chino, Zhang Taiyan (章太炎), cuya romanización en el sistema Wade-Giles (el más difundido en la época) era justamente “Tai Yen”. Zhang participó de la Reforma de los Cien Días2 y tras la derrota del Emperador Guangxu debió exiliarse en Japón. En una monografía de 1899, hipotetizaba que América pudo haber sido descubierta por el monje budista, Hui Shen (慧深) quien viajó en el siglo v a una tierra que había bautizado con el nombre de “Fusang (扶桑)”. De hecho, esta referencia se refuerza en el diálogo que mantienen después de zarpar desde Marsella:
En todas las escuelas del imperio se estudia además una parte de otro libro, el Wen-Hien-Tong-Kao, que habla de eso como de un dogma científico, y hasta traza el itinerario que siguieron nuestros descubridores y que fue el siguiente: el golfo de Logo Tong, las tierras coreas, las islas del Japón, las islas Kuriles, las nieves de Alaska, el Oregón, la California y Méjico. En un principio, todas las tierras del Nuevo Mundo se conocieron, entre los geógrafos chinos, con el nombre general de imperio de Fu-San (Gómez Carrillo 1906a, 25).
Los escritos de Zhang Taiyan sobre el descubrimiento de América pertenecen a una etapa en la que los intelectuales nacionalistas buscaban reconfigurar la inscripción de China en el sistema mundial. Al poner en tensión el relato europeo, estos discursos proponían una genealogía alternativa sobre los intercambios y desplazamientos entre China y el continente americano. Sus ideas eran conocidas en círculos intelectuales franceses, por lo que no es improbable que Gómez Carrillo haya accedido a ellas indirectamente.
No existen registros históricos que indiquen que Zhang hubiera viajado a Europa y mucho menos que hablara español. Como la mayoría de los revolucionarios chinos había cortado su coleta como signo de protesta a la dominación manchú durante su exilio en Japón. En ese sentido, la aparición del intelectual chino puede leerse como una figura ficcional que condensa un conjunto de elementos del imaginario orientalista: anteojos redondos, túnica negra, el saber enciclopédico, la coleta y la cortesía intelectual. Sin embargo, el diálogo que mantienen también sugiere la circulación de ideas entre ambos hemisferios y un intento de trazar rutas alternativas sobre el contacto entre ambas regiones.
La representación del chino como sujeto intelectual reaparece más adelante en Singapur, esta vez en la figura de un profesor de francés que da clases a los hijos de un banquero. De nuevo, el encuentro ocurre en una zona de contacto colonial, un puerto británico luego de la escena en el bar de un club. Esta aparición refuerza la percepción de una cultura china más extendida que otras identidades asiáticas, al exceder los límites geográficos de la nación. El argumento principal del profesor de francés condensa los debates intelectuales que se estaban desarrollando en China a comienzos del siglo xx:
Un chino que enseña francés a los hijos de un banquero de Singapur, nos decía:
–En el fondo no somos, ni hemos sido nunca, enemigos de los progresos materiales. En el cultivo de la tierra, todo el mundo sabe que estamos más adelantados que los países de Europa. Nuestras provincias del litoral y del valle de Yang-tse-Kiang son más pobladas que Bélgica y producen más que las mejores tierras del norte, gracias a nuestros sistemas intensivos de cultivo. Nada nos sería, pues, más fácil, disponiendo cual disponemos de mano de obra abundante, que aceptar los métodos industriales europeos. Pero los pueblos conquistadores, Inglaterra y Francia sobre todo, han sido siempre tan rudos en sus exigencias, que el pueblo, ignorante y animado por la clase mandarina, verá aún durante mucho tiempo con recelo todo lo que proceda de occidente. Nuestros verdaderos conservadores son los mandarines, los malditos mandarines (Gómez Carrillo 1906a, 98).
Para comprender este argumento, es necesario remarcar que la publicación De Marsella á Tokio sucede al año siguiente a la abolición del sistema de exámenes imperiales (科举) en China, vigentes desde el siglo vii hasta 19053. Ese acontecimiento marcó el fin de la sociedad tradicional confuciana, luego de un intenso debate en los círculos intelectuales sobre la capacidad de las instituciones políticas y culturales ante los desafíos surgidos luego de las guerras del Opio. La escena funciona como un eco literario de ese momento de transición en que el viajero latinoamericano reconoce las tensiones internas de la sociedad de destino.
Más adelante, el libro dedica un capítulo completo a las impresiones sobre Shanghái, ciudad que Gómez Carrillo describe como un polo industrial y compara con las grandes metrópolis del norte europeo. La crónica se abre con una serie de referencias a paisajes portuarios, que desestabilizan la expectativa de un Oriente exótico:
¿Es acaso la entrada de Amberes por el Escault verde gris, bajo un cielo de lluvia?... ¿Es Róterdam y sus húmedas costas bañadas por el Mosa?... ¿O es más bien el Elba de Hamburgo, envuelto en una tibia bruma de primavera?... Algo del Norte es, en todo caso; algo ya visto en las excursiones frecuentes y en los cuadros familiares, algo que no tiene nada de exótico, ni de lejano, ni de raro. […] La impresión de lo ya visto se acentúa. Sí, una por una, las altas columnas humeantes se alzan. Son las avanzadas del industrialismo. Detrás de ellas se amontonan fuerzas mayores. Ved. Es más que Amberes, es más que Hamburgo, pues ninguna torre de municipio antiguo, ningún campanario gótico, ni la más pobre almena de castillo histórico poetiza el paisaje. Es Nueva York, tal vez. En el puerto, ante los muelles de hierro, millares de barcos descargan y cargan en medio de un tumulto vertiginoso. Las gentes que llenan los bands forman hormigueros humanos. […] Las guías nos dicen que este es el París del Extremo Oriente. Pero, en realidad, los dos nombres chocan. ¿París? No. Ni Oriente tampoco. Es una gran metrópoli de trabajo que se describe mejor con cifras estadísticas que con frases (Gómez Carrillo 1906a, 119-120).
Lo más evidente en su discurso es la preocupación por lo moderno: sus efectos económicos, su ritmo urbano, su dimensión social. Frente a la expectativa que produce la llegada a uno de los principales puertos de Asia, Gómez Carrillo despliega una mirada que mide y clasifica el paisaje según parámetros europeos. Shanghái no aparece como un lugar “lejano” o “exótico”, sino como un espacio reconocido, incluso previsible, dentro del imaginario modernista que mide la experiencia urbana de acuerdo con las ciudades que forman parte de la experiencia cosmopolita.
La inquietud por el trabajo, la capacidad fabril y el dinamismo comercial se extiende a lo largo de sus escritos sobre China. Previamente, llegó a confesar que “Singapur pertenecía a los chinos” (1906a, 123) a pesar del marco de colonización inglesa. Este tipo de observaciones, aunque no rompen con la lógica imperial del cronista, introducen una mirada que reconoce el lugar central que las clases trabajadoras asiáticas ocupaban en la maquinaria económica imperial. En este sentido, prevalece la mirada orientalista hegemónica ya que afirma sentir admiración por lo que los chinos son capaces de realizar bajo el marco institucional británico.
Una vez en Shanghái, la crónica de Gómez Carrillo se concentra en dos aspectos fundantes del discurso: por un lado, el desarrollo industrial; por el otro, el vínculo entre europeos y nativos en la ciudad. Así, por ejemplo, afirma:
Actualmente, el obrero chino es tan hábil y tan laborioso como el obrero europeo. Las fábricas de acero de Hanyang construyen ruedas para láminas por una tercera parte de lo que cuestan en Europa. Los astilleros en Futcheu y Shanghai producen en condiciones tan ventajosas que las Compañías alemanas les encargan ahora sus nuevos buques de cabotaje. Una memoria consular francesa del año pasado dice que en breve las fábricas de tejidos de algodón chinas serán superiores a las del resto del mundo (Gómez Carrillo 1906a, 122).
De hecho, el capítulo dedicado a Shanghái cierra con una referencia a los telares de algodón, cuya capacidad de producción (citando a la Cámara de Comercio Francesa) podría pronto superar a la de sus competidores europeos. A su vez, la geografía discursiva reproduce la fragmentación colonial, ya que su itinerario urbano pasea por las concesiones que dividían la ciudad en la desembocadura del río Yangtsé.
De hecho, Shanghái a partir de las dos guerras del opio se encontraba dividida en tres zonas de influencia, una dominada por intereses británicos y norteamericanos con un gobierno semicolonial (International Settlement of Shanghai), una colonia francesa con autoridades designadas por la metrópolis (Concession française de Changhai) y por último, una ciudad amurallada que continuó bajo gobierno del Imperio Qing y de la República de China, luego de 1912. Si bien el autor guatemalteco no cuestionó las estructuras coloniales (y en muchos casos las elogiaba), su relato mantenía una mirada ambivalente. Por un lado, describía el desarrollo industrial y mercantil asiático como un modelo posible frente a las aspiraciones de modernización en América Latina; por otro, complejizaba la mirada positivista al dar cuenta de la presencia activa de intelectuales y trabajadores chinos en este proceso de transformación.
Si bien De Marsella á Tokio comprende un extenso recorrido que incluye Egipto, Ceilán y la Indochina francesa, la obra de Gómez Carrillo quedó fuertemente asociada a su paso por Japón. Tras el éxito de este libro, se publicaron El alma japonesa (1906b) y El Japón heroico y galante (1912), ambos derivados de la misma experiencia. Precisamente, Arturo Ambrogi afirmó que la lectura de este último libro motivó su viaje. En el primer capítulo de Sensaciones del Japón y de la China, publicado en 1915, el salvadoreño afirmaba que un encuentro con Gómez Carrillo impulsó tanto su periplo por Asia como la posterior redacción de sus crónicas (Navarro 2014).
El libro de Ambrogi dedicó una sección considerablemente más extensa a China que la de su antecesor. Además de Shanghái, el autor describió escenas en Hong Kong y en la provincia de Cantón, donde la experiencia resultaba marcadamente más ambigua y contradictoria. De hecho, entre la publicación de uno y otro relato de viajes, China había experimentado la caída de la Dinastía Qing y el establecimiento de la República. Al igual que Gómez Carrillo, su crónica comienza en el Bund shanghainés:
Al promediar de la tarde abandono el Shingo-Meru de la Toyo Kisen Kaisha y pongo pie en el Passenger jetty. Estoy en Shang-Hai en el famoso Bund y, al hacerlo, creo pisar de nuevo el asfalto de Market Street. El mismo apretujamiento de colosales inmuebles. El mismo ensordecedor movimiento de trams eléctricos; la misma nube de autos apestantes y de motociclos detonantes como petardos; el mismo enjambre de ciclistas; las mismas filas interminables de grandes camiones rechinantes bajo el peso de bultos apilados. […] Como en la encantadora metrópoli californiana, el mismo vendedor de diarios me ofrece las ediciones vespertinas. Y hasta en las esquinas, los mismos vendedores de tarjetas postales, los mismos puestos de flores, en cuyos tubos de hojalata, la jardinería china exhibe, ante ojos extraños, todas las rarezas de sus formas (Ambrogi 1963 [1915], 94).
Es especialmente significativa la comparación de Shanghái con San Francisco, ya que esta última no solo representaba un emblema de la modernidad industrial en el Pacífico estadounidense, sino también albergaba el barrio chino más grande de las Américas. En su descripción, Ambrogi proyectaba la misma impresión fabril que Gómez Carrillo, aunque con un tono nostálgico que acentuaba aquello que se había perdido con el avance del turismo. Equiparaba la neblina del río Huangpu con la del Támesis, describía el ritmo frenético de la vida urbana y prestaba atención a la presencia femenina en el espacio público, desde trabajadoras en escaparates hasta consumidoras en el principal distrito de compras. Su descripción, como señala Navarro (2014), expresaba una tristeza por el exotismo buscado que chocaba con la realidad:
Ante los luminosos escaparates de las grandes tiendas cosmopolitas, se detienen, por grupos, las “misses”: cajeras, dactilógrafas, contablilistas, dependientes, simples paseantes, llevando todas su “roman” bajo el brazo, y el volillo de tul anudado tras el sencillo “canotier” o el costoso Panamá. ¡Las eternas “misses”! Las indispensables, las inevitables... e infumables “misses”! Las “misses” en turba, en enjambre, en avalancha! […] Son las mismas. Las mismas de siempre, las que me encuentro aquí bajo el cielo de la China, como me las he encontrado antes en los “spardecks” de los grandes barcos; como en Honolulu, en la playa de Waikiki, contemplando los fantásticos cambiantes del mar; como en las “kinumono” de Benten Dori, en Yokohama (Ambrogi 1963 [1915], 96).
Conviene remarcar que la palabra que utiliza para nombrar a las mujeres en el espacio público está en inglés “misses”. Para el autor, las mujeres de Shanghái usaban los mismos vestidos, actuaban con los mismos modales y trabajan de las mismas ocupaciones como Honolulu o Yokohama, dos de las ciudades más cosmopolitas del Pacífico en ese momento. En este sentido, la escena reflejaba la negación del deseo exotista del propio narrador, que se vio desplazado por la presencia cotidiana de lo moderno. De la misma manera, esta preocupación se replica en otros pasajes donde, por ejemplo, cuestionaba el uso del traje occidental entre los jóvenes chinos.
La narrativa de Ambrogi deja entrever que la modernización de Shanghái se desarrollaba en un contexto colonial, marcado por la separación entre la población local y los enclaves europeos. En uno de los pasajes más reveladores, el narrador pide a su rickshaw que lo aleje de las concesiones y lo lleve hacia la llamada “ciudad china”, la sección bajo administración de la República. Allí, acompañado por un guía, recorre los pasajes interiores:
Son estos guías de los tipos más particulares de ShangHai. Vistiendo terno de dril blanco, de flamante corbata Lavaliére, botas de cuero de Rusia y arbolando sombrero de paja y lentes, hacen recordar en el acto a los ‘europeizados’ de Tokio. […] Por demás está apuntar que los chinos que pasan en turbamulta, codeándose, apretujándose por entre las tortuosas callejas, no se fijan ni en él ni en mí. No es sino apenas algún comerciante curioso, el que, sentado tras su mostrador, nos da un vistazo indiferente, y prosigue fumando, tranquilo, en su gruesa pipa de bambú (Ambrogi 1963 [1915], 102).
El contraste entre las diferentes secciones de la ciudad, las figuras del guía y del coolie silencioso que tira del carruaje sin decir una palabra revela la fragmentación urbana y racial. Al internarse en la “ciudad china”, el narrador cruza los límites impuestos por la geografía imperial sólo para constatar que detrás de los muros no hay un mundo fuera del tiempo, sino una ciudad igualmente transformada por los efectos de la modernidad, una modernidad que se extendía desde América Latina hasta su opuesto en el mapa.
Mientras las crónicas de Gómez Carrillo, sobre todo las dedicadas a Japón, conocieron múltiples reescrituras y reediciones, la escritura más introspectiva de Ambrogi debió esperar más de medio siglo para ser reeditada. Su estilo, menos informativo y analítico, ensayaba una redefinición de la crónica en un momento en que los efectos de la modernidad empezaba a uniformar el espacio urbano y las experiencias de los viajeros.
A partir de estas dos expresiones se pueden identificar los ejes que definieron las crónicas de viaje a China de autores latinoamericanos durante las primeras décadas del siglo xx. Mientras la bibliografía previa se ha concentrado en cómo los autores del modernismo incorporaron, reinterpretaron o respondieron al discurso orientalista hegemónico, nuestra lectura buscó detenerse en las representaciones sobre China en un momento histórico definido por el fin de la Dinastía Qing y los primeros años de la República. En este contexto, tanto Gómez Carrillo como Ambrogi expresaron preocupaciones comunes en torno a las transformaciones sociales, la extensión de la economía industrial, las tensiones entre tradición y reforma y los conflictos derivados del avance de una modernidad que empezaba a cerrar el mapa mundial.
Al poner en contacto los escritos de ambos autores con las referencias a personajes chinos o el paisaje urbano de la ciudad de Shanghái se pretendió dar cuenta de los contextos enunciativos en los que se inscribían estos escritos. Tanto en Gómez Carrillo como en Ambrogi se reconoce una sensibilidad que, mediada por el exotismo, abre interrogantes sobre las dinámicas políticas y culturales del Extremo Asiático en periodo definido por cambios radicales. La ambivalencia de sus discursos refleja los dilemas de una periferia que aspiraba a insertarse en los circuitos del cosmopolitismo global sin olvidar su posición específica.
Las crónicas analizadas exhiben, en definitiva, una preocupación por el desarrollo industrial, las relaciones entre modernidad y colonialismo y los caminos alternativos que se abrían en el Extremo Asiático desde la abolición del mandarinato hasta la redefinición de los roles de género. En la tensión entre fascinación estética y observación crítica se configuraba una sensibilidad que anticipaba las inquietudes de los viajeros latinoamericanos de las décadas posteriores, para quienes el Oriente ya no sería únicamente un espacio de otredad radical, sino también un horizonte para sus propias aspiraciones de cambio social.
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Fecha de recepción: 15.04.2025
Versión reelaborada: 13.10.2025
Fecha de aceptación: 4.11.2025
1 Como señala Joan Torres-Pou (2013), existe debate sobre la realidad de los viajes de Enrique Gómez Carrillo que se intensifica por las imprecisiones alrededor de su propia trayectoria. Conviene señalar que este debate ya ocurría en los años de mayor producción e impacto de su obra. Existen registros en los periódicos que anunciaron su partida y su llegada. También, hemos constatado que existió un barco con el nombre que menciona el autor, Le Sydney, que sirvió la línea del Extremo Oriente entre 1890 y 1906 desde el puerto de Marsella. De todas maneras, en estas páginas, consideramos que sus crónicas no deben ser leídas como un documento de verdad sino como una producción cultural sobre el Oriente, escrito por uno de los autores latinoamericanos más exitosos del principio del siglo xx.
2 Tras la derrota en la primera guerra sino-japonesa (1894-1895), un grupo de intelectuales reformistas impulsó un programa de modernización que pretendía transformar la dinastía Qing en una monarquía constitucional. Liderados por el joven emperador Guangxu y los pensadores modernistas Kang Youwei y Liang Qichao buscaban transformar la industria, el ejército y la educación. El movimiento fue detenido por el grupo conservador encabezado por la emperatriz viuda Cixi. Tras el fracaso de la Reformas de los Cien Días (戊戌变法), muchos de sus partidarios abogarían por una transformación más radical del sistema político y sus bases confucianas. De hecho, este punto de vista es notablemente cercano a las ideas que expresa el siguiente personaje chino en el libro de Gómez Carrillo.
3 El keju (科举) fue un sistema de selección del funcionariado imperial a través del estudio y memorización de los clásicos confucianos. Con diversas modificaciones, estuvo vigente desde el siglo vii hasta 1905 cuando triunfa la posición de los intelectuales modernistas que promovían su abolición.