DOI: 10.18441/ibam.26.2026.91.157-175

 

 

 

 

Convergencia de la diplomacia ambiental maoísta y latinoamericana en Estocolmo, 1972

Convergence of Maoist Environmental Diplomacy and Latin American in Stockholm, 1972

Frank Molano Camargo

Universidad Distrital Francisco José de Calda, Colombia

fmolanoc@udistrital.edu.co
ORCID ID: https://orcid.org/0000-0001-9409-2468

Introducción

En la actualidad el campo de los estudios de la diplomacia ambiental está en proceso de consolidación. En las relaciones diplomáticas entre Estados-nación, esta categoría comenzó a cobrar fuerza a partir de la creación del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) en 1973. Actualmente, sin embargo, su uso se extiende más allá de los acuerdos interestatales e incorpora la participación de diversos actores que disputan y proponen acciones frente a múltiples problemas socioambientales, prácticas de protección ecológica, la conservación de bienes naturales y los acuerdos transnacionales para una gestión adecuada y sostenible del ambiente (Ali y Voinov 2016). Se reconoce que fue a lo largo de la década de 1960 y, particularmente a partir de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano de Estocolmo en 1972, que se abrió un nuevo momento de la historia de la diplomacia ambiental y un nuevo régimen ambiental global, al emerger una lectura compartida de los problemas ambientales respaldada en estudios científicos que, al analizar las redes globales de contaminación y daño ecológico, propuso la necesidad de articular esfuerzos de cooperación política y académica para hacerles frente (Orsini 2020; Meyer et al. 1997).

Este artículo busca hacer una contribución al análisis de la importancia del ambientalismo maoísta y del sur global en la década de 1960 y comienzos de la de 1970 en dos aspectos. En primer término, reconoce y visibiliza la existencia de pensamiento y prácticas ambientalistas en la China maoísta como en varios países del sur global antes de la Conferencia de Estocolmo, cuestionando la lectura académica dominante acerca de que en las décadas de 1960 y 1970 las cuestiones ambientalistas nacieron de la preocupación intelectual (científica, periodística y política) del norte global y no del sur global (Pepper 1990). Segundo, dedica una mirada al papel activo de China y otros países del entonces denominado Tercer Mundo, en la Conferencia de Estocolmo en 1972, en tanto la narrativa dominante tiende a invisibilizar o menospreciar a China y al sur global en este acontecimiento. Por el contrario, se plantea que dicha Conferencia fue el encuentro de ambientalismos del sur global, con un papel destacado de los ambientalistas maoístas de China para disputar las pretensiones hegemónicas, políticas y discursivas sobre el ambiente que los delegados del norte global querían imponer.

Para desarrollar estos planteamientos el artículo se organiza en cuatro apartados. El primero, plantea la existencia de pensamientos, prácticas y políticas ambientalistas en China antes de la Conferencia de Estocolmo. El segundo, documenta el creciente interés ambiental por parte de políticos, investigadores y periodistas en el sur global, particularmente en América Latina, antes de la Conferencia de 1972. El tercero, analiza el desarrollo de la Conferencia de Estocolmo en el contexto de la Guerra Fría como un conjunto de encuentros, tensiones y contradicciones entre las agendas del norte y del sur global, destacando el papel de los maoístas chinos y las alianzas con las delegaciones de países del sur, en especial las de algunos países de América Latina. Por último, se proponen algunas conclusiones sobre los alcances de la diplomacia ambiental maoísta durante y con posterioridad a Estocolmo 1972. Metodológicamente, se realizó una revisión de literatura historiográfica china y occidental que, desde distintas perspectivas, aborda el estudio de las políticas ambientales a lo largo del periodo maoísta de la República Popular China y la Conferencia de Estocolmo. Asimismo, se consultó la prensa china y documentos de UNESCO que informaron sobre el evento de Estocolmo.

Ambientalismo maoísta antes de Estocolmo 1972

Antes de plantear el surgimiento del ambientalismo maoísta y su diplomacia ambiental es preciso abordar la tesis que académicos y políticos occidentales, con aliados en círculos intelectuales y políticos chinos, han intentado imponer respecto de la experiencia maoísta en China. La misma consiste en imponer un relato acerca de que el periodo maoísta fue una época de destrucción ambiental y genocidio de millones de personas. Esta versión cobró fuerza en las tres últimas décadas cuando los poderes hipercapitalistas globales buscaron, a toda costa, deslegitimar trayectorias anticapitalistas informadas por valores comunitarios y no por el culto al consumo y el individualismo a ultranza. La hegemonía epistémica del capitalismo occidental se fundamenta en dos estrategias de producción y circulación de conocimiento: el control de lo traducible y el control de la información “legítima”. Sobre estas dos operaciones se afirma que el maoísmo chino fue un momento histórico y un pensamiento político caracterizado por la violencia, el fanatismo, la irracionalidad y la destrucción deliberada de la vida humana y no humana, cuyo momento más dramático fue la Revolución Cultural (1966-1976).

En 2012, el historiador Robert Marks publicó el primer trabajo occidental de historia ambiental de China. Para Marks el periodo maoísta cimentó el declive del gigante asiático ya que los maoístas promovieron el arrasamiento de los frágiles ecosistemas chinos. Marks se basa en el estudio de otra académica estadounidense, Judith Shapiro (2001), quien sostiene que Mao y el Partido Comunista, en su afán de luchar por el poder y construir una sociedad socialista, socavaron el ideal tradicional chino de “armonía entre los cielos y la humanidad” y que, inspirados en ideales antropocéntricos, los maoístas chinos dieron origen a una nueva guerra, esta vez en contra de la naturaleza.

Frente a esta narrativa hegemónica, investigaciones rigurosas de académicos occidentales y chinos han construido una interpretación alternativa sustentada en evidencia documental y análisis crítico de las fuentes. El antropólogo Adam Liebman (2019) cuestiona la estrategia argumental de Shapiro en el uso y traducción acomodaticia de conceptos. Liebman encuentra un uso ligero de expresiones chinas para reforzar la narrativa anti maoísta por parte de Shapiro. Por ejemplo, la expresión cultural (人定胜天ren ding sheng tian– conquistar los cielos), usada por Mao en varios textos, fue traducida como “guerra contra la naturaleza”, pese a que la expresión de Mao se trata de una metáfora en la que guerra y naturaleza no están involucradas. Una traducción más respetuosa de los valores culturales del lenguaje chino, sostiene Liebdman, es “el ser humano puede conquistar el cielo (o el cosmos)”. Shapiro y Marks malinterpretan el tian ( cielo) con la idea contemporánea de naturaleza. Culturalmente el tian es una metáfora que Mao empleó para afirmar que los seres humanos pueden combatir las fuerzas que los dominan (Liebman 2019). De hecho, en la mayoría de los textos, Mao empleó ziran (自然) para referirse al mundo natural, una noción más cercana a la concepción marxista de naturaleza.

La otra gran operación epistemológica es el control de la información “legítima”. El caso más notorio es la producción de cifras sobre la hambruna y las muertes en China durante el Gran Salto Adelante (1958-1962). En la década de 1980, las demógrafas Ansley Coale (1984) y Judith Banister (1987), a partir de extrapolación estadística de las cifras de población publicadas de 1982, señalaron un faltante de población de 10 millones entre 1958 y 1962, lo que “solo” podía ser explicado por muertes anormales debido a la hambruna. Una década después, sin ningún rubor y sin nueva información, el premio nobel Amartya K. Sen subió la cifra de muertes a treinta millones (Sen 2000) y propuso que la colectivización autoritaria de la agricultura y la falta de libertad política y de prensa silenciaron el genocidio en China y el mundo. Más recientemente, el historiador Frank Dikötter (2010) y el periodista chino Yang Jisheng (2012), elevaron, sin agregar prueba alguna, a 60 millones los muertos y con total certeza afirmaron que la tragedia se debía exclusivamente al espíritu maligno de Mao. Sobre la banalidad con que se manipulan las cifras varias voces autorizadas han llamado la atención. Patnaik (2007), Garnaut (2013) y el historiador social chino Mobo Gao (2018a, 2018b), con pruebas contundentes, desnudan la falta de seriedad y credibilidad de los trabajos mencionados sobre la hambruna y el claro sesgo ideológico que los motiva.

Diversa historiografía ha registrado que durante el Gran Salto Adelante se presentó hambruna en varias regiones de China, pero esta resultó no de un plan malévolo de Mao contra el pueblo, sino de una serie de factores humanos y no humanos. Es objeto de discusión la cantidad de muertes presentadas y se han incorporado variables explicativas como la severidad de la sequía global que afectó a China entre 1958 y 1961 y el “viento de optimismo” y la premura por avanzar hacia el comunismo, lo que generó que en algunas zonas los responsables políticos forzaran a las masas campesinas a pasar del individualismo a la comunalización de la vida económica, social y cultural, generando ruptura de los tejidos socio-económicos y exposición a la hambruna y sin duda a muertes (Patnaik 2007; Garnaut 2013). Sin embargo, es una condición que se ha presentado en otros contextos sociales e históricos, y no una particularidad de la China maoísta. Los maoístas buscaron poner freno a la hambruna secular del pueblo chino, así lo reconoció, por ejemplo, el investigador latinoamericano Josué de Castro, experto en temas de la hambruna global, quien visitó China entre 1957 y 1960 y saludó los esfuerzos del gobierno Mao Tse-tung para transformar a China del “país del hambre en el país de la abundancia” (Castro 1964, 47).

Habiendo dado cuenta de las discusiones respecto de los debates historiográficos sobre los problemas ambientales generados por las políticas maoístas, nos concentraremos ahora en la emergencia del ambientalismo maoísta. El mismo, entendido como la relación-acción consciente de los humanos con el medio no humano se expresó en el concepto chino huanbao [环保] que se hizo popular en la fase final de la Revolución Cultural (Spivey 2023). El huanbao tuvo un proceso histórico de desenvolvimiento y se fue consolidando a medida que los dirigentes comunistas y la comunidad científica tuvieron que hacer frente a los problemas de construcción de una sociedad distinta, y no fue simplemente el resultado de la recepción pasiva de las ideas occidentales. Los medios oficiales de la China actual y del occidente capitalista plantean que este concepto fue transferido desde occidente a partir de los aprendizajes recibidos en la Conferencia de Estocolmo de 1972 y, pese a la resistencia del sector maoísta, encorsetado en el antropocentrismo militante (Spivey 2023). Nada más lejos de la verdad histórica. El ambientalismo maoísta surgió de la prolongada experiencia de lucha revolucionaria del pueblo y los comunistas chinos desde la década de 1920. Resultó de relaciones ecológicas en las que el proyecto político y su aparato institucional se acoplaron a los ecosistemas y sociedades en los que actuó.

Hasta 1949 las ideas ambientalistas estuvieron mediadas por la guerra campesina y la guerra de resistencia al Japón. Como lo han planteado los investigadores chinos Che Gong, Shi Jianxue y Zhou Yu (2021), las instituciones revolucionarias crecieron y se adaptaron simbióticamente al entorno natural y social de fuertes contrastes ecosistémicos: tierras agrícolas, bosques montañosos, lagos, humedales, desiertos y cuencas de los ríos que impusieron a los comunistas ajustes espaciales y ecológicos para desarrollar la resistencia en una guerra prolongada. Así, medidas como la protección de los bosques, el cuidado del agua, la recuperación y optimización de tierras para cultivos fueron respuestas de tipo cultural, militar y ambiental. Como parte de estos ajustes ecológico-espaciales surgió también una ecología moral del reciclaje, crítica al despilfarro, valoración de la austeridad y necesidad incesante de aprovechamiento y preservación de los recursos y bienes naturales.

Una vez consolidada la nueva república popular tras el triunfo del Partido Comunista Chino en 1949, el huanbao cobró una nueva dimensión nacional y global en las décadas de 1950 y 1960. El socialismo chino estaba construyendo una vía propia, distinta del occidente capitalista y del modelo ruso soviético. Para entonces, el norte global achacaba los problemas ambientales al subdesarrollo y pobreza de los pueblos “atrasados” y sostenía que la periferia podía rehabilitarse solo de la mano generosa y científica del norte. Por su parte, según la mirada maoísta, afianzada tras la ruptura chino-soviética de 1963, los gobernantes soviéticos habían impulsado procesos agroindustriales e industriales soportados en su fe inquebrantable en la ciencia y la técnica (desarrollo absoluto de las fuerzas productivas) y tenían la creencia de que el suelo socialista era inmune a cualquier problema ambiental. Algunos estudios del pensamiento ambiental soviético se acercan a la tesis china, al sostener que para los gobernantes soviéticos de las décadas de 1960 y 1970 la producción socialista y la planificación central podían eliminar el incentivo a la contaminación y evitar el desperdicio de recursos naturales y los daños ambientales (Kupilik 2021).

Por el contrario, el maoísmo chino planteó que, como parte de la relación dialéctica entre la sociedad y el mundo natural, el desarrollo económico generaba problemas sociales y ambientales, tanto en el socialismo como en el capitalismo, por lo que la contaminación y degradación ambientales debían afrontarse a fondo. Esto fue particularmente importante en la política de transformar “los desechos en tesoro”, un ejercicio de movilización de masas, pensamiento dialéctico, superación de las desigualdades entre el campo y la ciudad y, sobre todo, una manera de diferenciarse de las políticas de desperdicio y despilfarro del capitalismo. Las intensivas prácticas de ahorro y recuperación de materiales para fines comunitarios y económicos llevados a cabo durante el Gran Salto Adelante generaron una de las más ambiciosas políticas que hoy los países capitalistas, agobiados por los desechos, buscan implementar con los discursos de “economía circular” o “basura cero” (Goldstein 2021).

En la década de 1970, durante la fase final de la revolución cultural, la gestión maoísta de los desechos se convirtió en un nuevo momento de movilización de masas conocida como “política de los tres desechos”: (sanfei 三废) aguas, gases, sólidos (Spivey 2023). Las industrias y las comunas populares desarrollaron experimentos de transformación de sus desechos y se impulsó a los obreros a crear alternativas en esa dirección.

Había plena conciencia de que la construcción socialista también acarreaba problemas ambientales. En medio de la Revolución Cultural, se construyeron equipos y lineamientos para hacer frente a la contaminación de embalses y protección de fuentes hídricas, descontaminación de ríos y puertos, y campañas de masas para reforestar zonas deterioradas. Para el ambientalismo maoísta el desafío de la contaminación ofreció un amplio campo de experimentación y movilización para hacer frente a la contaminación mediante posibilidades de reutilización, mejora de la producción y movilización cooperante de trabajadores, científicos, campesinos, personal médico, científicos, cuadros comunistas. Esta experiencia puso de manifiesto que el maoísmo produjo un repertorio propio para pensar y actuar ante los nuevos problemas ambientales y no fue obtusamente antropocéntrico. Antes de la Conferencia de Estocolmo, el aparato de propaganda chino, los intercambios académicos y las experiencias de viajeros a China produjeron un tipo “blando” de diplomacia ambiental maoísta mediante la cual se difundió el pensamiento huanbao a diferentes partes del mundo.

Cuando China logró su reconocimiento como miembro pleno del sistema de Naciones Unidas en 1971 y fue invitada a participar en la Conferencia de Estocolmo, el gobierno maoísta encontró una oportunidad para ampliar y expandir sus estrategias de diplomacia ambiental. Mediante la conformación de comités de “rojos y expertos” el gobierno de Mao se trazó un triple objetivo: impulsar la política diplomática maoísta de buscar alianzas con el Tercer Mundo, hacer frente al hegemonismo de Estados Unidos y la Unión Soviética y presentar su punto de vista sobre los problemas ambientales, intercambiando experiencias y aprendizajes.

Ambientalismos en el sur global: la experiencia latinoamericana

Anteriormente se ha planteado que algunas narrativas de la historia ambiental y de la diplomacia ambiental sostienen que la sensibilidad ante los efectos del crecimiento económico en el ambiente surgió en el norte global y luego fue recepcionado por el sur global. Suele citarse, por ejemplo, que la lectura del influyente texto de Rachel Carson Primavera Silenciosa (1962) y el impacto de la celebración del primer Día de la Tierra en abril de 1970 en Estados Unidos fueron los acontecimientos que despertaron entre algunos círculos académicos y políticos latinoamericanos y del resto del sur global, la preocupación ambiental y, posteriormente, la creación de instituciones y organizaciones sociales ambientales. Esta creencia se refuerza con el argumento de la contingencia económica, según la cual las inquietudes ambientales solo aparecen cuando las sociedades han resuelto las necesidades materiales, como es propio del norte global y no del sur global (Jones y Dunlap 1992; Albrecht 1995).

Más que recepción ambiental pasiva por parte del sur global de las ideas del norte, las décadas de 1960 y 1970 se caracterizaron por intercambios, interconexiones y diálogos entre experiencias del norte y el sur global que contribuyeron a darle rostro al nuevo régimen ecológico global, en el que agendas, instituciones, movimientos e intelectuales convergieron para hacer frente a los problemas derivados de la revolución verde en las zonas rurales y de la urbanización y la contaminación ambiental en las zonas urbanas (Meyer et al. 1997; McCook 2019). Desde finales del siglo xix y durante la primera mitad del siglo xx, en varios países de América Latina intelectuales y políticos promovieron discusiones e instituciones para proteger, conservar y cuidar bosques, animales, fuentes de agua y parques naturales. La experiencia ambiental de algunos países latinoamericanos es sintomática de la corriente ambientalista del sur global que, es cierto, fue catapultada tras la Conferencia de Estocolmo de 1972. Algunos casos son destacables.

En Brasil, la constitución temprana de los movimientos ambientales resultó de la alianza entre activistas, científicos y periodistas. En la década de 1960, el periodista Randau Marques denunció desde las páginas de Jornal da Tarde los efectos negativos de los agrotóxicos en zonas rurales y las enfermedades de trabajadores por exposiciones a químicos. En 1957, Paulo Nogueira Neto, filósofo y naturalista, fundó la Asociación de Defensa de la Flora y la Fauna, en São Paulo, con el propósito de preservar áreas naturales. En las décadas de 1950 y 1960, Nogueira contribuyó a forjar la naciente institucionalidad ambiental de Brasil y a difundir las inquietudes ambientalistas que él denominó Historia Natural; y, en 1972, junto a Josué de Castro, fue uno de los integrantes de la delegación de Brasil a la Conferencia de Estocolmo (Hochstetler y Keck 2007).

También en otros países de América Latina movimientos sociales, periodistas y académicos dieron forma al campo ambientalista en las décadas de 1950 a 1970. En México, en 1946 se promulgó una de las primeras legislaciones de preservación de los recursos naturales y en 1951 se conformó el grupo denominado “Los Amigos de la Tierra”, impulsado por el agrónomo e ingeniero Gonzalo Blanco Macías y por el arquitecto Alberto Arai, alrededor de la preocupación por la crisis hidrológica de la ciudad de México y otros asuntos de orden ambiental (Miranda 2020). En Argentina, la revista Eco Contemporáneo fue editada entre 1961 y 1969 y difundió las ideas ecologistas y denuncias de problemas ambientales urbanos (Dichdji, Zarrilli y Pérez 2018). En Chile en los años 1950 Godofredo Stutzin y Rafael Elizalde innovaron en el campo del derecho ambiental e impulsaron el movimiento ecologista. Elizalde publicó en 1958 una obra titulada La sobrevivencia de Chile, que alertó sobre la sobreexplotación de los recursos naturales. Stutzin y Elizalde promovieron en 1969 el Comité pro Defensa de la Flora y Fauna (Ulianova y Estenssoro 2012).

En el caso colombiano, el pensamiento ambiental, las instituciones y las organizaciones ambientales cobraron importancia a lo largo de la década de 1960, con discusiones similares a las que se llevaban a cabo en el resto de América Latina y el mundo: deforestación, deterioro de parques naturales, contaminación de la tierra, el aire y el agua e incremento de basuras, entre otras. Específicamente, fue en torno a conflictos como la defensa del parque isla de Salamanca, la Sierra de la Macarena, el parque Tayrona, la isla Gorgona, la defensa de ríos y lagunas, la solidaridad con pueblos indígenas y campesinos opuestos a la siembra de pinos y eucaliptos en sus territorios, entre otros, que periodistas, ingenieros ambientales, líderes sociales y otros intelectuales dieron forma a este campo de acción y reflexión. Personajes como Augusto Ángel Maya, inspirado en el marxismo, Julio Carrizosa Umaña, Jorge I. Hernández Camacho y el ingeniero ambiental Germán García Durán son actores emblemáticos del pensamiento ambiental colombiano (García 2007; Tobasura 2009).

El trabajo adelantado por intelectuales y activistas ambientalistas latinoamericanos contribuyó a que, a finales de la década de 1960, se hicieran estudios ambientales en sus respectivos países, se revisara la legislación y las políticas de carácter ambiental y se fomentara el pensamiento proambiental que, en casos como el de Colombia, sirvieron para que la delegación participante en la Conferencia de Estocolmo de 1972 contara con insumos y criterios. El ingeniero ambiental Germán García Durán conformó el Grupo Interdisciplinario de Estudios Ambientales en la Universidad de los Andes en Bogotá que en noviembre de 1971 organizó el Primer Foro Nacional sobre el Medio Ambiente, en el que participaron académicos e instituciones nacionales y regionales para hacer un diagnóstico sobre la situación ambiental del país en afectación de la calidad del agua, del suelo y del aire. Si bien la realización del Foro no estuvo en función de los preparativos para Estocolmo, sí generó un documento de memorias que fue de utilidad para la delegación y para las discusiones ambientales posteriores (Grupo Interdisciplinario de Investigaciones Ambientales 1971). El líder de la delegación colombiana, Luis Villar Borda había participado en la creación del Partido Comunista marxista-leninista en 1965 y junto al dirigente Pedro Vásquez Rendón viajó a China en busca de relaciones con el gobierno maoísta (Urrego 2021). Para 1972 se había alejado del grupo maoísta, militaba en el ala de izquierda del Partido Liberal y era el embajador colombiano en Suecia.

Es necesario señalar, no obstante, que esta dinámica de movilización y producción de conocimiento ambiental coexistió con posturas desarrollistas dominantes, agenciadas por organismos internacionales e implementadas por los gobiernos del denominado Tercer Mundo, quienes asumieron que la agenda de preocupaciones ambientales buscaba bloquear su desarrollo económico. Así, en las actividades preparatorias de la Conferencia de Estocolmo esta tensión entre desarrollistas y ambientalistas del sur global estuvo presente y jugó un papel en las discusiones desarrolladas en este evento.

La Conferencia de Estocolmo de 1972

El ambiente intelectual y político de los años previos a la Conferencia se caracterizó por la polarización y la movilización de masas: Guerra Fría global, descolonización, revolución cultural, ruptura chino-soviética, guerra en Vietnam, Laos y Camboya. En el ámbito intelectual, la discusión ambiental contaba con comunidades científicas que mostraban los impactos de la urbanización, la industrialización, informes sobre la lluvia ácida, la contaminación de los océanos y los ríos, la contaminación del aire y la deforestación. Ante estas evidencias surgieron varias tendencias: la de quienes consideraban que el capitalismo era el responsable de las crisis ambientales; los neomaltusianismos que insistían en que era la sobrepoblación, sobre todo del Tercer Mundo, la causa del malestar ambiental; los cientifistas, quienes, con una fe inquebrantable en la ciencia y la tecnología, consideraban que los males podían evitarse; y quienes, desde las expectativas políticas de los gobernantes del sur global, asumían que el ambientalismo del norte buscaba impedir el desarrollo económico del mundo subdesarrollado (Linnér 2023).

En este contexto polarizado, Suecia emergió como el actor clave para la convocatoria de una conferencia internacional. Las razones del protagonismo sueco están bien documentadas. Paglia (2021) sostiene que en la década de 1960 se consolidó en Suecia una activa presencia de científicos y ambientalistas que establecieron los impactos globales de la crisis ambiental. Por ejemplo, el químico y edafólogo Svante Odén descubrió que las emisiones en otras partes de Europa provocaban la lluvia ácida sobre Suecia. En 1967 el influyente ambientalista Hans Palmstierna publicó el libro-manifiesto Plundring, svält, förgiftning (Saqueo, hambre y envenenamiento), en el que denunciaba los efectos de la industria sobre los trabajadores, ya que las mismas sustancias industriales que dañan a los peces del mar, a las aves del aire y las plantas también estaban presentes en los lugares de trabajo y, por lo general, en cantidades mucho mayores que en el resto de la naturaleza (Palmstierna 1967). Palmstierna empezó a trabajar en 1967 en la Agencia Sueca de Protección Ambiental, la primera autoridad gubernamental de su tipo en el mundo, y desde esta posición ganó bastante influencia entre los diplomáticos suecos en el ámbito de Naciones Unidas (Spivey 2023).

Este tipo de análisis incentivó el interés de la comunidad política sueca, que se convenció de que solo una acción internacional podría hacer frente a los desafíos ambientales de la humanidad. Así, diplomáticos y científicos suecos fomentaron en Naciones Unidas la necesidad de una conferencia centrada en el “medio ambiente humano”. Además, Suecia era percibida en el norte global como una sociedad democrática, neutral, internacionalista y con una robusta comunidad científica que la autorizaba para defender una propuesta como este tipo de conferencias (Meyer et al. 1997). Desde esta condición, Suecia impulsó en 1968 que, mediante la resolución 2398, la Asamblea General de Naciones Unidas convocara la Conferencia sobre Medio Humano, que se realizaría en Estocolmo, Suecia, tres años más tarde (Paglia 2021).

En 1969, la Secretaría de Naciones Unidas envió una circular a los Estados miembros solicitando que cada gobierno elaborara un informe nacional sobre el estado del ambiente en su país, como parte de los preparativos del Conferencia. En muchos gobiernos del sur global la propuesta de las Naciones Unidas fue vista como una propuesta del norte para frenar su propio crecimiento económico en nombre del cuidado ambiental. Para frenar estas tendencias, los científicos y diplomáticos buscaron acercar a Brasil, un estado del sur global influyente y con un gobierno dictatorial, nacionalista y que buscaba a través del G77 boicotear la Conferencia de Estocolmo. Para esto fue enviada una misión liderada por el científico sueco Lars Ingelstam que se reunió con militares, políticos e intelectuales brasileros (Paglia 2021). Esta misión logró que la comunidad científica brasilera incidiera en que la dictadura militar permitiera una delegación dirigida por el intelectual Josué de Castro y así atraer a otros estados latinoamericanos para que participaran en la Conferencia de Estocolmo. La elección de Josué de Castro no fue arbitraria, ya que para entonces era uno de los intelectuales del sur global experto en problemas del hambre y opuesto a las tesis neomaltusianas sobre la necesidad de controlar la natalidad para frenar el crecimiento demográfico en el Tercer Mundo.

En el ambiente geopolítico de la Guerra Fría global la convocatoria de la Conferencia encontró otros obstáculos. Hasta 1971 tanto Estados Unidos como la Unión Soviética apoyaban la Conferencia. No obstante, la decisión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas de invitar a la República Democrática Alemana, en calidad de asistente pero sin derecho a voz y voto, llevó al bloque soviético a plantear un boicot del evento. Pese a que los países del bloque soviético no participaron, el embajador soviético fue constantemente informado por los delegados suecos sobre el desarrollo de la Conferencia, lo que permitió que el bloque soviético respaldara la declaración final. Incluso, la URSS y los Estados Unidos firmaron un acuerdo bilateral de cooperación ambiental en mayo de 1972 (Linnér y Selin 2021) en el que se asumieron como los voceros autorizados del resto del mundo, lo que acentuó la crítica de China y de otros países del sur global hacia el hegemonismo de las dos superpotencias (Merrit 1974). Países como India, cuya delegación estuvo presidida por Indira Gandhi, primer ministro, mantuvo una postura compartida por muchos gobiernos del sur global acerca de que para enfrentar los problemas medioambientales era necesario superar primero la pobreza de sus respectivos países (Grieger 2012).

A la Conferencia asistieron ciento catorce países. Las delegaciones más numerosas fueron las del norte global. Estados Unidos organizó una delegación de más de cien personas. Muchos países del sur global solo enviaron unos pocos o un solo delegado, dependiendo de los recursos disponibles y del interés político puesto en los alcances de la Conferencia. Suecia estaba interesada en la participación de un país socialista distinto a la URSS que se negó a asistir, así que no dudó en invitar a la República Popular China. Asimismo, un personaje influyente como el filántropo, empresario y ambientalista canadiense Maurice Strong, en diciembre de 1971, contactó a delegados chinos en la ONU para invitar al gobierno de Mao a participar. La expectativa de Strong era conocer los desarrollos científico-técnicos en asuntos como el reciclaje de residuos contaminantes, la predicción de terremotos, el uso de tierras áridas, la gestión del agua y la conservación de la vida silvestre, de los cuales se tenía conocimiento en ese entonces (Wang 2023).

La expectativa de Strong sobre los aportes técnico-científicos chinos contrasta significativamente con la narrativa que han construido el gobierno norteamericano (Herter 1972) y algunos académicos occidentales (Linnér y Selin 2021), según la cual la participación de China no fue más allá de una perorata propagandista sin fundamento. Estas apreciaciones suponen que la delegación china simplemente expresaba la ideologización que occidente atribuía a la China de Mao en pleno auge de la Revolución Cultural y por tal razón no logran apreciar la importancia política y ambiental de China en Estocolmo.

Para China maoísta la Conferencia ofreció un espacio de acción global. Después de treinta años de aislamiento de la escena diplomática, la ONU reconoció a China Popular en ١٩٧١ como miembro pleno del sistema internacional de Naciones Unidas. Como lo sostiene Spivey (2023), el gobierno maoísta dio orientaciones para que el primer ministro Chou En-Lai organizara una delegación de alto nivel con instrucciones para comprender las condiciones ambientales mundiales y el impacto de los problemas ambientales en diversos países sobre el desarrollo económico y social, y poder utilizar la conferencia como un espejo para comprender los problemas ambientales de China. Bajo la orientación de diplomacia revolucionaria de Mao Tse-tung, basada en el análisis de las contradicciones, se previeron las siguientes: entre los países imperialistas y los países neocoloniales; entre los países imperialistas y los países afectados por la contaminación imperialista, especialmente la denuncia del impacto ambiental de la guerra de Estados Unidos contra Vietnam; entre los países imperialistas y los monopolios capitalistas y las amplias masas populares, con lo que se buscaba impulsar un amplio frente con países del Tercer Mundo para democratizar la participación y la discusión en las sesiones y reflejarla en la Declaración final de la Conferencia. También China buscaba aprender críticamente del extranjero y enseñar al mundo la experiencia maoísta, así como a los sectores juveniles radicales que realizarían eventos paralelos en Estocolmo. Los maoístas asumieron la tribuna de Estocolmo como un espacio de lucha que se podía convertir en un frente de acción común de los pueblos y países del Tercer Mundo para asumir los desafíos ambientales del capitalismo global y contrarrestar la hegemonía política, cultural y académica de Estados Unidos y la Unión Soviética (Spivey 2023).

La delegación china estuvo encabezada por Tang Ke, viceministro del Ministerio de Industria Química, y Gu Ming, subdirector de la Comisión Nacional de Planificación, y conformada por otros treinta y ocho representantes de los diferentes ministerios del gobierno, traductores y comunicadores de la Agencia de Noticias Xinhua. Previamente, los delegados chinos que llegaron a Estocolmo antes de la Conferencia buscaron establecer acuerdos con delegados del sur global con el propósito de someter a discusión el proyecto de Declaración que había sido redactado entre delegados suecos y norteamericanos, y que para China no representaba los intereses de los pueblos del mundo (Wang 2023). En esa gestión diplomática, China logró acuerdos con Pakistán, Siria, Egipto, Argelia, Venezuela y Argentina para que la Declaración fuera discutida en las sesiones de la Conferencia (Wang 2023).

Durante el desarrollo de la Conferencia, realizada entre el 5 y 12 de junio de 1972, la diplomacia ambiental maoísta se desarrolló en dos niveles: el formal, en el seno de las Comisiones y discusiones propias de la Conferencia, y el informal, librado en las calles y campamentos del movimiento internacional ambientalista compuesto por jóvenes, grupos ambientalistas, artistas y organizaciones de la izquierda radical, entre ellas la izquierda maoísta sueca y europea. En Suecia existían dos organizaciones maoístas que se conformaron en la década de 1960 y que participaron en los campamentos alternativos de Estocolmo. La primera era la Communist League Marxist-Leninists (Liga Comunista marxista-leninista), que desarrolló una activa denuncia de los impactos ambientales y sociales ocasionados por Estados Unidos en Laos, Vietnam y Camboya. La segunda fue la Asociación de Amistad Sueco-China, uno de cuyos principales representantes era Jan Myrdal, un intelectual y activista maoísta ampliamente reconocido. La Asociación desarrolló una activa jornada de propaganda de los logros ambientales de China en relación con la gestión de residuos, el control de inundaciones y la reforestación (Johansson 2012). Se trataba de una apropiación del huanbao maoísta por parte del activismo internacional, mediante estrategias de diplomacia ambiental “blanda”.

En los alrededores de la Conferencia, los grupos radicales, entre ellos los maoístas, organizaron el “Foro del Pueblo”, en el que participaron activistas y científicos de diferentes partes del mundo para discutir las raíces económicas y políticas de la contaminación y sus posibles soluciones. Activistas colombianos llevaron denuncias sobre la destrucción de parques naturales, deforestación y contaminación de cuerpos de agua, y la Asociación de la Amistad Sueco-China expuso el modelo de descentralización de población y producción en las comunas populares, la estrategia de reciclaje de los tres residuos, la reforestación con participación de masas y otras estrategias ambientales que se estaban desarrollando durante la Revolución Cultural (Björk y Association Aktivism 2004). La delegación china realizó un informe sobre estas actividades y valoró que se trataba de una lucha de masas que revelaba la esencia de clase y las raíces sociales de los problemas ambientales (Spivey 2023).

A nivel formal, en el seno de la Conferencia la delegación china, como todas las delegaciones, actuó en los escenarios establecidos, los grupos de trabajo, las comisiones y las sesiones plenarias. En las sesiones plenarias intervinieron Tang Ke y Bi Jilong, quienes en sus exposiciones cuestionaron la mirada que el norte global tenía del planeta y la humanidad, como una unidad plana e indiferenciada, sin relaciones de clase ni luchas entre sí, y por eso hablaron de la existencia de las raíces sociales de la contaminación ambiental asociadas al dominio capitalista, el colonialismo, el neocolonialismo y sus políticas guerreristas, saqueadoras, racistas, de Apartheid. Instalaron la idea de que existe una deuda social y ecológica del capitalismo y el imperialismo con la humanidad. Un tema de alta polémica fue la condena a Estados Unidos por la guerra biológica contra Vietnam, Camboya y Laos, que provocó el envenenamiento de fuentes de agua, destrucción de bosques y cultivos, extinción de animales, fallecimientos, enfermedades oncológicas y deformaciones en humanos, tanto vietnamitas como soldados norteamericanos, causando daños graves sin precedentes a los ecosistemas y cuerpos humanos. En su intervención el 10 de junio, Tang Ke sostuvo:

El Gobierno y el pueblo chinos denuncian enérgicamente las políticas imperialistas de saqueo, agresión y guerra que provocan una grave destrucción del medio ambiente humano; denuncian enérgicamente la agresión contra Vietnam e Indochina, el uso de armas químicas, la matanza de los pueblos de Indochina y la destrucción del medio ambiente humano perpetradas por el imperialismo estadounidense (Pekín Informa 1972, 8).

A esta denuncia de las barbaridades estadounidenses se sumó la voz del primer ministro sueco, Olof Palme, quien emitió una declaración criticando el ecocidio resultante de los bombardeos indiscriminados y el uso a gran escala de excavadoras y herbicidas (Spivey 2023). Para la delegación China la cuestión ambiental global era además de un asunto técnico un problema de lucha política, lo que se oponía a la visión de los delegados del norte global de no “politizar” la conferencia.

La delegación China tuvo logros importantes pese a la ira de los delegados de Estados Unidos y otros países que acusaron a los maoístas de atreverse a “politizar” el medio ambiente. En primer lugar, en alianza con países del sur global, se logró modificar apartados esenciales de la Declaración final, que había sido preparada de antemano por expertos occidentales. En segundo lugar, atrajo el apoyo de numerosos países de Asia, África y América Latina, que respaldaron la postura de China sobre las raíces sociales y políticas de los problemas ambientales.

Uno de los puntos más polémicos tratados en la Conferencia fue el de la restricción de las armas nucleares y la prohibición de pruebas que afectaban el ambiente y ponían en peligro la vida. China había desarrollado un programa nuclear en la década de 1960 y contaba con la bomba atómica para posicionarse ante lo que los chinos llamaron el chantaje nuclear de las superpotencias. Esta opinión era compartida por otros países que consideraron que en realidad el proyecto de resolución de prohibición de ensayos estaba dirigido contra China y Francia. Los Estados Unidos se abstuvieron de votar el proyecto de resolución relativo a los ensayos con armas nucleares manifestando que ese no era el escenario adecuado para este tema. Francia afirmó que sus ensayos nucleares estaban limitados, tenían controles y no ponían en riesgo la salud del ser humano y el medio. En los archivos de la Conferencia la postura de China quedó consignada de esta manera:

China declaró que las superpotencias proseguían la carrera de armamentos y que China debía efectuar ensayos de armas para su defensa propia, pero que, contrariamente a las superpotencias, se había comprometido a no ser la primera en emplear armas nucleares. Si bien se oponía enérgicamente al proyecto de resolución, China insistió en que había pedido y seguiría pidiendo la completa destrucción y la prohibición total de todas las armas nucleares (Naciones Unidas 1973, 65).

La delegación china encontró una gran afinidad con los delegados de Brasil. Josué de Castro cuestionó, al igual que los delgados chinos, el enfoque hegemónico sobre los problemas ambientales que había sido instalado por el estudio Los límites del crecimiento, realizado por el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) y el Club de Roma y publicado en 1972 meses antes de la Conferencia, según el cual era la “explosión demográfica” del Tercer Mundo la principal responsable de los problemas sociales, la pobreza y la destrucción ambiental. Los maoístas y Castro asumieron, por el contrario, que las relaciones de desigualdad impuestas a nivel global por la dominación capitalista eran la base de la pobreza, el hambre y la crisis ecológica. La exposición de Josué de Castro, que fue publicada un año después por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura UNESCO planteó:

El más grave error del informe del M.I.T. se debe a que omite, entre los factores que determinan el crecimiento, el problema de las estructuras económicas, sociales y políticas. En la introducción del informe, los autores tienen en cuenta únicamente cinco factores de desarrollo: la población, la producción agrícola, los recursos naturales, la producción industrial y la contaminación. Ni una palabra sobre el problema de las estructuras socio-económicas. Y, sin embargo, nadie ignora que el nivel de producción y el nivel de contaminación, es decir, el desarrollo y el medio, dependen esencialmente del tipo de estructuras en juego (Castro 1973, 23).

Josué de Castro compartía con Mao la crítica al neomaltusianismo. Mao se refirió al neomaltusianismo en un texto de 1949 (La bancarrota de la concepción idealista de historia), en el que cuestionó la concepción del subsecretario del Ministerio de Relaciones Exteriores del gobierno de Truman, Dean Acheson, quien por un lado influyó en la exclusión de la República Popular China del sistema de Naciones Unidas y por el otro consideraba que la revolución había sido causada por el exceso de población y que, en consecuencia, la sobrepoblación hundiría al naciente gobierno comunista. Ante esta tesis, Mao Tse-tung sostuvo, por el contrario, que la gran población china era una ventaja y que los problemas de hambre y alimentación se podían resolver mediante medidas políticas y económicas y no predeterminaban una catástrofe. En ese texto, Mao eligió una de las expresiones que tanto Tang Ke como Bi Jilong replicaron en sus intervenciones en la Conferencia: “De todas las cosas del mundo, los seres humanos son lo más valioso” (Mao 1949).1 Bi Jilon, en su exposición del 9 de junio manifestó:

Entre todas las cosas del mundo, el ser humano es lo más preciado. Las personas promueven el progreso social, crean riqueza social, desarrollan la ciencia y la tecnología, y transforman constantemente el entorno humano mediante su esfuerzo. Con el progreso de la sociedad y el desarrollo de la producción, la ciencia y la tecnología, la capacidad del ser humano para mejorar el medio ambiente aumenta día a día, por lo que la mejora del entorno humano tiene perspectivas ilimitadas. Cualquier argumento pesimista sobre la relación entre el crecimiento demográfico y la protección del medio ambiente carece de fundamento (Bi Jilon, citado por Spivey 2023, 128; traducción propia).

Para los delegados de Brasil, esta postura coincidía con sus expectativas y por eso insistieron en que quedara consignada en la Declaración final de la Conferencia, de modo que el quinto principio del documento reza:

El crecimiento natural de la población plantea continuamente problemas relativos a la preservación del medio ambiente, y se deben adoptar las normas y medidas apropiadas, según proceda, para hacer frente a esos problemas. De todas las cosas del mundo, los seres humanos son lo más valioso. Ellos son quienes promueven el progreso social, crean riqueza social, desarrollan la ciencia y la tecnología y, con su duro trabajo, transforman continuamente el medio ambiente humano. Con el progreso social y los adelantos de la producción, la ciencia y la tecnología, la capacidad del hombre para mejorar el medio ambiente se acrece a cada día que pasa (Conferencia de las Naciones sobre el Medio Humano, 16 de junio de 1972, 1).

Los delegados de Brasil incidieron para incluir en la Declaración otras citas de Mao. Entre ellas “necesitamos un estado de ánimo entusiasta pero sereno, un trabajo intenso pero ordenado” (Mao 1936, 228), que hace referencia a los métodos de trabajo para alcanzar la victoria en las campañas militares. El sentido de incluir esta cita en el principio 6 de la Declaración estaba relacionado con la necesidad de actuar de manera ordenada, sabia y prudente para atender los complejos problemas ambientales. Incluir citas de Mao en la Declaración final puede entenderse como una alta valoración tanto de los aportes de la delegación china, como un homenaje a quien en ese entonces se consideraba una figura prominente de la política y el pensamiento contrahegemónico.

No obstante, el conjunto de la declaración no recogió los puntos principales de China y de otros países del sur global en el sentido de exponer el papel del colonialismo, el racismo, el imperialismo y el capitalismo como responsables de los problemas ambientales. En su informe y balance ante las instancias del Partido Comunista de China, los delegados se autocriticaron por su falta de experiencia en conflictos internacionales y su escaso conocimiento del complejo entramado de normas y procedimientos en las instancias de Naciones Unidas, y recomendaron, en consecuencia, que se estableciera un equipo especial para gestionar los asuntos de la ONU y el fortalecimiento y creación de instituciones ambientales en China (Spivey 2023).

En China, el impacto de la Conferencia de Estocolmo estimuló a las autoridades maoístas para convocar en Pekín la primera Conferencia Nacional de Protección del Medio Ambiente del 5 al 20 de agosto de 1973, en la que 10 mil personas de diferentes provincias e instituciones hicieron un balance de su experiencia para institucionalizar el huanbao en directrices más claras de protección ambiental. Esta conferencia volvió a discutir acerca de los problemas ambientales en el socialismo.

En todo el mundo, las recomendaciones de Estocolmo sirvieron para conformar o desarrollar instituciones ambientales, pero también para dar impulso al movimiento ambientalista en el sur global. Por ejemplo, en Colombia, Luis Villar Borda, además de instar a la creación de una legislación ambiental más robusta, contribuyó a la fundamentación del movimiento ambientalista a partir de las teorías y experiencias que circularon en la Conferencia (Palma 2019).

Conclusiones

El recorrido analítico realizado permite extraer varias conclusiones. Pese al sesgo antropocéntrico en el nombre y carácter de la Conferencia de Estocolmo, que enfatizaba la idea de “medio humano” situando a los humanos en el centro de las preocupaciones, lo cual es explicable por el predominio de las epistemologías y ontologías basadas en la “excepcionalidad humana” sobre el resto de la naturaleza, la Conferencia abrió la puerta a una crítica al antropocentrismo, el colonialismo y el capitalismo. Esta epistemología y ontología emergente empezó a ser informada desde múltiples lugares y cosmovisiones, que se encontraron y pugnaron en el verano de 1972 en Suecia.

Estocolmo ratificó el nuevo régimen ambiental global, caracterizado por la disputa entre corrientes de pensamiento, Estados, activistas y científicos, para buscar soluciones compartidas a los efectos ambientales de la producción, el intercambio y el consumo de bienes industriales, tanto en el mundo capitalista como en las experiencias socialistas. En este régimen, mediante el huanbao maoísta, China se situó como un actor político e intelectual importante. Sin duda, a partir de Estocolmo las decisiones globales debieron incluir la participación de China y las diferentes corrientes ambientalistas recibieron y se apropiaron, en diferente grado, las concepciones maoístas. El huanbao maoísta se puede comprender en varios sentidos. Expresa un proyecto utópico de transformación, con aplicaciones y alcances mediados por las circunstancias históricas, y por ende con limitaciones, errores y posibilidades. Su potencia está en que conforma un campo epistémico subalterno que articula ciencias (medicina, geoquímica, silvicultura, botánica, ingeniería industrial y agricultura, entre otras), prácticas y experticias de diferentes sujetos sociales (obreros, campesinos, intelectuales, políticos) para conocer y asumir los problemas socioambientales generados en la contradicción sociedad-resto de la naturaleza. También es un discurso movilizador y una agenda ambiental pública que opera en múltiples escalas y que indaga y señala las raíces sociales, políticas, ideológicas y materiales de los problemas ambientales e indica soluciones derivadas de la participación de las multitudes, de su acción transformadora y de la necesidad permanente de crítica y discusión para ampliar el pensamiento.

La diplomacia ambiental maoísta, puesta en escena por primera vez en Estocolmo, estimuló una visibilización de los países del Tercer Mundo como actores relevantes en el campo de disputa ambiental y ecológico. La alianza entre China y los delegados de América latina y otros países del sur global en Estocolmo promovió una nueva corriente de diálogos Sur-Sur y abrió el escenario a la construcción de acuerdos más allá de la hegemonía de las superpotencias.

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Fecha de recepción: 09.04.2025
Versión reelaborada: 06.10.2025
Fecha de aceptación: 26.11.2025

 

 

 


1 En la traducción de este texto por Ediciones en Lenguas Extranjeras en 1962, se transcribe: “De todo lo que existe en el mundo, lo más precioso es el hombre”. Aquí el equipo de traducción chino de las obras de Mao decidió traducir la expresión china Rén –gente o seres humanos– por hombre. Este y otros conceptos fueron traducidos con el enfoque de propaganda para que el pensamiento de Mao fuera más entendible en occidente. No obstante, las intervenciones de Tang Ke y I Jilon mantuvieron el sentido original de las palabras de Mao.