DOI: 10.18441/ibam.26.2026.91.49-69

 

 

 

 

“Todo lo viejo se está convirtiendo en nuevo”: cinco periodistas mexicanos y la modernización de China

“Everything Old Is Becoming New”: Five Mexican Journalists and China’s Modernization

Jaime Ortega Reyna

Universidad Autónoma Metropolitana, México

jortega@correo.xoc.uam.mx
ORCID ID: https://orcid.org/0000-0002-8582-1216

El estudio de la denominada literatura de viajes ofrece un conjunto de regiones aun por explorar en toda su amplitud. Las producciones escritas de quienes en el pasado poseían la oportunidad de recorrer rincones del mundo poco conocidos y en proceso de transformación, es el motivo central de este texto. El acercamiento a obras de quienes intencionalmente viajaron a constatar los cambios políticos en la China de la segunda mitad del siglo xx es el objeto específico. Este corpus textual permite plantear una de las formas en que el discurso escrito –en este caso a partir de la denominada literatura de viajes que incluye lo más diversos formatos– pretendía contribuir a la formación de una opinión pública respecto a determinados acontecimientos. La importancia de la literatura de viajes en el entramado de construcción de una opinión pública descansa en la supuesta certeza de que quien escribía había comprobado, empíricamente, lo que otros sólo habían podido leer, es decir, que accedía a la realidad sin mediaciones. El viajero, aparecía como un sujeto especial, que había encarnado una realidad que comunicaba prístinamente pues había accedido a ella de manera directa. Sin embargo, como dice Saítta (2022), los viajeros, independientemente de sus países, comparten tópicos, experiencias similares y representaciones compartidas. Ella sistematizó de mejor manera los procesos rituales de los viajes, por lo cual, hay posibilidad de ordenar a partir de coordenadas equivalentes.

Por su parte, la literatura de viajes ha ocupado un espacio cada vez más grande entre los estudios contemporáneos. La situación no es casual, pues sus distintos formatos, proceso de circulación y producción, nos remiten a una época lejana a la de la revolución tecnológica y de las comunicaciones que experimentamos desde hace unas décadas. La literatura de viaje permite reconstruir la forma en la que los seres humanos plasmaban impresiones, se esforzaban por trasmitirlas –no es casual que un segmento de este tipo de literatura fuera auto editado– y las presentaban como apreciaciones objetivas, siempre verídicas, pues descansaban en la certeza de la mirada presencial. Hasta ahora, la literatura de viajes ha ganado centralidad entre los estudios literarios y ha ocupado menos espacio entre quienes piensan las múltiples veredas en las que cruzó la historia de la opinión pública. Es por ello que, a pesar del gran corpus de este tipo de producciones, optamos por aquellas que son firmadas por periodistas-viajeros y se presentan con el fin de trasmitir, a sus lectores, su experiencia. Referimos a la noción de periodistas-viajeros para dar la connotación específica de su intervención pública. No se trata de académicos, ni tampoco de intelectuales en el sentido restringido de la palabra, son más bien personajes adscritos a una profesión, misma que cumplen a partir de determinadas condiciones y, sobre todo, al amparo ideológico de preferencias progresistas. El viajero-periodista no es experto en la temática, no es tampoco un militante acrítico de un proyecto, sino que es un personaje que, legitimado por su profesión, devela los profundos rincones de una historia, en este caso, de la revolución. Pero, además, viaja exprofeso para escribir, es decir, está delineada su posterior actividad y ello puede ser una pista para comprender mejor esta literatura.

Es legítimo pensar en la relación entre literatura de viaje y opinión pública, pues, hasta ahora, este tipo de escritura se ha relacionado más bien con formas literarias o históricas, en donde el viajero nos acerca a los “otros” (Escobar 2002), extraños del mismo mundo. O bien, como dice González Rivera (2019) es una literatura que “inventa al mundo”, al fijar un conjunto de ideas y nociones sobre con quienes se comparte el espacio. En este caso, optamos por un objeto específico que convoca a periodistas que, en el ejercicio de su profesión, escriben y transmiten un conjunto de ideas de los cambios ocurridos en China después de la revolución, en medio de un océano de información. Este tipo de viajeros destacan, en la medida en que expresan un genuino interés por comprender un fenómeno más allá de los marcos ideológicos del momento (la “Guerra Fría”) y, sobre todo, porque inauguran un tipo distinto de ejercicio de comprensión, en donde la mediación europea, se logra eludir. Tanto la Unión Soviética, como después China, serán espacios en donde viajeros provenientes de sociedades no europeas, puedan plantear sus impresiones. Para los fines del estudio de la opinión pública, podemos decir que esta se forma sin mediadores ideológicos o geo-políticos. Las opiniones y valoraciones de los periodistas, plasmadas en estos trabajos, son observaciones directas, inmediatas y sin otro interés que el de informar.

Nos concentraremos en cinco periodistas mexicanos que, por diversos motivos, pudieron atravesar el globo y observar las transformaciones socio-políticas que acontecían en la China revolucionaria. Es muy importante recordar que en el siglo xx la producción y socialización del conocimiento tenía un eje central en la escritura, situación que se ha modificado vertiginosamente en las últimas dos décadas, ganadas, definitivamente, por la imagen y el sonido. En ese sentido, los “diarios de viaje” –o sus equivalentes– operaban como testimonios directos, observaciones presenciales y, por tanto, aportes para los matices de los grandes procesos históricos que otras disciplinas estudiaban desde el gabinete. Sabemos que las revoluciones del siglo xx propiciaron la creación de especialistas de sociedades a las que se veía con desconfianza o temor y estos materiales contribuían a entregar información desde un punto de vista inmediato.

Entre la literatura de viajeros fue común encontrar, a partir del siglo xx, numerosas producciones ligadas a los fenómenos de cambio político y social. Su iniciador, el viajero-periodista norteamericano John Reed (1990), abrió la estela de publicaciones ligadas a los viajes a sociedades en pleno auge revolucionario, primero en México y después en la Rusia revolucionaria. Si bien Reed fue testigo presencial en un momento único de esta última, en gran medida por el azar, el resto de quienes lo emularon asociaron sus travesías a la observación consciente de transformaciones modernizantes. Los testimonios que trabajaremos, más que ser testigos de acontecimientos únicos e irrepetibles (como la toma del poder por los bolcheviques en el caso de Reed), lo eran de procesos de larga duración, ordenados y predispuestos desde el poder de un Estado que operaba como palanca de cambio, es decir, de elecciones intencionales de los poderes de la nación que generaban efectos diversos en sus sociedades, captados por los viajeros-periodistas.

Teniendo en cuenta que el siglo xx fue en gran parte la centuria de las revoluciones sociales y políticas, no es de extrañar la proliferación de un corpus textual que se abocara a relatar lo que los viajeros veían, escuchaban y hablaban en torno a ellos. Este corpus textual tuvo destinos privilegiados: primero la Unión Soviética como la sociedad matriz de la agitación revolucionaria, después China, que, como veremos, fue un ejemplo de una modernización sostenida de manera acelerada y masiva, y hacia finales de la década de 1950 también Cuba, que volvió a imprimir un dejo romántico entre los viajeros. Lo que denominamos viajeros a la revolución producían, generalmente, textos ordenados, conscientes de lo que podía interesar al lector de su país, interactuando con lo que resultaba nuevo y también aquello que podían compartir de forma común.

Analizaremos aquí a cinco periodistas mexicanos que, en distintos momentos, realizaron viajes a la China “comunista”. Ellos, como tantos otros, escribieron profusamente y transmitieron una imagen de lo que en el país asiático ocurría. Más allá de los múltiples problemas que acarrean los “diarios de viaje” respecto a la veracidad, sensacionalismo y la respectiva carga de orientalismo periférico (Taboada 1998) no deja de ser sugerente que un conjunto de temas apareciera recurrentemente. Estos viajeros-periodistas, intencionalmente, aspiraban a ser quienes transmitieran a un público amplio las imágenes de un río en constante movimiento, buscando incidir en la opinión pública más allá de los conflictos ideológicos de la Guerra Fría. A pesar de las distinciones políticas, ideológicas y temporales, en general, aducían a las mismas regiones problemáticas. Así, la diversidad muestra también su cara de unidad. Hemos elegido a estos viajeros porque todos ellos se asumen directamente como practicantes del periodismo profesional. De características diversas –salvo quizá, que todos eran hombres– en sus posicionamientos y formas de entender lo que sucedía, son una muestra clara de los intereses y preocupaciones de quienes buscaban comprender la “nueva” China, que asomaba ya como una potencia que se modernizaba a pasos acelerados.

Ahora bien, el estudio de esta temática ha ido creciendo en los últimos años. Se ha conformado una comunidad amplia de estudiosos y estudiosas, misma que ha permitido mirar derivas variadas. Uno de sus protagonistas, el crítico literario Jorge Locane aduce que estas producciones no pueden ser solo captadas como mera propagada, toda vez que buscaron “establecer un diálogo horizontal a pesar de las barreras lingüísticas” (Locane 2020, 68). Es este quizá el punto de arranque del material con el que una amplia bibliografía ha venido trabajando en los últimos años: la superación de la mediación europea para establecer diálogo entre segmentos del mundo considerados periféricos (o el día de hoy, parte de un “sur” global).

Entre la bibliografía destacan los esfuerzos por capturar las dinámicas ideológico-políticas de viajeros en particular. Es el caso de Matthew Rothwell (2013), quien lo hace para el caso andino y mexicano, al igual que el de Barandica (2013), donde importantes personajes como Pablo Neruda o Vicente Lombardo Toledano son protagonistas. Unos años después, María Montt (2016) comparó al argentino Bernardo Kordon y al chileno Luis Oyarzún, personajes con menor centralidad política que los anteriores. Estos fueron los textos que iniciaron el campo sobre los viajes a China, y su operatividad residía en fijarse en conjuntos de personajes que habrían hechos viajes de manera coetánea, marcando las diferencias y similitudes, Rothwell y Barandica se fijaron en individuos de trascendencia política y Montt colocó a personajes importantes en la relación con China, pero no centrales en la vida política local.

Posteriormente aparecieron los textos sobre los casos específicos de los viajes de María Rosa Oliver (Moraes 2020), Eduardo Galeano (Teng 2020), José Venturelli (Ahumada 2020; Rothwell 2020), Mercedes Valdivieso (Montt 2020), Bernardo Kordon (Chávarry 2020), Gregorio Bermann (Ni 2021), Manuel Zapata Olivella (Franco 2024), Francisco Miró Quesada (Fernández 2024), Pablo de Rokha (Wang 2025), y Carlos María Gutiérrez (Pagola y Zhang 2025). Para el caso uruguayo, el análisis del conjunto discursivo –incluyendo viajes, pero no centrándose en ellos– hecho por Oliveira (2023) sobre Guillermo Bernhard, Eduardo Galeano y Vicente Rovetta concentra de forma comparativa al contingente uruguayo. Brenda Rupar (2020) lo hace para los argentinos que asistieron al país asiático en el marco de la “diplomacia de los pueblos” y Mónica Ni (2025) estudia los mediadores que permitieron a la intelectualidad argentina trazar redes de solidaridad en la “China de Mao”. Estos trabajos se concentran mayoritariamente en experiencias individuales y, salvo los últimos citados, tienen como objetivo reconstruir dilemas políticos, ideológicos y contextuales de conjuntos más amplios, la mayor parte de ellos artistas, intelectuales y escritores.

Este corpus documental permite avanzar sobre los principales puntos de apoyo para acercarnos a un conjunto de materiales, diversos en el periodo de redacción como en las intenciones y estrategias narrativas. Si bien este artículo comparte las preocupaciones del grupo de estudiosos mencionado, se enfoca menos en la dinámica de la Guerra Fría y más en una concepción política interna que significaba un horizonte de construcción política. Es decir, pretende captar los textos de los viajeros en su consideración teórica y política a partir de temáticas específicas (aunque sea arriesgado, porque ninguno de ellos tenía pretensión de establecer universalidad). Si bien las dimensiones de la guerra fría, el tercermundismo, las relaciones de lo que hoy se llama Sur-Sur, las disputas en el mundo comunistas y otras preocupaciones son productivas –como lo demuestra la bibliografía–, en este artículo nos interesa plantear otra entrada hacia ellas, desde “registros” variados asociados al proceso de racionalización que involucra la modernidad.

El texto trazará primero un perfil de los viajeros en el marco de un conjunto amplio de personajes que emprendieron empresas similares. Posteriormente abordaremos algunos datos recurrentes en su escritura. La perspectiva con la que trabajaremos estos “diarios de viaje” (aunque estrictamente algunos no lo sean) o literatura de viaje, es la que privilegia la forma en que observaron los procesos de modernización, un concepto que fue central en la sociología del siglo xx (Germani 1969). Más que viajar a observar un acontecimiento revolucionario, que estrictamente ocurrió en un lejano 1949, los observadores presenciaban lo que Bolívar Echeverría denominó el “shock modernizante” (Echeverría 2014). Es decir, una transformación de las relaciones sociales que, modificando la intensidad de los intercambios simbólicos, los vínculos campo-ciudad, la producción y el consumo, trastocó todos los órdenes de la vida. La modernización de las sociedades con acontecimientos revolucionarios muestra hasta qué punto el socialismo del siglo xx no fue unidireccional, sino que fue, en sus diferencias, el emplazamiento de diversos proyectos. En el caso de China la modernización era al tiempo un juego con los elementos considerados como “viejos”, fundidos con los “nuevos”. En otras palabras, como ninguna otra revolución, la de China es al mismo tiempo una tensa relación entre elementos de modernidad y de tradición.

La empresa del viajero

Tres son los “tipos-ideales”, por recordar a Max Weber, que podemos encontrar abrevando en los viajeros a la China revolucionaria o a la China en proceso de modernización. El primero fueron los políticos, que, entusiasmados, acudieron desde el temprano 1949 –es decir, apenas dado el triunfo del Partido Comunista Chino– y desde ese momento no pararon de realizar visitas. El segundo fue el de los periodistas, que, enviados por las redacciones de sus periódicos o revistas, acudieron a verificar sobre todo aquello que se escribía. El tercero, minoritario, fue el que podría agruparse a partir de la noción de “técnicos” o especialistas: economistas, ingenieros, educadores, agrónomos, que, por distintas razones, fueron enviados en algún tipo de misión. Estos tres tipos, por supuesto, podían confundirse. Había “técnicos” que eran también militantes de ideologías o políticos que asumían un cierto rol en el periodismo. Sin embargo, lo que queremos aquí destacar es que eran un conjunto de sectores muy específicos, vinculados a segmentos ilustrados, los que hacia la segunda mitad del siglo xx podían emprender un viaje de estas características.

Por supuesto que el flujo de estos distintos viajeros –con sus consecuentes subdivisiones– no se encuentra al margen de las transformaciones de los espacios geo-políticos. No era lo mismo visitar China en 1949 que en 1969 y no por la obviedad del transcurso de dos décadas, sino por las condiciones geo-políticas mundiales (Ruviola 1978). China pasó de ser un país bloqueado y aislado, a una economía en crecimiento que demandaba mayor flujo de información con el resto del mundo, la apertura de mercados y la recomposición de alianzas, así fuera, aparentemente, inconsecuentes. Así, de 1949 a principios de la década de 1960 podríamos decir que los principales viajeros fueron, sobre todo, políticos y militantes de izquierda, convocados, sobre todo, por sindicatos, organizaciones de solidaridad o reuniones mundiales en torno al problema de la paz. Después de eso, el perfil ideológico de los viajeros comienza a transformarse adquiriendo una tonalidad más plural. A partir de 1960 y hasta la década de 1980 los perfiles se vuelven más diversos, jugando un papel ya no solo las asociaciones de amistad que operaban a lo largo de América Latina, sino también otras instancias, como las organizaciones femeninas, los vínculos parlamentarios o las visitas de funcionarios estatales de diversos órdenes. En el caso de México se vio doblemente esta situación al ser el expresidente Luis Echeverría uno de los principales promotores de la inclusión del país asiático en la Organización de las Naciones Unidas (Haro 2011). Sin embargo, antes de eso, figuras importantes como los expresidentes Lázaro Cárdenas y Emilio Portes Gil, visitaron la nación asiática.

A China llegaron, a partir de la toma del poder por parte de los comunistas en 1949, cientos de visitantes que expresamente acudían convocados por el acontecimiento revolucionario. Entre los latinoamericanos se distinguen distintas figuras que dejaron algún testimonio, como lo son el chileno Pablo Neruda (1998), el colombiano Manuel Zapata Olivella (1954), el ecuatoriano Manuel Agustín Aguirre (1959), el peruano Jorge Falcón (1959), el boliviano Gualdberto Pedraza (1959) o el argentino Raúl González Tuñón (1954). Menciono a una figura por país sólo para demostrar lo amplio que es el espectro aunque se mantuvo consistente en convocar gente de las letras, capaces de generar una opinión pública favorable.

Los mexicanos que viajaron a China son bastantes, aunque no todos dejaron un testimonio escrito. El primero que lo hizo fue el histórico líder sindical Vicente Lombardo Toledano, quien en 1949 acudió a una reunión de sindicatos, apenas unos meses después del triunfo de la gesta revolucionaria. Consciente de la importancia del medio impreso y de la opinión pública, Lombardo Toledano, hombre prolífico en la escritura, produjo el primer relato de viaje a la China comunista en 1950. Después de él siguieron personajes como la poeta Margarita Paz Paredes, el agrónomo Manuel Mesa Andraca, el político Carlos Zapata Vela, el geógrafo Ángel Bassols Batalla, el economista José Luis Ceceña y los ya señalados expresidentes Portes Gil y Cárdenas. Entre los periodistas que también viajaron con motivo de la visita del entonces presidente Luis Echeverría y dejaron testimonio se encuentran Luis Spota y Gastón García Cantú. Un sinnúmero de funcionarios, particularmente en la época de Echeverría (1970-1976), también lo hicieron, dejando testimonios auto editados. Otros viajeros, que no dejaron testimonio expreso fueron el economista Alonso Aguilar Monteverde, la artista Elena Huerta, el filósofo Enrique González Rojo y la antropóloga Eulalia Guzmán. La mayor parte de estos últimos viajes se gestionaban a través de la Asociación de Amistad de México con China, aunque también había invitaciones a festejos, como la de los aniversarios de la revolución.

Hablaremos, en breve, de los viajeros-periodistas que hemos seleccionado como parte de este trabajo. El primero es Fernando Benítez, quien en 1954 dio a conocer China a la vista, producto de su participación en el congreso Mundial por la Paz dos años antes y publicado por la prestigiosa serie editorial Cuadernos Americanos, entonces dirigida por el economista Jesús Silva Herzog. Benítez fue un reconocido periodista cultural, que, además, se entusiasmó con la revolución cubana, país al que también viajó al momento de ese acontecimiento. El segundo es Juan Miguel de Mora, un prolífico periodista que publicó alrededor de 20 libros sobre diversos temas políticos. Polemista, de Mora presentó dos textos: en 1961 China: el dragón y la estrella (con una reedición en 1973), publicado por editorial Diana y en 1964 Pekín: dragón sin estrella. El revés de la trama China, en una pequeña editorial. Por su parte el comunista portugués Antonio Rodríguez publicó en 1959 Reportajes en China y en Corea, producto de su trabajo como enviado especial por parte de la entonces muy popular revista Siempre!. Rodríguez, portugués de nacimiento, llegó a México en 1939, huyendo
de la guerra en el viejo continente, fue, además, partícipe de eventos en la Asociación de Amistad con China. El cuarto autor, José Natividad Rosales, publicó Diario de un viaje en China. Él también fue enviado por la revista Siempre!, pero su trabajo fue publicado por la editorial Costa-Amic en 1961. Finalmente, José Cabrera Parra, columnista del Excelsior y autor de un polémico libro sobre el movimiento estudiantil de 1968, entregó la versión de su viaje en Dragones, águilas y una que otra serpiente, autoeditado, sin mayor referencia, en 1973.

Es importante señalar el contexto político nacional e internacional. Respecto al segundo, es claro que la guerra fría y sus consecuencias ideológicas, como el surgimiento de la descolonización, marcaron el periodo en el que se produjeron estos textos. Ello es patente en la manera de posicionarse, casi unánimemente, en favor de la autodeterminación de los pueblos, doctrina que México sustentaba oficialmente en esa época. Legada de la revolución mexicana, esta manera de relacionarse con el mundo tenía un gran consenso entre la intelectualidad progresista, deseosa de formular una tercera vía entre el comunismo y el capitalismo. Por ello, no es raro que los viajeros acudan entusiasmados, pese a no compartir la ideología oficial del comunismo chino.

En tanto, el contexto nacional entre 1952 y 1968, años de producción del primero y el último de los textos analizados, responde a figuras asociadas a ámbitos progresistas, es decir, considerados con vínculos de corrientes socialistas o nacionalistas. Se trata de una época de alineamiento del gobierno mexicano con Estados Unidos, por lo tanto, la presencia de estos personajes en la esfera de influencia comunista resulta relevante.

Este corpus textual que analizaremos debe ser pensado desde ciertas condiciones de producción. En primer lugar, que todos son periodistas, aunque en varios casos, con vínculos claros con la izquierda nacionalista (como Benítez o Rosales) o con ideas muy genéricas del socialismo (como de Mora o Rodríguez). Quizá el único que escapa a una adscripción ideológica sea Cabrera Parra. En segundo lugar, es importante comprender la disposición o formato en el que se presentan: en todos, excepto el de Natividad Rosales, están presentas temáticas específicas y no atienden una dimensión cronológica. Es decir, solo uno es, propiamente, un “diario”; el resto navegan entre exposiciones temáticas del viaje con elementos históricos o de análisis de gabinete. En tercer lugar, ninguno de estos periodistas había tenido, previamente, contacto con China y, como es de suponer, tampoco hablaban el idioma, por lo que el intérprete se convirtió en una presencia constante. Finalmente, el arco temporal es amplio y va de los primeros años de la década de 1950 a los de 1970, es decir, 20 años. Este marco es útil en la medida en que todos los viajes fueron durante la época del predominio político y simbólico de Mao-Tse-Tung, elemento que permite agruparlos.

El viento del este

La revolución china se les presenta a estos viajeros como un acontecimiento histórico inigualable. Es importante destacar que los relatos, en su evaluación global, no irradian signos radicales de orientalismo, es decir, de uso de categorías formuladas desde Europa para interpretar la realidad asiática. Quizá ese motivo haya quedado anulado por la intención de comprender el fenómeno político, lo cual los lleva a evaluaciones genéricas sobre el acontecimiento revolucionario. Sin embargo, los viajeros, asumieron esto desde distintas perspectivas. Por ejemplo, para Benítez la revolución es excepcional porque demuestra que los chinos “[…] Son los instrumentos de una política y no son ellos, sino sus espectaculares victorias las que se hacen sentir en todos los rincones de China” (1954, 74). Pero si la política y las “victorias” del pueblo chino son importantes, es en la medida en que los coloca en una nueva historia, que se encuentra atravesada por una tensión: “China es un país de contrastes. La lucha de lo nuevo con lo viejo, los rasgos de una audaz empresa revolucionaria al lado de los rasgos que por siglos han conformado una fisonomía tradicional, aparecen en todas partes” (1954, 175). Esta nueva situación la remata con una frase lapidaria: “China es la vieja caldera donde se cuece otra vez el destino del mundo” (1954, 153). Las referencias de Benítez no son casuales, su escritura enlaza tanto la apabullante victoria del pueblo chino frente a su miseria anterior, dominada por el colonialismo, como la nueva problemática en donde la modernización juega un papel clave, la figura del horno claramente se asocia a la impronta modernizadora.

Antonio Rodríguez, por su parte, dejó ver esto de manera mucho más tersa. En su relato, él no parece demostrar asombro por la revolución más allá de los datos inmediatos. Sin embargo, se despierta de golpe ante un cuestionamiento, cuando algún interlocutor señala: “Es curioso, tú sólo preguntas lo que ocurrió aquí en el pasado, y nunca interrogas acerca del futuro” (Rodríguez 1959, 77). Así, llegará a la conclusión: “La historia actual de China se escribe en tiempo futuro” (Rodríguez 1959, 78). Esta idea del futuro promisorio, abierto a toda posibilidad, se expresa en distintos pasajes de su relato. Nos gustaría señalar dos. El primero, la tensión ente pasado y futuro. Ello llega como parte de sus reflexiones en torno a las formas tradicionales de la medicina: “Como todo en este país, la medicina es viejísima” (Rodríguez 1959, 32). Pero que sea vieja y que se ocupen formas arcaicas de la medicina no va alejado de la modernización: “…el gobierno de Mao-Tse Tung, a la vez que impulsa la medicina occidental –por todas partes se están abriendo hospitales, policlínicas, facultades– protege a los que practican seriamente la medicina china” (Rodríguez 1959, 33). Así, el futuro no está desligado del pasado. Esta tensión entre un pasado que se hace presente cotidianamente y convive dentro del proceso de modernización, no está despegada del otro elemento que queremos señalar: la dimensión humana. Rodríguez se ufana de mostrar un interés que sorprende a sus guías: “Yo había manifestado el deseo de hablar con los personajes más extraños: un terrateniente, un contrarrevolucionario, un burgués, un ratero y una prostituta” (Rodríguez 1959, 21). En el relato, estos personajes aparecerán desfilando en diálogos tensos, en donde se reflexiona sobre su pasado y las oportunidades que tienen en la China “nueva”. El futuro, de nuevo, no se desliga del pasado. Son los mismos personajes que antaño jugaban un papel negativo, los que ahora se encuentran redimidos. A través de ellos, el futuro no es el corte con el pasado, sino su redención. Después de hablar con este elenco que escenificaba lo socialmente negativo ya superado, remata: “Lo realmente maravilloso es que no existe falta para la cual un sincero arrepentimiento no encuentre en el Partido y en la sociedad, un generoso perdón” (Rodríguez 1959, 28).

Por su parte, Natividad Rosales, en su Diario, insiste también en esta relación entre pasado y futuro: “En China todo lo viejo se está convirtiendo en nuevo. En China se está creando otra concepción del mundo y de la vida, del presente y del pasado” (Rosales 1961, 57). Dado que su viaje se realiza hacia principios de la década de 1960 se encuentra en el auge de la revolución cultural proletaria como gran momento, que se define, a su parecer, a partir de un elemento: “acelerar el tiempo” (Rosales 1961, 225), lo cual solo puede hacerse la producción. Aquí ya no hay una armonía tan clara, sino un predominio de la idea del futuro industrializado, de la modernización como pavimentación por la que trascurre el desarrollo de la sociedad y la producción masificada como su secreto.

Juan Miguel de Mora resulta más difícil de ubicar, puesto que escribe dos relatos entremezclados con largos capítulos históricos, pero, además, ambos aparecen ideológicamente encontrados. Así, en el primero de ellos califica el acontecimiento chino de la siguiente manera: “China no se puede encuadrar en ningún molde político, ideológico o de sistema social de ningún otro país del mundo” (Mora 1973, 291). Es decir que la ve como una verdadera excepcionalidad de la historia. Al igual que en otras descripciones, el autor confronta a un empresario seleccionado expresamente para que cuente su conversión en la nueva vida que lleva. Este le confiesa al periodista: “Yo creí que bajo el gobierno de los comunistas tendríamos que limitarnos a obedecer sin hablar y resulta que ahora es cuando, por primera vez en nuestra historia, para todo se pide en China la opinión de los ciudadanos” (Mora 1973, 297). En su segundo libro, sin embargo, las cosas se colocan en entre dicho. Por ejemplo, cuando escribe: “Para los dirigentes chinos el socialismo es un fin en sí mismo, al margen del ser humano, como un experimento de laboratorio que es indispensable realizar, aunque cueste miles y miles de conejillos de indias” (Mora 1964, 103). Más aún, su crítica y distanciamiento es tal, que acusa a los chinos de sostener continuas y escaladas actitudes racistas para con los vietnamitas.

De la misma forma, Cabrera Parra sigue una línea crítica como la del segundo libro de De Mora. Podemos captar su visión, diametralmente opuesta a otras, en la siguiente frase: “Porque hoy en China la consigna es borrar el pasado” (Cabrera 1973, 136). Ello es lo que lo lleva a condenar y criticar aspectos de la modernización, que observa como funestos. Él lo ve claramente en el aspecto artístico, en donde argumenta: “La China actual está decidida a dilapidar su pasado. En convertir a sus viejos artistas en nuevos obreros que deberán dedicar sus manos mariposileas a hendir el duro hierro, a preformar el vulgar plástico […] Digo más: que ese secuestro de manos te va a divorciar, en tanto que ser humano, de una herencia de siglos” (Cabrera Parra 1973, 136). Aquí no hay más tensión que la de un universo modernizante que arrasa la civilización previa, por medio de la represión, el miedo y la censura. Esto lo corrobora cuando habla de la relación con los viajeros:

Los chinos si se fijan en el extranjero y hasta lo aplauden cada vez que se descuida. Pero esto es mecánico, programado. Si uno se detiene y trata de comunicarse con aquellos que hace unos segundos le aplaudían, se congelan, se vuelven indiferentes, ciegos, sordos, mudos (Cabrera 1973, 115).

Más aún, los necesarios pero molestos guías –que dice, se convierten en una segunda sombra de los viajeros– son la máxima expresión de la forma en la que se desarrolla la modernización que tumba el pasado sin miramiento: “Todo aquí está programado. El guía debe hablar un español perfecto, pero empieza a no entenderlo en cuanto aparecen las preguntas que no deben contestarse […] China se ha abierto, o se está abriendo, al mundo, pero conserva su aislamiento mental (Cabrera 1973, 115).

Este cúmulo de expresiones denotan las formas diversas de encarar el fenómeno revolucionario en tanto que acontecimiento histórico, por parte de los periodistas. En una buena parte de ellos, la revolución es, ante todo, una tensión entre pasado y futuro. Es de llamar la atención la ausencia relativa de una idea más firme de presente como motivo de reflexión. La temporalidad parece estar anclada o bien al lastre previo a la “Liberación” (nombre con el cual suelen referirse todos a la revolución) y un futuro luminoso, desarrollado, pleno. Incluso entre quienes ven con desdén esta relación, aduciendo un balance desfavorable del pasado, denotan una predilección por hablar del futuro.

Junto al tema de la temporalidad, los periodistas mexicanos suelen referirse a la relación entre México y China en términos sociales, culturales o simbólicos. Esta es una de las temáticas más presentes. En la narración aparece que ambas naciones compartirían un mismo destino: el de ser sociedades profundamente campesinas que atravesaron un proceso de modernización a partir de una revolución. Así, resolver la problemática agraria asegura el porvenir en la industria.

El modo en que esto aparece suele estar mediado por las formas culturales. Benítez, por ejemplo, dice “No es por un accidente que el traje nacional de nuestras mujeres sea el de la china poblana en memoria de una legendaria princesa china que cruzó el mar y vivió en la cercana ciudad de Puebla” (Benítez 1954, 96), y remata: “Con estos antecedentes o sin ellos, el mexicano no se siente un extranjero en China. China es nuestra” (Benítez 1954, 97). No es muy distinta la pregunta que se auto realiza Rodríguez: “¿no estoy acaso llegando a México?” (Rodríguez 1959, 9) y se responde: “En vez del desconcierto de quien llega a otro planeta, yo tengo la impresión, tanto más fuerte cuanto más avanzo por la ciudad, de que me encuentro de nuevo en México, entre todo lo que me es familiar” (Rodríguez 1959, 11). Natividad Rosales va por el mismo camino: “los mexicanos tenemos algo de asiáticos, algo de China” (Rosales 1961, 9) y, agrega, un dato cultural: “La gente de la provincia de Wujan come tanto chile como los mexicanos” (Rosales 1961, 166). El único que se muestra escéptico de esta equivalencia es Cabrera Parra: “se me asegura que hay grandes semejanzas entre nuestros pueblos. Y yo digo que sí, que claro. Pero brindo porque defendamos nuestras diferencias” (Cabrera Parra 1973, 91).

Vinculamos estos dos temas en un mismo apartado porque refieren a un horizonte simbólico en el que los periodistas mexicanos de aquella época podían comprender las formas y consecuencias de la modernización. Ella significaba, como dijimos arriba, una transformación de las relaciones sociales, una modificación de la forma en que se experimenta el paso del tiempo, que deja atrás los motivos agrarios y se compromete de lleno con la forma industrial. México y China resultaban entendibles, comparables, hasta cierto punto equivalentes por esta razón. La forma en la que lo expresaban no dejaba de remitir al lugar común de comparar lo que la gente come o la fisonomía de los rostros, cuando, justamente, el problema de esa equivalencia se encontraba en algunos de los rincones profundos de lo que relataban.

De la reforma agraria a la comuna popular

Algo que encantó a los viajeros de todas las nacionalidades, con especial énfasis de los países latinoamericanos, fue el proceso que corre de la reforma agraria –algo esperado en una revolución como la china– a la invención de la comuna popular. Ello por varios motivos, que podrán ir distinguiéndose en los relatos de los viajeros. La modernización del campo y su producción, de la estructura social que ella conlleva, es algo que deja atónitos a los periodistas, pues vincula la capacidad de unificar la idea de futuro con el impulso del pasado.

Benítez realiza su viaje en la época previa al establecimiento oficial de las comunas populares, por lo tanto, sólo puede aportar datos sobre la cuestión agraria, como que existen 420 millones de campesinos que se encuentran organizados en diversas cooperativas (Benítez 1954, 32). Ello le sirve para plantear lo siguiente: “... bien podía México aplicar algunas de las medidas tomadas por China con la colaboración de la burguesía y del campesino capitalista. Un sistema de estímulos y recompensas, de trabajo colectivo y de competencias entre grupos aldeanos y poblados vecinos, de consejos técnicos y de créditos abundantes…” (Benítez 1954, 117). La necesidad de pensar el campo chino desde la experiencia mexicana es algo recurrente no sólo en Benítez, sino en algunos periodistas que tendrán una experiencia similar y colocarán la disyuntiva entre comuna y ejido.

Para Rodríguez la comuna es un gran invento porque supera las deficiencias de la experiencia soviética, es decir, la colectivización forzosa. Esta idea será muy común entre los viajeros: la comuna popular es producto de un desarrollo armónico, que no requirió un uso de la fuerza: “Mucho más flexibles que en otros países donde la colectivización se llevó a cabo de forma “mecánica” y esquemática los pastores de la estepa supieron encontrar el modo de conciliar las necesidades de las mayorías y las exigencias del trabajo colectivo con la defensa de los intereses individuales” (Rodríguez 1959, 40). Así: “Lo que nadie esperaba, ocurrió. Brincando de la colectivización a una etapa superior, los chinos inauguraron el sistema de las comunas, en las cuales, la remuneración del trabajo se hace de acuerdo con el lema: “a cada quien según sus necesidades” (Rodríguez 1959, 83). En este segmento del relato podemos observar que la modernización que se hace del campo pasa por distintos niveles que incluyen ya no sólo las viejas demandas de posesión de la tierra, sino, además, la organización consciente y racional del trabajo colectivo, al tiempo que propicia las bases para un sistema radicalmente distinto: el socialista. Como decíamos, la modernización implica también una transformación en las formas de relacionarse los seres humanos, siendo el trabajo un punto nuclear de todo ello.

La descripción, mucho más minuciosa, por parte de Rosales, deja ver algunas de las implicaciones sociales de estas transformaciones. Este autor es más claro en colocar en la perspectiva de la modernización que lleva adelante China sus ventajas sobre la que implicó la de México:

En ciertos aspectos México se parece mucho a China y ese es uno de ellos: ambos países son campesinos por excelencia y la clave de todos sus problemas reside en la solución pronta y adecuada del problema del hombre y de la tierra: no sólo de su tenencia, sino también de su buena y eficaz explotación […] Pero ambos sistemas [se refiere al ejido y el Kibutz israelí] adolecen de muchos defectos ante el novísimo de la “Comuna Popular China” al que me he enfrentado con verdadero pasmo. Es que representa, en muchos aspectos, la solución total a un problema humano: vivir en común con los esfuerzos comunes puesto que la tierra, dando para todos, da suficiente para todas las necesidades siempre que se le inviertan todos los esfuerzos (Rosales 1961, 167).

Para Rosales, la emergencia de las comunas en el año 1958 no es otra cosa que el “brote frondoso de lo que será el comunismo en China en los futuros años” (Rosales 1961, 175). Y ello por una razón, que explica claramente: se trata de una organización rural que unifica por igual la administración política con la productividad del trabajo. Dice, con un tono grandilocuente: “En cierta forma es una forma de las polis griega…” (Rosales 1961, 176). La comuna popular es entonces órgano de poder, pero también la forma de organizar la producción, lo cual permite que esta sea racionalizada. Ello hace que se abandone el monocultivo y por tanto se amplíe la variedad de productos (Rosales 1961, 178). No hay, por tanto, competencia ciega de productores, como sucedería en el mercado. Pero también permite un avance cultural: “Antes que nada en la Comuna Popular no hay un solo analfabeta” (Rosales 1961, 179). A diferencia de Benítez y Rodríguez, el Diario de viaje de Rosales se ubica ya en una época de expansión del sistema de la comuna. Su asombro y la manera en la que lo describe recoge lo que hemos planteado antes, no sólo la superioridad de esta forma de modernización con respecto a otras –él usa los casos de México e Israel– sino que además es la siembra del comunismo futuro, en el que todos los órdenes de la sociedad se encuentran coordinados de manera armónica, de ahí su referencia a la forma “griega” de la polis.

Por su parte, de Mora, en su relato que incluye una descripción minuciosa de la época posterior a la reforma agraria (entre 1951 y 1953), llega al establecimiento de lo que considera una maravilla:

La constitución de las comunas populares ha dado como resultado que todo aquel que estuvo en China hasta principios de 1958, se encuentre en la actualidad tan retrasado repecto a las cosas que allí ocurren como si su viaje hubiera sido en 1951. […] las comunas populares son lo más sensacional que existe en China y en el mundo, no importa desde qué lado quieran juzgarse, y una de las cosas sobre China que no se encuentran en ninguno de los miles de libros que existen en el país (Mora 1973, 307).

Decimos que vuelve, porque justamente para él, la incorporación de la comuna acelera el tiempo de la vida social. El señalamiento de que el que pisó China en 1958 y no logró alcanzar a ver la instauración de la comuna, es como si hubiera retrocedido hacia los primeros años de aquella década, es significativo. El tiempo se ha acelerado, y ello porque la modernización ha tocado al tema productivo y este se ha vuelto el eje central por donde transcurren los cambios en la sociedad: “La idea de la comuna popular, desde el punto de vista económico, es que regiones enteras del país se basten a sí mismas, idea perfectivamente comprensible y lógica para una nación tan atrasadas como China. En la comuna, las tierras, las casas y todos los medios de producción de cualquier clase pertenecen a la colectividad, es decir, que se ha abolido totalmente la propiedad privada” (Mora 1973, 310). La fuerza de la comuna, sin embargo, parece descansar en otro lugar y ese es que no se trata –según de Mora– de una imposición desde arriba: “Porque una de las características de las comunas es que son un experimento, pero no forzado ni dirigido desde fuera, sino buscado y desarrollado por los mismos comuneros” (Mora 1973, 316).

La actitud de Cabrera Parra, uno de los más críticos con el desarrollo de los acontecimientos que relataba, no deja de ser de sorprendente. Sin embargo, observa y escribe sobre la comuna a partir de un conjunto de nociones.

La célula de la organización productiva china, y a la vez su más trascendental logro, es la comuna popular; comuna popular que representa el más grande esfuerzo para urbanizar el campo, suministrar mayor información tecnológica, electrificar, mecanizar e implantar nuevos sistemas en la producción agrícola. Es de tal manera eficiente la comuna que sus integrantes son capaces de establecer alternativas de objetivos, de fijar estrategias para resolver sus necesidades y de participar en las decisiones en su totalidad (Cabrera 1973, 136).

Así, definida como “trascendental”, su descripción no se aleja de la visión apabullante de la modernización que ya veía él en China. Contrario al resto de periodistas mexicanos, él no observa una reconciliación entre campo y ciudad, menos aún un ejemplo para México, se trata, descarnadamente, de la modernización que urbaniza el campo. Dicha modernización no se implanta sólo por medios culturales –como la alfabetización– sino por medio de la técnica. Él es el único que menciona, con sus palabras, el intento de dotar al campo de insumos técnicos mínimos. Al tiempo, reconoce su importancia socio-política y territorial, sin embargo, es lo técnico lo más importante. La modernización se vuelve el dominio de la contabilidad y de la electrificación. No es casual que su perspectiva, sin dejar el asombro, se pose sobre estos datos que movilizan una idea de cómo es que se trabaja en la comuna: “Cada empresa es autónoma desde el punto de vista contable y financiero y su personal se remunera mediante salario fijo” (Cabrera 1973, 155).

El surgimiento y desarrollo de las comunas populares en China fueron seguidos como ejemplos de alternativa frente a otros modelos socialistas. La idea de que era posible ejercer espacios de auto organización, al tiempo que se combatía la propiedad privada y se ejercía un igualitarismo radical, fue algo que resonó entre las plumas que escribieron en torno a China. La comuna popular era, para la mayor parte de los observadores, más que una modernización en bruto, una íntegra negociación entre el mundo campesino y la nueva forma industrial que abría las puertas para el futuro. Solo para un autor, la comuna expresa el dominio pleno de la técnica y la llegada de los nuevos métodos de control de la producción. Donde unos veían el resurgimiento armónico entre economía (producción planificada) y política (decisión de los grupos autónomos), también era posible ver la imposición de una temporalidad que en realidad sometía al pasado y sentaba las bases para un desarrollo industrial descarnado.

Historia ambiental

La comuna popular fue considerada por mucho tiempo una prueba de la innovación que la revolución China aportaba al entramado universal de las experiencias políticas. China era una sociedad “atrasada” económicamente y la revolución tuvo que trabajar el aspecto de la producción a partir de la escasez de medios técnicos de producción. Es imposible pensar la modernización de una nación sin este aspecto, que a la postre ha resultado medular en toda experiencia de transformación socio-política. China enfrentó esta situación a partir de la ayuda que los soviéticos le brindaron, sin embargo, tras la muerte de José Stalin, soviéticos y chinos se distanciaron, hasta romper relaciones y con ello, también el intercambio de insumos técnicos y de personal.

Es en el campo de la “historia ambiental”, es decir, de la transformación del medio físico en beneficio de los seres humanos, en donde los chinos se tuvieron que enfrentar, de forma dramática, a la escasez de medios técnicos. Sustituyeron la fuerza productiva de la ciencia y la máquina a partir de un elemento inimaginado: la potencia movilizada, voluntariamente, de millones de ellos, quienes fueron los responsables de llevar a buen fin aspectos concretos y palpables de la modernización. Aquí, de nuevo, se volvían a tensionar los elementos del futuro y del pasado. Dado que en el presente se carecía de los medios técnicos, los chinos tenían que escribir el futuro con la pluma del pasado.

Los viajeros registraron elementos significativos de ese voluntarismo que se impuso en la modificación del medio ambiente, tanto en aspectos aparentemente insignificantes como en grandes obras y construcciones. Tres son los momentos en que los viajeros se sienten interpelados por este conjunto de transformaciones sobre el medio ambiente. Es Benítez el que da la pauta cuando escribe: “El genio chino ha recreado la naturaleza de la misma manera, aunque con diferente espíritu del que animaba a Cézanne. Para él la naturaleza debe ser sometida a un orden estricto donde todos los elementos logren fundirse en un todo armonioso y delicado […] no hay aquí nada dejado al azar, nada que no sea fruto de una madura y consciente voluntad artística” (Benítez 1954, 127-128) y remata, con tono poético: “Toda la naturaleza cabe en una taza. No hay flor, ni pájaro, ni yerba, ni sueño, que no haya sido llevado a la porcelana” (Benítez 1954, 130). El periodista capta bien el sentido que acontece en la modernización: el dominio de la naturaleza, por medio no de la técnica, sino de la otra naturaleza, la humana. Natividad Rosales sigue sus pasos, al reclamar este aspecto mimético entre naturaleza y arte que los chinos, supuestamente, cultivarían: “A diferencia de los griegos, no puede imaginar, sola y desnuda, una línea recta o vertical, como una columna griega en mitad de un campo rayado, con cuyos elementos Dalí o los abstractos pueden hacer un buen cuadro de pintura. El chino necesita, todavía, de la concurrencia de la naturaleza y de la presencia del hombre para dar completa vida al arte” (Rosales 1961, 97).

Veamos algunos momentos en donde la revolución del medio ambiente se dio, más allá de estos señalamientos pintorescos. El primero, minoritario en los relatos, refiere al ambiente productivo. Es de Mora quien lo nota en sus visitas a distintas comunas populares: “… hoy en China hornos tradicionales, que ahora se construyen con ladrillo refractario en el interior y ladrillo común por fuera, proporcionándoles el aire con fuelles perfeccionados –uno de los más extendidos es un sistema de bicicleta el que se pedalea para aventar– o, allí donde es posible, mediante compresoras” (Mora 1973, 355). Esta descripción de los hornos, famosa experiencia durante el proceso político conocido como el “Gran Salto Adelante”, expresa bien la idea de industrializar el campo, no a partir de grandes fundiciones, sino a partir de los pequeños experimentos. Tiempo después, se sabe, la experiencia fue abandonada por los resultados desastrosos, pues nunca se logró una producción masiva y de calidad, pero en su impresión, aparecía como un momento excepcional de la propuesta productiva de las comunas.

El segundo momento, compartido por casi todos los periodistas como algo excepcional en la modificación del ambiente es la lucha contra distintos insectos y roedores. En lugar de usar insecticidas o venenos, la población fue movilizada para deshacerse de los que se denominaron los “cuatro enemigos”: “las moscas, los mosquitos, los ratos y los gorriones” (Rosales 1961, 109). Esto, que hoy parece un ejercicio voluntarista sin sentido, fue recibido por los viajeros como un ejemplo más de la tenacidad del pueblo chino y su capacidad de obtener un objetivo trazado. Dice Benítez: “Parece ser que Pekín era una ciudad sucia y llena de insectos. Ahora no se ve un papel en las calles, ni una mosca en los mercados y se puede dormir con las ventanas abiertas, sin temor a la aguada lanceta de los mosquitos” (Benítez 1954, 70). Sorprendido de la actitud de un niño que cuenta el número de moscas, relata el longevo periodista: “Intrigado me dirijo al dueño de la tienda: “¿su hijo lleva una lista de las moscas que mata?”. “No sólo mi hijo –responde el anticuario– sino todos los de la casa” (Rodríguez 1959, 70). Natividad Rosales en su Diario relata algo similar:

Primero se dio la sentencia de muerte a las moscas. Todo mundo se proveyó de matamoscas y de medios de destrucción y el suelo se ennegreció con tanto cadáver que después se envió al fuego […] Después prosiguieron los mosquitos en la lista fatal. Los chinos salieron a los campos y atacaron a los animalitos en sus lugares de origen. La tarea no ha sido completada y en algunos sitios el viajero todavía tiene que dormir en mosquiteros […] También los ratones han pasado a la historia. China fue vuelta al revés hasta sus cimientos, a fin de que todos los bichos saliesen de sus madrigueras […] El caso más dramático es el de los gorriones. Los simpáticos animalitos eran una plaga constante para las sementeras. Cada gorrión, cuando hay grano y tiene mucha hambre, es capaz de comer 50 gramos de arroz, de trigo, de sorgo o del cereal que encuentra (Rosales 1961, 110).

El Diario de un viaje en China es quizá el que más espacio dedica a este tema. La consigna lanzada por Mao de luchar en contra de estos insectos tuvo una respuesta inesperada, al menos para los periodistas, es decir, que la población se lanzara, efectivamente, en contra de los bichos. Describiendo sus técnicas, podemos darnos una idea de lo que significaba este ejercicio movilizador de voluntades al por mayor: “Había ruido en la ciudad, en el campo y en todos sitios. Grandes explosiones lograban que los pobres pájaros que comenzaban a dormitar, despertasen súbitamente, sin poder huir a lugar preciso” (Rosales 1961, 111). Cabrera Parra aporta en este registro: “En China no hay moscas. Yo visité sus más populosas ciudades: Pekín, Cantón, Shanghái, sus más escondidas comunas, y no encontré un solo espécimen del “pueblo pardo”, como llaman a las inquietas, susurrantes y olvidadizas moscas los campesinos gallegos” (Cabrera 1973, 37). Sin embargo, es Natividad Rosales quien da cuenta del fracaso a largo plazo que tuvo la acción movilizadora de millones de voluntades en contra de los cuatro enemigos:

Meses después los campesinos comenzaron a enviar quejas al Comité Central del Partido, afirmando que la “medida había sido errada”. Y era cierto porque, habiendo exterminado al enemigo del aire, quedaban ahora el subterráneo y el de las superficies. Millones de lombrices e insectos, aquellos que antaño eran comidos golosamente por los gorriones amenazaban ahora las cosechas (Rosales 1961, 112).

Aunque resulte muy impresionante imaginar una sociedad que dedica sus energías para deshacerse de insectos o roedores, nada de ello alcanza la magnitud que tuvo la movilización para la construcción de grandes obras. Existe, en esta época, una constante: la lucha por controlar el agua. Benítez presencia la lucha por el dominio en dos ríos: el Huai y el Pei. Con el tono que lo caracteriza, escribe: “Hombres con corazón, son los que están domando, para siempre, el rebelde Huai” (Benítez 1954, 151). Él mismo denota las dos caras de esta pugna, por un lado, el aspecto más racional, el que planifica todo: “El plan quinquenal para controlar el río comprende tres vasos situados en la cuenca y un total de 21 proyectos” (Benítez 1954, 149), por el otro, la fuerza productiva que representan millones de manos, punto central de nuestro argumento:

El río Pei corre solemne entre montañas arboladas. A una gran altura, ya se dibujan los estribos de la presa sólidamente anclados a las escarpadas laderas, y en el seco cauce del río, previamente desviado, los cimientos de la cortina, apenas iniciados, semejan las patas de una esfinge colosales […] Veinte mil hombres, veinte mil obreros ordenados en hileras o agrupados en el centro del cauce, componen el ballet del trabajo (Benítez 1954, 150).

Natividad Rosales no se aleja de la línea argumentativa, aunque con mayor dramatismo recuerda por qué los chinos muestran fascinación al tiempo que le temen a figuras míticas: “los dragones pudieran ser, todavía, un recuerdo de los animales fabulosos de las épocas diluviales” (Rosales 1961, 21). Sin embargo, el periodista encuentra un símil entre las fuerzas de la naturaleza y las de la historia: “La corriente fluvial humana de China es incontenible y toda marcha hacia adelante” (Rosales 1961, 11). Nos permitimos dos citas más de este autor, pues reforzarán nuestro argumento. En la primera de ellas se relata el proceso, como en el caso de las comunas, que va de la sociedad al Estado: “Cuenta la historia de una construcción en Fushan, en donde el pueblo exigió “adecentar la ciudad”. El comité presentó un proyecto que calculaba una obra en 10 años, pero los habitantes se negaron. El pueblo presentó su contraproyecto. Fushan había decidido emplear diariamente a 60.000 de sus habitantes, para terminar la obra en ¡60 días!” (Rosales 1961, 106). Esta descripción de la aceleración del tiempo, no por medio de la ciencia y la técnica, sino del voluntarismo movilizado de millones de habitantes de la zona, va en consonancia con la descripción que hace de formas productivas que recurren al pasado para escribir el futuro: “En muchísimos lados el hombre sustituye a la mula. Enormes obras de irrigación, prodigiosos puentes, bordos, edificios, carreteras, etc., han sido construidos con la ayuda de los métodos “autóctonos” como los llaman ellos” (Rosales 1961, 77).

Aunque de manera menos intensa, Cabrera también dedicó un párrafo interesante, puesto que trata de ubicar tanto la situación ambiental objetiva, con la preocupación subjetiva del líder político más importante de la época:

Gran parte de la ruta hacia la libertad de la China moderna se ha andado por los caminos del agua. No podía ser de otro modo en un oasis que cuenta con cinco mil ríos, varios de ellos entre los más caudalosos del mundo: el Amur, el Jai, el Amarillo o Huang, el Juai, el Si, en cuyas márgenes prospera la legendaria Cantón y, sobre todos, el Yang-tsé, que viaja cuatro mil kilómetros desde las alturas del Tibel… […] El hombre que es China, Mao Tse-Tung, ha tenido el agua como tema constante de su vida y de su obra” (Cabrera 1973, 149).

Podemos evaluar todos estos fragmentos. Cabrera llama “libertad” al dominio del agua, de la misma forma en que en Benítez o Natividad Rosales aparece la idea de que la conquista de la naturaleza, particularmente del agua, es el tema central de una cierta forma de modernización. Esta modernización pasa por el control de la naturaleza, particularmente aquel elemento que ha hecho oscilar a la sociedad en dos extremos: o la sequía o la inundación. Ambas situaciones, opuestas, sumergían al pueblo chino ante las fuerzas de la naturaleza. Natividad Rosales es el único que describe, propiamente, el uso de fuerzas humanas en sustitución de las técnicas. En dado caso, lo que hemos presentado aquí es una manera de concebir la modernización a partir de la ausencia de la técnica, posible sólo a condición de la movilización de grandes cantidades de seres humanos, para tareas tanto microsociales (el acabar con las moscas) como macrosociales (las grandes obras hidráulicas).

Periodismo y modernización

Durante el siglo xx el periodismo fue la vía privilegiada para la construcción de una opinión pública en torno a los grandes problemas internacionales. La palabra escritura era el medio predilecto para comunicar un conjunto de ideas sobre lo que era el mundo y el desarrollo de las comunas. La revolución en China, como se sabe, causó un gran cisma dentro de las relaciones internacionales, al colocar en el centro del debate a la nación más poblada del mundo. No era raro, entonces, que un sector de periodistas centrara su atención en los sucesos que ocurrían.

Sin embargo, solo con la ruptura de la cotidianidad, es decir, con el viaje como acontecimiento periodístico, es que se logra una mayor fuerza en las ideas e imágenes que se transmiten. El viajero es testigo al tiempo que participante de un conjunto de cambios que están acelerando la transformación de una nación. Ella les resulta tan difícil de entender como equivalente: nación campesina en proceso de modernización por la vía de una revolución. Una historia conocida, pues parecía emular a la de México.

El recurso del viajero-periodista de escribir un texto especial sobre su viaje lo colocaba en un lugar especial y en gran medida privilegiado. Primero, porque rompía lo efímero de la edición diaria del periódico y la revista en la que participaba; segundo, porque lo colocaba en una situación especial, frente a los colegas, de haber visto acontecimientos en directo; y tercero, porque en su relato transmitía un conjunto de imágenes e ideas que a él le parecían importantes.

Hemos realizado aquí una revisión de cinco experiencias diversas, que, aunque distantes en el tiempo, enfoques y preocupaciones, denotan senderos similares por los cuales transcurrió la aventura de los viajeros-periodistas. Ello nos llevó a enfocarnos, entre muchos temas, en los dilemas que supuso la modernización. Aunque ninguno de ellos lo conceptualice, se trata de momentos de radical transformación de las relaciones sociales, tanto de los seres humanos entre ellos, como en su vocación de dominio hacia la naturaleza. El día de hoy existen aproximaciones mucho más críticas que las que los viajeros-periodistas pudieron elaborar, sobre los mismos problemas que ellos vieron, mostrándose, digamos, el lado más oscuro de la modernización.

Así, en el recuento que hemos realizado, colocamos el foco en las concepciones del tiempo y la vinculación con momentos específicos. Con ello pudimos asomarnos a la imagen que los periodistas transmitieron al público mexicano, llena de impresiones de admiración y de sorpresa por los resultados. En general, podemos considerar que transmitieron una impresión favorable de la modernización. Ello quizá, porque como gran parte de la intelectualidad del siglo xx, asociaban nociones de progreso a las transformaciones en el ámbito de la producción industrial. China, aun en aquellos momentos, ya apuntalaba un rápido crecimiento, que a la postre se mostraría en toda su desnudez.

Referencias

Agustín Aguirre, Manuel. 1959. La China actual: diez años de construcción fecunda. Quito: Editorial Universitaria.

Ahumada, Mónica. 2020. “Viajeros a la República Popular China: José Venturelli, los intelectuales, políticos y parlamentarios chilenos en los años cincuenta y sesenta”. Transmodernity: Journal of Peripheral Cultural Production of the Luso-Hispanic World 9, n.o 3: 6-33.

Barandica, Luis. 2013. De viajeros, ideas y propaganda. Latinoamérica y la China popular. Primeras impresiones de militantes, periodistas y políticos (1949-1972). Ciudad de México: Palabra de Clío.

Benítez, Fernando. 1954. China a la vista. Ciudad de México: Cuadernos Americanos.

Bettelheim, Charles. 1966. La construcción del socialismo en China. Ciudad de México: Era.

Cabrera Parra, José. 1973. Dragones, águilas y una que otra serpiente. Ciudad de México: Imprenta Arana.

Chávarry, José. 2020. “Viaje a la revolución: vitalismo y cultura política en las crónicas chinas de Bernardo Kordon”. Estudios Hispánicos 54, n.o 3, octubre: 749-771.

De Mora, Juan Miguel. 1964. Pekín: dragón sin estrella. El revés de la trama China. Ciudad de México: Editorial Latinoamericana.

— 1973. China: el dragón y la estrella. Ciudad de México: Diana.

Dikötter, Frank. 2017. La gran hambruna en la china de Mao. Historia de la catástrofe más devastadora de China (1958-1962). Madrid: Acantilado.

Echeverría, Bolívar. 2014. Vuelta de siglo. Ciudad de México: Era.

Escobar, Tatiana. 2002. Sin domicilio fijo. Ciudad de México: Paidós.

Falcón, Jorge. 1959. China, la revolución del arroz y de la rosa. Lima: Hora del Hombre.

Fernández Ramos, Guillermo. 2024. “Francisco Miró Quesada y la polémica sobre la China de Mao (1959-1960)”. Nuevo Mundo Mundos Nuevos. https://doi.org/10.4000/12yu9.

Germani, Gino. 1969. Sociología de la modernización. Buenos Aires: Paidós.

González-Rivera, Juliana. 2019. La invención del viaje. La historia de los relatos que cuentan al mundo. Madrid: Alianza.

González Tuñón, Raúl. 1954. Todos los hombres del mundo son hermanos. Buenos Aires: Poemas.

Haro, Javier; León, José Luis y Ramírez, Juan José. 2011. Historia de las relaciones internacionales de México, 1821-2010, Volumen 6: Asia. Ciudad de México: SRE.

Locane, Jorge. 2020. “Del orientalismo a la provincialización de Europa. A propósito del viaje a los albores de la República Popular China”. Transmodernity: Journal of Peripheral Cultural Production of the Luso-Hispanic World 9, n.o 3: 56-73.

Montt Strabucchi, María. 2016. “‘Writing about China’. Latin American Travelogues During the Cold War: Bernardo Kordon’s ‘600 millones y uno’ (1958), and Luis Oyarzún’s ‘Diario de Oriente, Unión Soviética, China e India’ (1960)”. Caminhos da História, vol. 21, n.o 1: 93-124.

Montt Strabucch, María. 2020. “‘Yo amo a China’: la experiencia de una mujer en la China de los sesenta, Los ojos de bambú (1964), de Mercedes Valdivieso”. Transmodernity: Journal of Peripheral Cultural Production of the Luso-Hispanic World, vol. 9, n.o 3: 99-113.

Moraes Medina, Mariana. 2020. Turistas intelectuales: viaje, política y utopía en María Rosa Oliver y Ezequiel Martínez Estrada. Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México.

Neruda, Pablo. 1998. Confieso que he vivido. Buenos Aires: Plaza y Janes.

Ni, Mónica. 2021. “Sobre viajes, reportes y difusión de una ciencia de masas. Maoísmo y psiquiatría en el itinerario internacional de Gregorio Bermann (1957-1970)”. Historia 54, n.o 2, diciembre: 581-612.

— 2025. “Redes de una amistad. Intelectuales argentinos, la China de Mao y la construcción de un mundo en común (1952-1976)”. En Cosmopolitismos disidentes. Redes, viajes, articulaciones, coordinado por Jorge Locane y Mario Cámara. Buenos Aires: Eduvim.

Pagola Marcela y Zhang Yong-an. 2025. “Revolutionary Encounters in the Cold War: Carlos María Gutiérrez and the Socialist Dialogue Between Latin America and China”. Bulletin of Latin American Research, vol. 45, n° 1: 69-84.

Pedraza, Gualdberto. 1959. China y Bolivia, países agrarios. La Paz: Tomás Frías.

Reed, John. 1990. Diez días que conmovieron al mundo. Ciudad de México: Quinto Sol.

Rodríguez, Antonio. 1959. Reportajes en China y en Corea. Ciudad de México: Ediciones de la revista Siempre.

Rosales, José Natividad. 1961. Diario de un viaje a China. Ciudad de México: Costa-Amic.

Rothwell, Matthew. 2013. Transpacific Revolutionaries: The Chinese Revolution in Latin America. New York: Routledge.

— 2021. “José Venturelli: agente secreto para el Maoísmo Internacional. Diplomacia China Informal y Maoísmo Latinoamericano”. Izquierdas 49, junio: 13-33.

Ruilova, Leonardo. 1978. China popular en América Latina. Quito: ILDIS.

Rupar, Brenda. 2020. “Viajeros argentinos a China en el marco de la ‘diplomacia entre pueblos’ (1950-1965)”. Cahiers des Amériques latines 94, septiembre: 203-227.

Saítta, Sylvia. 2007. Hacia la revolución: Viajeros argentinos de izquierda. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

Strong, Anna Louise. 1961. Surgimiento de las comunas populares chinas. Beijing: Nuevo Mundo.

Taboada, Hernán. 1998. “Un orientalismo periférico: viajeros latinoamericanos, 1786-1920”. Estudios de Ásia y África 33, n.o 2, mayo-agosto: 285-305.

Teng, Wei. 2020. “Doubts and Puzzles: Young Galeano Writing about New China during the Sino-Soviet Split”. Transmodernity: Journal of Peripheral Cultural Production of the Luso-Hispanic World 9, n.o 3: 139-170.

Wang, Kek. 2025. “Ideología y estética en la traducción de la obra de los viajeros latinoamericanos en los años 60: China Roja (1965/2020) del poeta chileno Pablo de Rokha”. Revista Latinoamericana sobre Estudios Asiáticos n.o 3: 91-122.

Vidal Kunstmann, José Miguel. 2020. “Entre lo local y lo global: Pablo De Rokha y el proyecto maoísta”. Transmodernity: Journal of Peripheral Cultural Production of the Luso-Hispanic World 9, n.o 3: 161-195.

Useche, Thomas. 2024. “China 6 A.M. La lectura colombiana de Manuel Zapata Olivella sobre la Revolución china”. Nuevo Mundo Mundos Nuevos. https://doi.org/10.4000/12yu4.

Zapata Olivella, Manuel. 1954. China 6 a.m: relatos. Bogotá: SLR.

Fecha de recepción: 14.04.2025
Versión reelaborada: 13.10.2025
Fecha de aceptación: 04.11.2025