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DOI: 10.18441/ibam.26.2026.92.137-161

 

 

 

 

Traductoras chilenas en el siglo xix: comunidad cultural y estrategia femenina de aproximación a la escritura y la industria editorial

Chilean Women Translators in the 19th Century: Cultural Community and Women’s Strategy for Approaching Writing and the Publishing Industry

María Gabriela Huidobro Salazar

Tecnológico de Monterrey, Escuela de Humanidades y Educación, México / Universidad Andres Bello, Chile

mghuidobro@tec.mx
https://orcid.org/0000-0001-9980-6175

Verónica Ramírez Errázuriz

Universidad Adolfo Ibáñez, Centro de Estudios Americanos, Chile

vramirez@uai.cl
https://orcid.org/0000-0002-6638-5404

1. Introducción

La historia de la traducción en Chile ha constituido un objeto de investigación secundario en los estudios de la historia intelectual, científica y cultural de Chile. Desde la publicación de la Biblioteca Chilena de Traductores de José Toribio Medina (1924), los análisis se han enfocado, sobre todo, en su revisión panorámica en los siglos xix y xx, el aporte de algunos intelectuales y en la preponderancia de la influencia francesa en la industria del libro y las dinámicas decimonónicas de lectura (Cabrera 1993; Toro 2012; Lloret 2018; Soltman 2021; Guzmán 2022;).

La escasa atención a esta materia se debería, en parte, a la consideración de la traducción como actividad secundaria del ejercicio literario y escritural. Con todo, en los últimos años, enfoques críticos desde la semiología, literatura, filosofía, historia y los estudios culturales han destacado su importancia simbólica y cultural como actividad intelectual creativa y productora de conceptos, sentidos y discursos que puede incidir sobre el valor literario y cultural del texto original (Deslile y Woodsworth 1995, 15-18; Godayol 2000, 30; Romero 2016, 7).

Así, su consideración como objeto de estudio podría ofrecer un aporte para un mejor y mayor conocimiento de la historia de las ideas y la cultura en Chile, en especial, cuando se trata de la participación de mujeres en esta práctica. Desde fines de la década de 1980 y con estudios como los de Simon (1996) y Von Flotow (1997), esta materia ha cobrado impulso en Norteamérica y Gran Bretaña y ha comenzado a sistematizarse en Iberoamérica (Godayol 2000; Castillo 2003; Santaemilia 2003 y 2011; Bastin 2010; Castro 2011; Romero 2016; Roig-Sanz, Tanasescu e Ikoff 2024).

El presente estudio busca dialogar con estas aproximaciones al mostrar cómo, en el caso chileno, las traducciones femeninas no solo acompañaron debates sobre educación y ciudadanía, sino que también reflejan estrategias comunes a otras traductoras latinoamericanas del siglo xix, como las argentinas Juana Manso y Juana Manuela Gorriti o la colombiana Soledad Acosta de Samper. Al situar los hallazgos chilenos en relación con estas trayectorias, se busca contribuir a una historia de la traducción en América Latina que atienda a las conexiones y diferencias entre los distintos espacios nacionales.

La intersección de los enfoques de género con los estudios traductológicos ha permitido poner en valor la actividad de las traductoras, relegada de la historia intelectual y literaria desde una doble marginación: la resultante de la limitación de las mujeres a participar como autoras en un mundo literario predominante y tradicionalmente masculino, y la que definía a la traducción como práctica reproductiva, subordinada y menor, comparada con géneros de una escritura creativa propia de varones (Chamberlain 1988, 461-465; Godayol 2000, 71; Santaemilia 2011, 17).

Actualmente, la traducción es entendida como una práctica intelectual de mediación cultural que supone una asimilación activa de discursos a partir de competencias de lectura y escritura creativa (Romero 2016, 7). Las traducciones femeninas, por ende, pueden abordarse como fuentes de representación de las ideas y motivos –estéticos y éticos– de sus autoras, así como una vía de conocimiento de su universo intelectual (Castro 2011, 111; Romero 2016, 11).1

Esta perspectiva puede aplicarse al estudio de las traductoras en Chile del siglo xix. Con excepción de Martina Barros y su traducción de The Subjection of Women de John Stuart Mill en 1872 (Toledo 2022), otros casos femeninos en ese siglo han sido poco abordados. Solo de forma reciente, un estudio realizado por María Carolina Zúñiga (2023) ha ofrecido un análisis panorámico y sistemático desde un modelo sociológico cultural, enfocado en las traducciones femeninas incorporadas en publicaciones periódicas decimonónicas lideradas por chilenas, sobre todo en la Revista de Valparaíso (1873-1874) y La Mujer (1877). Ello invita a complementar su revisión para abrirla a las traducciones publicadas como libros, así como al estudio de las biografías de traductoras que dejaron huellas de sus vidas.

Aun siendo menos que las traducciones realizadas por varones en Chile, entre 1845 y 1899 se contaron más de cincuenta, tal como se constata en los registros de Medina (1923, 93-116; 1924).2 A ellos se agregan los sistematizados por Zúñiga (2023) desde el análisis de revistas.

Si bien la mayoría de las traductoras genera un desafío para reconstruir sus biografías, la revisión de sus obras y antecedentes ofrece una oportunidad para ampliar los conocimientos sobre la historia de la educación femenina, los circuitos intelectuales de mujeres en Chile, sus subjetividades e identidades. La recuperación del rol de las traductoras, desde una mirada sistematizada, permitiría corregir su marginación en la historia intelectual y cultural, así como dar visibilidad y reconocimiento a su aporte como mediadoras, difusoras y promotoras de ideas y valores (Castro 2011, 109; Zúñiga 2023, 5).

Nuestro objetivo consiste en reconocer, con un método exploratorio, las traducciones publicadas por mujeres en Chile en libros y revistas durante el siglo xix, entendidas como una primera práctica femenina de escritura para participar en la cultura pública y la difusión del conocimiento, así como analizar sus datos biográficos desde la perspectiva de historia cultural. Para ello, se realiza una revisión descriptiva y cuantitativa de las traducciones femeninas publicadas en Chile, y se reconstruyen luego los antecedentes biográficos de algunas autoras, para comprender su labor en relación con sus identidades, propósitos y contexto.

La definición de un marco temporal de análisis limitado al siglo xix obedece a que este periodo registra, por primera vez en Chile, la traducción realizada y reconocida de forma pública por mujeres en un número suficiente para identificar tendencias y trayectorias comunes. Se trata de un siglo clave: durante sus primeras décadas, la traducción puede considerarse como una de las pocas vías de inserción femenina en el ámbito editorial, mientras que en las últimas, comenzó a vincularse con los debates sobre instrucción, ciudadanía y derechos de las mujeres, en especial, en la etapa marcada por la aprobación del Decreto Amunátegui. El siglo xx, en cambio, marca un escenario distinto, con el aumento de la autoría femenina y una diversificación de los géneros textuales en los que se expresaron, lo que excedería los objetivos de este estudio.

Considerando que, salvo excepciones, la escritura creativa y publicación literaria chilena constituyó un monopolio masculino hasta casi fines del siglo xix, nuestra hipótesis propone que, desde la década de 1840, las traducciones de mujeres fueron una primera aproximación femenina en Chile para el ejercicio literario, sumándose a una tendencia europea contemporánea. Marginadas del quehacer literario y editorial mayoritario en el siglo xix, las mujeres hallaron en la traducción, una forma de expresión y afirmación, así como una estrategia de participación del quehacer cultural (Deslile 2002, 9-10; 2010, 12). Mediante las voces de otros, se apropiaron de ideas que hacían suyas para una definición de sí mismas y de sus roles, así como para promover valores y discursos con los que podían identificarse. Así, constituyeron una comunidad cultural fundada sobre antecedentes biográficos y perspectivas comunes.

Sus prácticas siguieron patrones selectivos sobre temas y enfoques de los textos a traducir (Zúñiga 2023, 11). A dicha selección subyacía una identificación de los objetos de interés que podrían ser propios de una traductora en su condición femenina y del rol que podía cumplir como mujer. En el ejercicio de selección, cada autora se enfrentó a su identidad para adherir a patrones tradicionales de género que definían sus ámbitos de desempeño, o para negociar con ellos y desafiarlos (Godayol 2000, 71). Sus traducciones ofrecen una evidencia de la progresiva alfabetización y academización de algunas mujeres, cuyo análisis puede ser interesante para conocer sus trayectorias, intereses y espacios de desempeño, y para distinguir sus definiciones identitarias en la segunda mitad del siglo xix.

A fin de cuentas, la traducción, lejos de ser una simple mediación lingüística, se presentará así, en este estudio, como una estrategia de aproximación a la esfera pública utilizada por las chilenas del siglo xix. Tal como se explicará, en un comienzo, esta estrategia se manifestó mediante la elección de temas moralizantes y piadosos, que permitían a las traductoras, negociar su participación intelectual dentro de los roles de género de la época. Al justificar su labor como una contribución a la educación y la piedad cristiana, roles tradicionalmente considerados como femeninos, las escritoras pudieron legitimar su presencia en la industria editorial. Posteriormente, a medida que la sociedad chilena experimentó cambios evidenciables en el debate público, la estrategia de las traductoras también se modificó. A partir de la década de 1870, la traducción se convirtió en una vía para desafiar esos mismos roles, al abordar temas considerados tradicionalmente masculinos, como la ciencia y la filosofía, y marcando, de esta forma, una transición a roles más activos y diversos, con la afirmación de su propia voz.

2. Traducciones femeninas en Chile en el siglo xix: una aproximación cuantitativa

La historia de la imprenta y de los libros publicados en Chile es relativamente joven. Antecedida por la difusión de pasquines, se retrotrae a 1811, con la primera imprenta llegada al país, y a 1812, con la publicación del primer libro (Subercaseaux 2000, 21-37). Las primeras décadas de producción editorial dan cuenta de una labor creciente, que dio cabida a periódicos, libros y manuales vinculados, sobre todo, a materias religiosas, políticas y educacionales consistentes en ediciones originales y traducciones, en especial, francesas.

Parte importante de estas últimas tenía fines pedagógicos. Los textos franceses servían como material de enseñanza o para el fomento de la alfabetización y la cultura letrada (Bastin 2003, 205-206; Soaje y Molina 2021). No obstante, el reconocimiento al traductor no solía explicitarse, por lo que no es posible garantizar que, antes de 1845, no haya habido una mujer que participara de una traducción.

La primera obra publicada en Chile con reconocimiento a la labor traductológica de una mujer data de 1845. Se trata de Antonio y Mauricio o Historia de un Presidiario, versión realizada por Clara Álvarez de Condarco desde la novela de Laurent-Pierre de Jussieu, Antoine et Maurice.3 Aunque ella firmó con sus iniciales, abrió un camino para que, progresivamente, las mujeres que realizaran este ejercicio literario dejaran escrito su nombre.

A lo largo del siglo xix, contamos a 59 traductoras, que publicaron 78 textos como libros o artículos de revistas. Por supuesto, es posible que falten algunas que realizaron su tarea sin dejar rastro de su identidad.4 Entre las 59 reconocidas, 9 se presentaron con un descriptor que no permite identificarlas –“una señorita”, “una devota, “una religiosa”–, 6 registraron sus iniciales y 44, sus nombres, apellidos o seudónimos. Entre estas últimas, algunas participaron de libros colectivos, como 7 alumnas de la Escuela Rafael Valdés de Copiapó que, en 1879, tradujeron las Historiettes à l’usage des jeunes enfants qui commencent à savoir lire de Zulma Carraud (1853).

Los formatos comprendieron 54 libros y 24 artículos de revistas, la mayoría de estos últimos en la Revista de Valparaíso (1873-1874) y La Mujer (1877), publicaciones periódicas de corte liberal y edición femenina.5 Entre los primeros, se cuentan suplementos que formaban parte de una colección mayor, como las biografías de Alphonse de Lamartine traducidas por Juana Pérez para la colección Bibliotecas Populares en 1855. A estas se agregó la biografía de George Washington de François Guizot, traducida por Virginia Rojas para dicha colección en 1856.

Algunas de las 54 traducciones publicadas como libros fueron reeditadas o reimpresas años después, mientras que otras publicadas por partes en una revista fueron reunidas luego en un libro.6 Así ocurrió con la traducción realizada por Dolores Olañeta de La Comtesse de Gloswood, ou le Catholicisme en Angleterre sous Charles II, de Marie Antonine Lecler (1844), publicada en 1861 en la Revista del Pacífico7 y como libro en 1864, por la Imprenta Chilena.

El período que registró mayor número de traducciones femeninas fue el de 1870, década cuando se publicaron más libros y se sumaron con fuerza traducciones difundidas en revistas, como puede observarse en la siguiente tabla:8

1840-1849

1850-1859

1860-1869

1870-1879

1880-1889

1890-1899

Libros

2

7

5

16

14

10

Artículos

0

0

4

18

0

2

Total

2

2

9

34

14

12

El aumento en dicha década requeriría un análisis profundo, pero coincidió con el auge de las primeras publicaciones periódicas que albergaron liderazgos femeninos y con los debates que precedieron a la aprobación del Decreto Amunátegui, en enero de 1877, que reconoció el derecho de las mujeres a dar exámenes para acceder a la universidad. A ello se debe sumar el ingreso de las primeras mujeres a la Academia de Bellas Letras, el ejercicio de las primeras egresadas de la Escuela Normal de Preceptoras y la fundación de colegios para niñas con un plan de estudios más exigente.9 Se trata, por tanto, de una época de discusión y reflexión sobre las capacidades intelectuales de las mujeres y sus posibilidades de incorporarse a nuevos círculos culturales y académicos.10

La mayoría de las traducciones femeninas del siglo xix versó sobre obras originales en francés, lo que no resulta extraño, considerando la predominancia del idioma en los circuitos culturales, así como su consideración en los programas educativos de la élite chilena en la época. El 73% de las traducciones (57) trabajaron con obras francesas, mientras que el 19% (15), con inglesas. A ellas se sumaban un 7% de traducciones del alemán (5) y una del italiano. La diferencia recababa además en la cantidad de traductoras que se abocaron a cada idioma. Mientras para el francés, 49 mujeres realizaron dicho ejercicio, en el caso del inglés, las 15 traducciones fueron realizadas por 6 de ellas.

Los libros y artículos traducidos trataban sobre diversas temáticas. La materia más común fue la religión: 27 traducciones –25 libros y 2 artículos– versaban sobre oraciones, prácticas piadosas, modelos cristianos y hagiografías. La siguieron las materias literarias: novelas, cuentos, poemas y ensayos teóricos sumaban un total de 19 traducciones, 12 de las cuales se publicaron como libros. El resto abarcaba una pluralidad de tópicos: 6 biografías, 8 textos científicos –6 como artículos de revistas– y 3 filosóficos, 2 libros de fábulas, 2 manuales domésticos, un texto sobre materias políticas, 3 relatos de viajes y 5 libros sobre teatro y dramaturgia.11

Aun cuando parte relevante de estas traducciones buscaba aportar a la entretención o cultura, así como a la divulgación de la ciencia, comprendiendo el 28% y 12%, respectivamente, el propósito que subyacía a la mayoría se dirigía a una edificación moralizante o piadosa de los lectores. Muchas biografías y novelas contenían enseñanzas éticas, mientras que los documentos de carácter cristiano buscaban inculcar la piedad católica. El 56% de las traducciones trasluce un propósito moralizador o religioso cristiano que poseían una dimensión pedagógica. Finalmente, una parte menor –el 4%–, pero significativa por su impacto, se orientó a defender los derechos de las mujeres.

Una revisión panorámica de estos resultados permite advertir que las mujeres se volcaron hacia la traducción a través de estrategias que negociaban con sus subjetividades femeninas. Por una parte, con lo que de forma tradicional se había concebido como roles y ámbitos de mujeres –la educación, la piedad cristiana, el matrimonio y el amor, por ejemplo–. Por otra, con las aspiraciones que, sobre todo desde la década de 1870, se instalaron en el debate público como espacios donde las mujeres buscaban entrar: el mundo científico, intelectual y universitario.

Las biografías de las traductoras que dejaron huella de sus vidas demuestran que eran mujeres ilustradas y comprometidas con su educación. Algunas conectadas entre sí por experiencias educativas o escriturales, pueden ser consideradas como una comunidad cultural cuyas trayectorias y prácticas les otorgaron una identidad y posicionamiento en tiempos cuando las mujeres lidiaban con los atributos que las definían y con las aspiraciones intelectuales que esperaban alcanzar. El que la mayoría de ellas haya publicado sus colaboraciones en revistas lideradas por las intelectuales Rosario Orrego y Lucrecia Undurraga (Revista de Valparaíso y La Mujer, respectivamente), reconfirma lo anterior. Estas últimas fueron protagonistas de encausar esta problemática femenina: lidiar con atributos impuestos y defender mayores aspiraciones intelectuales (Ramírez y Ulloa 2018; Montero 2018; Contreras et al. 2017; Ramírez et al. 2017).

En conjunto, esta revisión panorámica permite comprender que la traducción femenina en Chile no fue solo una práctica secundaria o derivada, sino una acción estratégica. A través de la selección de temáticas, idiomas y soportes editoriales, las traductoras negociaron con las restricciones de género que marcaban sus vidas, a la vez que abrieron márgenes para la participación cultural y la afirmación de nuevas trayectorias intelectuales. Sobre esta base, es posible reconocer distintas etapas y perfiles que justifican una propuesta de periodización del fenómeno, tal como se analizará a continuación.

3. Del hogar a la esfera pública: una periodización del ejercicio traductológico femenino en el siglo xix

3.1. Las primeras traductoras: educación moralizante (1840-1869)

Antonio y Mauricio o Historia de un Presidiario de 1845 –primera obra que, según lo que hasta ahora sabemos, fue traducida en Chile por una mujer–, solo registró las iniciales de su traductora: C. A. de C., que, en opinión de Medina (1923, 96), correspondían a Clara Álvarez de Condarco. La sugerencia parece asertiva. Nacida en Londres el 23 de abril de 1825, era hija de la inglesa Jeane Dudding y del militar tucumano José Antonio Álvarez de Condarco, ayudante de campo de José de San Martín durante la campaña de independencia de Argentina y Chile, y enviado después a Londres por el gobierno chileno en misión diplomática. La familia pertenecía, por tanto, a la élite y pudo garantizarle una educación de alto nivel. Si bien regresaron a Buenos Aires cuando ella era niña, la dictadura de Rosas no les permitió establecerse, obligándolos a asilarse en Chile. En 1839, se establecieron en Valparaíso (Espinosa 2005, 13-15).12

Clara se habría educado con maestros particulares y se vinculó con destacados intelectuales que frecuentaban su hogar, como Vicente Fidel López y Florentino González. Cursó pintura con Raymond Monvoisin y Mauricio Rugendas –con quien tuvo una relación amorosa–; asistió a Andrés Bello como secretaria y traductora; fue escribiente de Mariano Egaña y enseñó inglés a Domingo Faustino Sarmiento. Dominaba el inglés y francés, gracias a lo cual ofició como traductora de empresarios extranjeros en Valparaíso y aportó al diario El Mercurio (Pereira 1992, 194; 1978, 135; Figueroa 1897, 67-68).13 Sin embargo, no registró su nombre en sus artículos ni se identificó en forma explícita como traductora de los manuales de historia de Duruy.

Tanto la novela Antonio y Mauricio como su segunda traducción, La religión en la vida cotidiana (1857), publicada por Imprenta del Mercurio, poseen un tono moralizante. Esta última es la versión al español del sermón en inglés del reverendo John Caird ofrecido en 1855 en Escocia. Así, Clara Álvarez escogió para sus traducciones materias que se avenían con la moralidad cristiana y una perspectiva conservadora, orientada a contribuir a la educación en virtudes. La única traducción que, con el registro de sus iniciales, se diferenció fue su contribución para la Revista del Pacífico en 1860, titulada “Aventuras y peregrinación de Mlle. Fanny Laviot”, relato francés y en primera persona de una mujer en cautiverio por piratas chinos.14 De todos modos, el texto ofrecía el retrato de una mujer fuerte y virtuosa, que podía proponer un referente moral femenino, representativo de la cultura occidental. Después de todo, a Clara Álvarez se le adjudican columnas publicadas en El Mercurio y reproducidas en periódicos argentinos, donde defendía el derecho a la educación femenina (Pereira 1992, 194; Figueroa 1897, 67-68).15 A esto se suma que el periódico La Mujer la destacó por haber podido cobrar un buen sueldo como traductora, manteniéndose como colaboradora en El Mercurio.16

Álvarez falleció el 21 de mayo de 1865 sin haberse casado. Tras la ruina económica de su familia, volcó su destreza como traductora para mantenerse, mientras realizaba clases de idiomas. Sus columnas sobre educación femenina argumentaban que el matrimonio no podía ser el único propósito para las mujeres y que su formación serviría para evitarles depender de los hombres:

La mayor felicidad de una mujer está en llegar a cumplir su más noble fin natural, en ser madre y en educar una familia. ¿Pero es necesario acaso que la mujer se acostumbre a creer desde la infancia, como sucede en Europa, que es ese su único fin…? ¿Por qué no se podría educarla de una manera análoga a la del hombre? ¿Por qué no enseñarle profesiones y, sobre todo, por qué no se le ha de dar el primer elemento de su felicidad y de su virtud, el hábito del trabajo, del trabajo intelectual y material, que ensancha la esfera de sus facultades?17

La personalidad de Álvarez deambulaba entre una deontología tradicional femenina y la aspiración de mayores oportunidades para las mujeres, por lo que puede vincularse a otras intelectuales del periodo que postulaban ideas como las que plasmó en el Correo del Domingo de Buenos Aires. El año en que se publicó dicha reseña, arribó a Argentina la española Emilia Serrano (Baronesa de Wilson), autora de varias obras y colaboradora en periódicos europeos y latinoamericanos, donde defendió la educación femenina. Álvarez, entonces, no debe entenderse como una excepcionalidad; pertenece a un grupo de mujeres latinoamericanas cuya educación, más allá de haber constituido, al comienzo, solo un privilegio, les permitió desarrollarse. Así también destacaron Juana Manuela Gorriti y Juana Manso (Argentina), Soledad Acosta de Samper (Colombia), Clorinda Matto de Turner y Mercedes Cabello (Perú), Julia López de Almeida (Brasil), Gertrudis Gómez de Avellaneda (Cuba-España) y las chilenas Mercedes Marín, Martina Barros, Maipina de la Barra, Rosario Orrego y Lucrecia Undurraga, entre otras. Los viajes, el manejo de idiomas y sus vínculos con personajes de la esfera cultural y política les permitió no solo acceder a publicaciones de otras referentes extranjeras, sino tejer conexiones con algunas de ellas (Fernández 2015).

La preocupación por la instrucción y la posibilidad de ser agentes educadoras se reflejó en las traductoras que se sumaron en los años siguientes. En 1849, Juana Loreto Escribano García publicó con la imprenta de Julio Belin, en Santiago, Educación materna: conversaciones de una madre con sus hijas: sobre las obras de Dios,18 traducción de Éducation maternelle. Simples leçons d’une mère à ses enfants de Amable Tastu (1835), reeditado en 1854 por la Imprenta del Diario en Valparaíso. Poco sabemos de ella, pero, a diferencia de Álvarez, se presentó con su nombre y el apellido de su esposo, Antonio Millán Valenzuela, hijo de Antonio Millán Gatica, teniente en el proceso independentista de Chile. La portada la registra como Loreto E. de Millán, afirmando su identidad en asociación a la obra traducida, a la que agregó un prólogo. En él, reconocía que su maestro la había motivado a publicar la traducción, que había iniciado solo con fines autodidactas, y declaraba que su propósito se orientaba a aportar a la educación de los jóvenes:

Después de haber vacilado por algún tiempo, hube de ceder a las instancias de mi maestro; pero solo teniendo en consideración lo que he dicho al principio –que nunca están de más las obras que se dedican a la instrucción de la juventud (Escribano 1854, 4).

Traspasar la responsabilidad de publicar su traducción a su maestro, es decir, ofrecer una excusa para justificar su rol de traductora, refleja la dificultad de que a mediados del siglo xix una mujer pudiera dedicarse a ello, incluso considerando que la temática correspondiese a un tópico femenino y que no eran sus ideas, sino las de otro autor. El prólogo funciona, por un lado, como un espacio para que la traductora se disculpe por su osadía, y por otro, es la oportunidad para que su voz –y no la del autor traducido– salga a la luz, confesando que ella se había dado libertades para adaptar el texto y que, dada su brevedad, agregaba fragmentos de Fénelon y algunos cuentos morales. Aun así, se trataba de una mujer que volcaba su saber en el marco de los roles que, aprobados por un varón –su maestro– se destinaban a la educación por medio del reconocimiento de la condición maternal femenina.

Similar tendencia se observa en las siguientes traductoras. La publicación de Escribano se siguió de dos tomos de la colección Bibliotecas populares, publicada por la Imprenta Nacional, en Santiago (1855), que recogía la biografía de personajes célebres. Su traductora, Juana Pérez, llevó desde el francés las historias de Homero, Johannes Gutenberg, Bernard Palissy y Oliver Cromwell, escritas por Alphonse de Lamartine como un proyecto de narración de la historia de la humanidad desde el concepto de los avances de la civilización, a través de quienes el autor consideraba “grandes hombres”. En Chile, Bibliotecas populares buscaba impulsar la creación de bibliotecas públicas que fomentaran la lectura en una sociedad que comenzaba a alfabetizarse y que, desde la perspectiva del Estado, requería ser educada moral e intelectualmente para su participación ciudadana (Soaje y Molina 2021).

Así, con un afán pedagógico moralizante, las traducciones de Pérez mantuvieron un propósito similar y siguieron una versión apegada a la redacción francesa. La edición no ofrecía detalles sobre la traductora. En el cuarto tomo, figuraban sus iniciales en la portada y, en el quinto, su nombre explícito. La ausencia de un segundo apellido impide reconocer su biografía.

En 1856, la Imprenta Nacional publicó una nueva traducción femenina sobre una biografía: la historia escrita por el político conservador francés François Guizot, Étude historique sur Washington, que en español recibió el título Washington. Fundación de la República de los Estados Unidos de América, traducido por Virginia Rojas. En 1858, la Imprenta del Ferrocarril reeditó esta versión, pero omitió el nombre de la traductora. Tal como en el caso de Pérez, el nombre de Rojas no se acompañaba de datos biográficos. Con todo, la selección del tema y la aproximación a esta biografía desde una perspectiva aleccionadora mantenía la tendencia pedagógica que caracterizó a las traducciones de Pérez.

En 1857, se publicó una segunda traducción femenina desde el inglés: Himnos en prosa para el uso de los niños, versión al español de Hymns in prose for children de Anna Letitia Barbauld (1781).19 Editada por la Imprenta del Mercurio en Valparaíso, fue una traducción de Emilia Smith, quien se identificó en la portada como alumna del Colegio de Miss Whitelock. Si bien no ofrecía otros detalles, se trató de la primera publicación que identificaba a su traductora con un antecedente relativo a su formación, lo que explicaría los motivos de su selección idiomática. La traductora era descendiente de una familia británica originaria de Lancaster y estudió en un establecimiento privado de Santiago, que destacó por su formación académica para hombres y mujeres de la élite. La labor pedagógica de Miss Whitelock fue reconocida como una educación de vanguardia por sus estudiantes, como Martina Barros, Victoria y Ramón Subercaseaux e Ismael Tocornal (Barros 1942, 54-55). Destacaba por la disciplina, su formación cívica y la enseñanza del inglés, que, según Martina Barros (1942, 57-58), era el único idioma que se permitía en su interior. El testimonio de Ramón Subercaseaux coincide al destacar a Miss Whitelocke como una “educacionista muy adelantada para la época” (1908, 14).

Emilia Smith recibió, entonces, una formación en lengua inglesa que le permitió iniciarse en la actividad editorial con la traducción de los himnos. Su libro incorporó una dedicatoria en la que declaraba su motivación:

Lo que me ha decidido a publicar esta pequeña obrita ha sido el deseo de proporcionar a los niños un librito que al mismo tiempo que aprendan a perfeccionarse en la lectura, les sirva tambien para impresionarse del verdadero sentimiento relijioso: sentimiento que para que produzca algun fruto que sea duradero, debe inculcárseles durante la infancia (Smith 1857, 3).

Se trataba de un ejercicio de afirmación de la personalidad de la traductora, que reconocía un propósito pedagógico subordinado a una intención moralizante cristiana. No era una obra para instruir en doctrina católica, sino para formar buenas personas, que valorasen sus conocimientos en orden a admirar el mundo y a su Creador (Smith 1857, 4).

Una intención pedagógica tuvo también la traducción del francés publicada en 1858 por la preceptora Carolina Balderrama. Sin embargo, bajo el título ¿Por qué?, el libro publicado por Imprenta del País no se orientaba a una educación religiosa ni moral, sino científica. A partir de breves artículos, daba cuenta de las razones químicas y físicas de fenómenos naturales. La traductora se identificó en la portada con su nombre y oficio, pero no aportó otros antecedentes. No obstante, es probable que se tratase de una antigua alumna del colegio de Dámasa y María Josefa Cabezón en Santiago, pues el mismo nombre se registra en una nota de prensa que describía actos escolares de dicho establecimiento, donde participaban sus alumnas destacadas.20 Aunque podría tratarse de un alcance de nombre, el libro refleja los conocimientos del francés y nociones científicas que demuestran la alta educación de Balderrama. Su vocación pedagógica no se detuvo ahí. En 1865, publicó con la Imprenta de la Independencia, la traducción de Petite Civilité Chrétienne ou Règles de la Bienseance (1834) bajo el título La urbanidad cristiana, reimpreso en 1874. Se trataba de una publicación moralizante cristiana, compuesta de consejos para una conducta civilizada, que fue adoptada por el gobierno para la educación escolar, con una favorable recepción en diversos establecimientos (Soaje y Salas 2021, 51).

Un tono similar, pero más piadoso, contenía el Manual de una mujer cristiana, traducido por Enriqueta Pinto Garmendia desde el Manuel d’ une femme chrétienne, del abad Frédéric-Édouard Chassay (1849) y publicado con Imprenta de la Sociedad, Santiago, en 1859. La portada la presentaba como traductora, con su nombre, apellido y el de su esposo, el presidente Manuel Bulnes, y reconocía con detalle los datos de la obra original para seguirse de dos páginas de aprobaciones eclesiásticas, solicitadas para legitimar su trabajo como traductora. Para eso, el arzobispo había comisionado al presbítero Francisco de Paula Martínez, cuyas palabras, transcritas en dichas páginas, alababan la literalidad y precisión de la traducción, que permitían resguardar la doctrina cristiana.

No resulta extraño que este libro contara con la aprobación de las máximas autoridades católicas en Chile. Hija del presidente Francisco Antonio Pinto, Enriqueta se educó en el colegio de la francesa Fanny Delauneux, primer establecimiento particular para señoritas, fundado en 1828. Su matrimonio con Bulnes, el año cuando él asumió la presidencia del país, no hizo sino fortalecer su participación en la élite. Desde su rol como primera dama, Enriqueta se ocupó de recibir a destacados intelectuales, oficiando como anfitriona de su salón literario (Huidobro 2024, 321-325; Oses 2012, 43). Así, ejercía desde el espacio privado, un rol de sociabilidad intelectual que se complementaba con sus tradicionales deberes femeninos de esposa y madre. Su libro refleja esa yuxtaposición entre tales deberes y la aspiración de las mujeres a una mayor educación y cultura.

Se trata de una tendencia que cobró fuerza con el tiempo. En 1861, Dolores Olañeta Santiesteban, nacida en Sucre en 1835, publicó en siete partes en la Revista del Pacífico, la novela histórica La Condesa de Gloswood, o la cabaña del proscrito, versión al español de su original francés La Comtesse de Gloswood, ou le Catholicisme en Angleterre sous Charles II de Antonine Lecler (1855). Tres años después, la obra fue publicada como libro por Imprenta Chilena. Se trataba de la historia de conversión de una protestante al catolicismo en tiempos de la persecución anglicana a la Iglesia católica. Era, según su autora original, una obra religiosa literaria. Olañeta hizo una traducción casi literal, contribuyendo a la línea de tono piadoso y moralizante de sus predecesoras. A esta obra sumó, en 1881, la traducción de La piété enseignée aux enfants de Louis Gaston de Ségur, con el título La piedad enseñada a los niños, publicada por la imprenta de El Independiente.21 A diferencia de su primera traducción, que no incorporaba palabras adicionales, Olañeta incluyó una “Dedicatoria a los niños chilenos”, donde presentaba su trabajo como resultado de sus tiempos de ocio, para fomentar en la juventud una virtuosa vida interior (en Segur 1881, 1).

Pese a no ofrecer mayores antecedentes, sabemos que la traductora, casada con Fidel Contardo del Campo en 1868, formaba parte de la elite intelectual. Así se evidencia en los versos contenidos en su álbum privado, publicados en la Revista del Pacífico, que daban cuenta de su amistad con Eusebio Lillo, Manuel Blanco Cuartín y algunos extranjeros. Por eso, es posible suponer que se trataba de un perfil similar al de las demás mujeres que se habían aventurado en este ejercicio editorial. Hasta entonces los textos religiosos o moralizantes abrieron la puerta para que las mujeres comenzaran a traducir y publicar. Estos temas les ofrecieron mayor soltura en comparación con los que abordaron años después las intelectuales liberales, las cuales encontraron resistencia.

3.2. La generación de 1870: diversificación temática y primeras voces liberales

A comienzos de la década de 1870, nuevas traducciones femeninas salieron a la luz, pero muchas solo llevaban un identificador genérico, como “una señorita” o iniciales que impiden inferir la identidad de la traductora. En otros casos, como el de Las hijas de María, impreso por Librería Central en 1871, desde la versión francesa de Louis-Marie Grignion de Montfort, solo reconocía a las “Alumnas del S.C.”. La pista refiere a mujeres con una educación de élite del Colegio del Sagrado Corazón, pero que no pretendían desarrollar una carrera escritural, sino servir a un propósito piadoso que las mantenía en el anonimato.

No obstante, en 1871, una obra contó con el nombre de la traductora: El libro del pueblo o consejos a los obreros sobre los medios de mejorar su condición, publicada por El Independiente y que tomaba como original los Conseils aux ouvriers sur les moyens d’améliorer leur condition de Théodore-Henri Barrau. La portada registraba a María Isabel de la Barra Aristegui como traductora, seguido de: exalumna del Colegio de las Monjas Francesas de los Sagrados Corazones.

Una dedicatoria de la traductora al presidente Federico Errázuriz encabezaba el texto. Su propósito era apoyar la labor que él tenía de procurar el bien del pueblo y sentía que la obra de Barrau, con su tono moralizante dirigida a jóvenes obreros, podía ayudar (Barrau 1871, I). La traductora agregó una nota al pie que avalaba la posibilidad de que los obreros aspiraran a un ascenso social. Se trata de la primera ocasión en que se asomaba por parte de una traductora, una evidente voz propia que se distinguía de la del autor original. Así mismo, al cerrar el texto, confesaba que había acomodado algunas teorías del autor a las costumbres chilenas.22

De la Barra pertenecía a la élite sociocultural. Recibió educación en uno de los establecimientos más prestigiosos para mujeres. Era nieta de José Miguel de la Barra y López, quien participó del proceso independentista de Chile y ejerció cargos diplomáticos en Europa para la nueva república. En 1843, él fue decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la recién creada Universidad de Chile, lo que es indicativo del ambiente cultural que pudo regir en el hogar donde se formó. Ella se mantuvo en las mismas redes al casarse con Eduardo Silva Ureta, hermano del diputado Ignacio Silva, ambos de tendencia liberal que bien pudieron apoyar la aspiración de una mujer como ella para participar de la actividad editorial (Figueroa 1897, 169).

Al año siguiente, 1872, una nueva traducción del francés ofrecía material pedagógico y moralizante bajo el trabajo de la preceptora Rita Letelier R., quien publicó con Imprenta Militar, El tesoro de la infancia, aprobado por la Universidad de Chile para su uso en escuelas públicas. Aunque el texto no incluía referencias sobre la traductora, Letelier fue una reconocida maestra que se desempeñaba en la Escuela de Niñas n.° 1 de Talca desde 1856, alcanzando el cargo de directora hasta su jubilación en 1893.23 El Consejo de la Universidad recibió, en 1861, una destacada evaluación de la profesora por parte del Intendente de Talca.24 Su labor docente era reconocida y su incorporación al trabajo traductológico y editorial fue una ampliación de ello.

El mismo año de 1872, se publicó la primera traducción de divulgación cultural. Se trataba del Discurso improvisado por el artista Ernesto Rossi en el Ateneo de Barcelona, presentado en 1868 en italiano y que versaba sobre el teatro de Shakespeare. Alaide Pantanelli, su traductora, era hija de los italianos Rafael Pantanelli, director de ópera, y de la contralto Clorinda Corradi. La edición, impresa en Valparaíso por El Mercurio, reconocía el respeto a la literalidad del discurso original. Cuatro años después, en 1876, Alaide se aventuró con otra publicación, una traducción desde el francés de La dama de las camelias de Alejandro Dumas.

Alaide nació en Chile, luego de que sus padres se avecindaran en el país en 1834, y ejerció como profesora de música. Poseía una refinada educación. Se casó con el actor Antonio Gaytán, productor de obras teatrales donde ella tocaba piano. Su labor traductológica se desarrolló así en un marco coherente a sus ocupaciones, en el contexto de la producción de alta cultura, si bien su familia no alcanzó una buena situación económica.25

Con todo, es posible pensar en Pantanelli como parte de la misma comunidad cultural de mujeres de élite. A ella pertenecieron también algunas jóvenes que destacaron en la década de 1870 por profundizar en la actividad intelectual femenina sin que esta debiera seguir justificándose en la vocación pedagógica que se asumía para ellas. En especial, destacaron Martina Barros Borgoño y las hermanas Regina y Ángela Uribe Orrego, cuya participación puede considerarse como un hito coyuntural en la historia de la traducción femenina en Chile. Con ellas se inició una etapa de vocación intelectual de conciencia femenina.

La traducción de Martina Barros de The subjection of Women de John Stuart Mill, publicada por partes en la Revista de Santiago entre 1872 y 1873 con el título La esclavitud de la mujer, se distanció de las traducciones precedentes al poner en debate los roles femeninos desde una perspectiva liberal. Además, incorporó una introducción donde explicitaba su parecer, ofreciendo una mayor afirmación de su personalidad. Barros no buscaba llamar a una rebelión femenina, sino apelar por espacios de participación en el contexto del imperio de la razón (Barros 1872, 112-114).

Este texto no fue su única traducción. En la misma revista publicó los “Recuerdos de Schiller”,26 traducción desde el alemán de poemas de Friedrich Schiller. Entre ellos destaca “Casandra”,27 del original Kassandra, que rescata la historia de la mítica princesa griega maldecida por Apolo para que nadie creyera en su palabra.

El perfil biográfico de Barros responde al de la comunidad cultural descrita. Nacida el 6 de julio de 1850 en una familia de élite, recibió temprana educación, primero, en el colegio de Monsieur Leboeuf y luego en el establecimiento de Miss Withelocke. No obstante, recibió la mayor influencia cultural por parte de su tío Diego Barros Arana, historiador y decano de la Universidad de Chile, quien la apadrinó tras la muerte de su padre, cuando ella tenía 11 años. En casa de Barros Arana, interactuó con intelectuales como Miguel Luis Amunátegui, Guillermo Matta y José Victorino Lastarria (Huidobro 2024, 346-349).

El caso de Regina y Ángela Uribe fue similar. Hijas de Juan José Uribe y de la escritora Rosario Orrego, recibieron una esmerada educación en casa, que, junto con el modelo materno, se complementó con la instrucción impartida por el colegio de Isabel Le Brun, el Liceo de la Recoleta, en Santiago. Motivadas por esas influencias, al surgir la revista La Mujer, ambas se sumaron como colaboradoras, además de contribuir en la Revista de Valparaíso, liderada por su madre. Al tratarse de publicaciones que reivindicaban las capacidades intelectuales femeninas, sus ejercicios de traducción no requerían justificación y constituyeron un aporte a la divulgación cultural y científica. De Regina se cuentan siete traducciones: aunque una fue la novela “Amor después de la muerte”, las demás versaron sobre filosofía –“Goethe”, “Filosofía”–, conocimiento científico –“Necesidad de la difusión de los conocimientos”, “Vida de la naturaleza”, “Como podemos ahogarnos y ser resucitados”– y literatura –“Apertura del curso de Literatura en la escuela de Bellas Artes de Francia”–. Mientras esta última fue publicada en La Mujer,28 las demás figuraron en la Revista de Valparaíso, donde Ángela Uribe publicó su traducción del francés de “El Jenio de Walter Scott”.29 Esta última, además, colaboró luego con estudios artísticos en El Taller Ilustrado30 (Figueroa 1901, 341).

Aun cuando no hay más antecedentes biográficos sobre ellas, resulta claro que las tres formaron parte de una comunidad intelectual femenina de tendencia liberal que, al alero de estas revistas, halló un espacio para participar del mundo editorial, avanzando un paso más allá que sus predecesoras. En el refugio de las publicaciones periódicas, aportaron desde ámbitos temáticos menos tradicionales, para fortalecer la tendencia de la participación de mujeres en actividades escriturales. Su trabajo traductológico, así como el de Martina Barros, responde a un ambiente en que otras referentes e intelectuales del momento habían comenzado a defender públicamente el acceso de las mujeres al campo científico y profesional. Antonia Tarragó en 1872 y Lucrecia Undurraga en 1873, comenzaron a exigir a través de publicaciones periódicas, el acceso de las mujeres a una educación análoga a la de los hombres. En el periódico de Undurraga, por ejemplo, se lee el siguiente fragmento: “La mujer que quiere ganar su vida honradamente […] puede hacerlo sin dificultad. Nunca encontrará que ha sido inútil el estudio, ni mucho menos infructuosa una vida de labor. Tampoco la escasez golpeará a sus puertas”.31

Así lo hizo también Elvira Meneses, quien se identificó como alumna del Colegio de la Recoleta. Meneses contribuyó con una traducción sobre “La instrucción de la mujer en Suecia” en La Mujer,32 que ofrecía datos sobre las oportunidades de educación femenina en ese país, como modelo a seguir. Aunque no hay otras referencias sobre la traductora, es claro que, por el establecimiento donde se formó, participaba del mismo círculo que las Uribe Orrego.

Otra traductora que colaboró en La Mujer fue Elena Salazar Villanueva desde el anagrama Zara Lazanel. Nacida en Copiapó en 1850, pertenecía a una familia de riqueza minera, lo que le permitió recibir una alta educación de orden liberal. Consciente de la importancia de la instrucción femenina, en 1876, participó de la fundación del Liceo de Niñas de Copiapó, primer establecimiento de su tipo en el país. Su actividad literaria se inició con artículos para el diario El Atacama y en 1877, contribuyó con dos traducciones en La Mujer: “Escuela republicana-De la libertad”,33 fragmento del tratado filosófico y político francés de Émile Sauvage, y “Biografía de madame Girardin”,34 del francés Théophile Gautier, orientada a destacar los méritos de la francesa.

Salazar fue una activa promotora de la educación femenina. Contribuyó con un discurso para las escuelas públicas de Copiapó en 1877 –publicado en La Mujer35 y al año siguiente fue elegida miembro honorario de la Academia Literaria del Liceo de Copiapó. Vivió sus últimos años en Santiago, donde se desempeñó en la Casa de Moneda (Figueroa 1901, 199-200).

Colaboradora, igualmente, del periódico La Mujer fue Enriqueta Calvo Torres, quien firmaba con el apellido de su esposo, Robustiano Vera. Sus traducciones siguieron tendencias tradicionales, de tono moralizante, pero aplicadas a modelos femeninos en el marco de un periódico que buscaba reivindicar a las mujeres. “La hija de San Vicente de Paul”, traducción desde el francés de un fragmento de la obra de Louis Lecart, y “La fiesta de todos los santos”, del artículo francés “La fête des morts” publicada originalmente en Le Journal du Dimanche, fueron expresión de ello. Aunque Calvo no ofrece datos sobre su vida, los antecedentes de su esposo permiten perfilarla como una mujer de élite que se desenvolvía en un ambiente de preocupación por la educación y la política. Robustiano Vera fue abogado, ocupó cargos públicos y participó de iniciativas de promoción de la instrucción popular. Fue un hombre de letras que pudo apoyar a su esposa en el ejercicio literario (Figueroa 1901, 428-429).

Dos mujeres más participaron en este periódico con traducciones. Carolina Aravena, con el fragmento de un cuento titulado “Mi viejo profesor” y otra autora cuyo seudónimo “Grano de Arena” no permite reconocerla. No hay otros antecedentes sobre ellas, pero fueron parte de una comunidad destacada que diversificó y fortaleció la participación femenina en la actividad traductológica en Chile. El aporte de estas traductoras en los periódicos mencionados fortaleció una tendencia que abrió camino a las mujeres en temáticas más allá de la línea moralizante y pedagógica que había distinguido a las publicaciones de la década anterior.

Esta tendencia y diversidad no se quedó solo en revistas. En 1877 y 1878, Rosario Valdivieso Torres publicó dos libros alusivos a las exploraciones del francés Hilaire Bouquet por la Patagonia y Tierra del Fuego. Esploracion en Patagonia i Tierra del Fuego: primer viaje, publicado en 1878 por Imprenta del País, contaba con una dedicatoria de Bouquet a Adolfo Ibáñez, también traducida por Valdivieso, lo que revela que las mujeres ya estaban pronunciándose sobre temáticas científicas.

Como sus pares, Valdivieso pertenecía a la élite. Nació en 1850 en Santiago y se educó en el Colegio Alemán, para proseguir sus estudios en el colegio de las Monjas Francesas de la capital. En 1878, cuando publicó sus traducciones, asumió la edición del Diario de Avisos y se hizo cargo de su sección literaria. Más tarde participó en Las Noticias de Talca. Tenía interés, por tanto, de participar de la actividad editorial. Contrajo matrimonio con Alfredo de Irisarri, descendiente del patriota Antonio José de Irisarri, por lo que mantuvo su pertenencia a la clase alta chilena (Figueroa 1901, 385). Si bien, a través de sus traducciones, no compartió antecedentes de sí misma, se trataba de una intelectual que defendía, como las hermanas Uribe y Martina Barros, el derecho femenino a participar del quehacer intelectual y cultural públicamente.

Esa debió ser la convicción que, en la misma época, animó la creación de una escuela en Copiapó cuyas estudiantes y profesoras participaron de la actividad literaria y de la traducción. Se trataba de la Escuela Rafael Valdés, fundada en 1874 por la orden masónica para ofrecer una educación laica y científica a las niñas. Algunas se reunieron en una iniciativa editorial dedicada a su directora, Enriqueta Douglas: Historias verdaderas para niños de 4 a 8 años. Publicada por El Atacama en 1879,36 ofrecía la traducción del francés de Historiettes à l’usage des jeunes enfants qui commencent à savoir lire (1853), de Zulma Carraud. Domitila Ocampo, Enriqueta Pozo, Mercedes Hinojosa, Elvira Olivares, Sara Canto, Beatriz Lamiothe y Juana Hidalgo declaraban su gratitud y respeto a su profesora, por sus “desvelos por la educación e ilustración de la juventud femenina” (Carreaud 1879, 3). Así, pese a que la temática y propósito del libro se alineaban con el tono pedagógico moralizante tradicional, las estudiantes lo presentaron como expresión del incentivo a la educación de mujeres.

A excepción de Mercedes Hinojosa, no hay mayores antecedentes biográficos de ellas, pero debieron pertenecer a familias liberales de riqueza minera, pues su escuela fue criticada por la comunidad católica y conservadora local. Mercedes fue hermana de Griselda Hinojosa, quien años después se tituló como la primera química farmacéutica del país. Mercedes llegó a ser preceptora de la Escuela de Niñas n.° 2 de Copiapó. En 1893, fue secretaria de la Unión de Profesores de Instrucción Primaria de Atacama y en 1904, tesorera de la Sociedad Protección Escolar (Huidobro 2024, 381; Olivares y Miranda 2021, 348). El ejemplo de sus profesoras debió inspirar su vocación y explica el aliciente para que estas alumnas incursionaran de forma temprana en una empresa editorial. Se sumaban así a una generación de jóvenes mujeres que, entre sí, se apoyaron para abrirse camino en la actividad intelectual. La traducción constituyó una estrategia para ello.

3.3. Últimas décadas del siglo xix: traductoras a favor de los derechos de mujeres

En la Escuela Rafael Valdés también se desempeñó la profesora Delfina María Hidalgo y González, que había colaborado con poesías en el periódico La Mujer. Con una tendencia a promover la ilustración femenina, Hidalgo se sumó al trabajo de traducción con la publicación de numerosas obras en la década de 1880.

Nació en 1862 y se formó en escuelas de Copiapó, para trabajar después como docente. Enseñó en el Liceo de Niñas de la ciudad, donde promovió la educación científica para las niñas. Desde su juventud, participó en los periódicos de la zona con creaciones literarias y fue miembro honorario del Círculo Literario de Copiapó.

En la década de 1880, se alejó de su ciudad para fundar un colegio superior de niñas en San Fernando. En 1885, se trasladó a Valparaíso, donde fue directora de una escuela popular. Nunca abandonó su afán poético, colaborando en diversos periódicos. Algunos de sus versos recibieron una distinción en el Certamen Varela de 1887 (Figueroa 1888, 231). Fue en esa época cuando se dedicó a la traducción. Formaba parte de la comunidad presbiteriana y abocó su trabajo a la publicación de textos religiosos originalmente en inglés, que formaron parte de una colección de Tratados Chilenos, publicados por Imprenta de la Patria en 1887. Entre los títulos se cuentan Qué es la conversión, del original What Conversion Is? de Charles Robinson, y El abogado cristiano, de The Christian Layer, obra de Woolcott Clakin.

Su labor traductológica se ordenó a servir a su fe, pero desde una disposición que afirmaba el derecho femenino a su educación y a la participación del mundo literario, aspiraciones a las que dedicó versos poéticos (Eliz 1889, 264-269). Delfina puede considerarse, por ello, como parte de la comunidad de defensoras de los derechos de las mujeres.

Así ocurrió con otra traductora contemporánea, Maipina de la Barra Lira. Nacida en París, era hija del diplomático e intelectual José Miguel de la Barra y de la francesa Athenais Pereira. Vivió en Chile desde los cuatro años y debió recibir una alta educación. Aprendió, al menos, francés e italiano. Se casó y tuvo hijos, pero al enviudar en 1873, se dedicó a realizar clases de piano y efectuó viajes por Europa y Sudamérica, a partir de lo cual publicó su primer libro –un diario de viajes– en 1878. Forjó una amplia convicción sobre los derechos educativos de las mujeres, ofreciendo conferencias y ensayos sobre la materia (Ulloa 2012, 19-20; 2014, 352-353). Cuando se inició en la traducción era una mujer de trayectoria. La ciencia oculta, estudio sobre la doctrina esotérica, del francés Luis Dramand, fue una traducción publicada en Madrid, en 1887, en el Establecimiento Tipográfico de Ramón Angulo. La materia escogida tenía relación con intereses intelectuales de la traductora, como el magnetismo animal y el hipnotismo. Maipina de la Barra formaba parte de círculos de pensamiento teosófico, lo que da cuenta de un perfil coherente con sus predecesoras, interesada en ir a la vanguardia de la intelectualidad, aun cuando se alejase de la tradición católica conservadora. Después de todo, desde la década anterior, las perspectivas y voces adoptadas desde la traducción se habían permitido esa diversificación.

Defensora de la educación femenina fue también Nicolasa Montt Barros de Marambio, nacida en Freirina en 1857. Recibió una alta instrucción que luego procuró para sus hijas, a quienes dedicó poesías y la traducción desde el francés de tres novelas de intención pedagógica y moralizante: Elena, publicada en 1890 por Imprenta la Patria; Tres meses de vacaciones y El demonio del dinero, publicadas en 1895 y 1899 por Imprenta del Coquimbo. Además de registrar su nombre, la traductora incorporó en cada obra una dedicatoria a sus hijas en la que explicaba la necesaria tarea intelectual que realizaba, excusándose de no ocuparse exclusivamente a la maternidad. Así, reflejaba su preocupación por el conflicto propio de los debates sobre los derechos femeninos, cuando se recurría al argumento sobre el posible abandono del rol materno entre las mujeres que optaban por su educación. Montt participó en diversos proyectos editoriales y publicó, en 1905, una defensa a la instrucción femenina en su obra Páginas íntimas (Sotomayor 1927, 716). Asimismo, estableció redes de contacto con otras intelectuales de comienzos del siglo xx, como Gabriela Mistral (Álvarez 1999).

A círculos similares debió pertenecer María Merino, traductora en 1895 de la prédica del canónigo francés Hallez, El mes de septiembre consagrado a Nuestra Señora de Dolores, publicada por la Imprenta Católica. Merino enseñaba pintura e idiomas y sostuvo contacto epistolar con Gabriela Mistral. Su traducción fue una de las últimas de carácter piadoso en el recuento de obras publicadas en el siglo xix. A ella la acompañó, en 1896, Una flor del Rosario, traducción del francés de Ismenia Pradel de Donoso, impresa en Santiago por Imprenta y Encuadernación Barcelona. Pradel suscribió una solicitud a favor del sufragio femenino en 1925, lo que confirma su tendencia en favor de los derechos de las mujeres.

Aunque el número de traducciones femeninas disminuyó en las dos últimas décadas del siglo xix, en favor del aumento progresivo de publicaciones originales de autoría de mujeres, los perfiles biográficos de estas traductoras confirmaban las tendencias de sus predecesoras. Incluso al tratarse de traducciones moralizantes o piadosas, a ellas subyacía el trabajo intelectual de mujeres que, tras recibir una educación refinada, pretendían traspasarla y fomentarla a sus pares y a las nuevas generaciones. Las traducciones que mantuvieron un propósito pedagógico se orientaron paulatinamente a la formación de mujeres, sirviendo como herramienta para su alfabetización y educación. Así, por ejemplo, la revista La Academia publicada por el colegio para señoritas La Ilustración, de Santiago, publicó en sus tres números (1897), breves traducciones del francés, de materia cultural, por parte de alumnas identificadas como Guillermina y Graciela.

La mayoría de las últimas traductoras firmó con nombre y apellido, reconociéndose como parte de una labor editorial que había ganado terreno para las mujeres. La traducción femenina había cobrado carácter, acompañando el proceso de ampliación de los derechos de las mujeres que, sobre todo a fines del siglo xix, se habían fortalecido en el ámbito educativo. Por eso, el ejercicio traductológico y la participación de mujeres en la actividad editorial a través de esta práctica, no puede ser entendido sino como promotor y expresión de ese mismo proceso.

Finalmente, aunque no siempre existió una relación personal entre las traductoras de distintos periodos, es posible observar algunas continuidades o vínculos: las primeras dedicadas a esta labor, con su énfasis moralizante, abrieron la legitimidad editorial que permitió a las de 1870 diversificar temáticas; estas, a su vez, sentaron las bases para que las de fines de siglo se vincularan más directa y explícitamente con reivindicaciones de derechos de mujeres, abriendo así la puerta a un siglo xx marcado en sus primeros momentos por dichas luchas.

Conclusión

La labor traductológica femenina en Chile en el siglo xix puede ser apreciada como una forma pionera de participación femenina en la esfera pública y cultural, en un contexto intelectual y social, hasta entonces, dominado por hombres. Mediante la traducción, las mujeres desarrollaron una estrategia para insertarse en el ámbito intelectual y literario, contribuyendo al desarrollo de la cultura, al fortalecimiento de la educación y a la defensa de los derechos femeninos.

Aunque su número fue menor en comparación con los traductores varones, el impacto del trabajo realizado por mujeres de élite que habían recibido una educación de alto nivel fue significativo. Sus traducciones no solo favorecieron la circulación de ideas y tendencias internacionales, sino la creación de una comunidad intelectual femenina que, mediante una labor editorial en apariencia indirecta, comenzó a reclamar por espacios propios dentro de la sociedad.

Dicha labor se vio afianzada con el correr del tiempo, mientras se desarrolló un ambiente cultural que fomentó la instrucción femenina y nuevos espacios para la participación de mujeres. En su labor de traducción, es posible observar tendencias progresivas que reflejan un cambio en la expansión de sus derechos y posibilidades. Así, si bien inicialmente las traducciones estaban ligadas a temas moralizantes y religiosos, desde la década de 1870 abordaron obras científicas, filosóficas y literarias, expresión del desarrollo de una identidad intelectual independiente y de un proceso de negociación con los roles tradicionales. Mientras traductoras iniciales, como Clara Álvarez y Enriqueta Pinto, trabajaron en los límites de roles femeninos tradicionales, más tarde, otras comenzaron a traducir obras que los desafiaban, promoviendo la educación femenina y la capacidad científica de las mujeres. El giro hacia textos y temas diversos, que a fines de la centuria incluían obras literarias, filosóficas, científicas y culturales, refleja cómo las mujeres incursionaron paulatinamente en ámbitos antes reservados para hombres. Así, en última instancia, las traductoras pusieron en cuestionamiento el estatus subordinado de las mujeres y aportaron, con su labor, a promover la discusión sobre derechos femeninos y la redefinición de sus roles y espacios.

Las tendencias observadas indican que, a través de la traducción –incluso cuando se trataba de temas conservadores–, las mujeres no solo lograron visibilidad en el ámbito cultural, sino que conformaron una comunidad que logró utilizar esta práctica como estrategia para desafiar las restricciones de género, abrir nuevos espacios de participación y promover el avance de los derechos de las mujeres en la sociedad chilena.

El análisis permite advertir paralelos con otros contextos latinoamericanos. Al igual que en Argentina, Perú o Colombia, las traductoras chilenas utilizaron esta práctica escritural e intelectual como un medio de ingreso al mundo letrado desde posiciones de élite. Su impulso acompañó también los debates sobre instrucción femenina y la organización de comunidades culturales alrededor de revistas dirigidas por mujeres. Este aporte resulta relevante para los estudios latinoamericanos e internacionales, pues muestra cómo la traducción fue una estrategia de negociación de género con rasgos comunes y, al mismo tiempo, con especificidades nacionales. El análisis realizado sobre el caso chileno invita, de esta forma, a continuar explorando el papel de las traductoras en la región, para comprender con mayor profundidad cómo esta práctica moldeó la educación, la producción cultural y las discusiones sobre género en el siglo xix, así como en sus proyecciones para el siglo xx.

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Fecha de recepción: 24.10.2024
Versión reelaborada: 07.09.2025
Fecha de aceptación: 12.01.2026


1 A lo largo de este estudio, el término “femenino” se utilizará para hacer referencia a la labor, producción y roles asociados históricamente con las mujeres en el siglo xix. Si bien el concepto de género es una construcción social y cultural, se opta por recurrir el término “femenino” para contextualizar la experiencia de las traductoras dentro de los discursos y categorías de su época. En este sentido, se seguirá la forma enunciativa histórica del siglo xix, si bien se entiende que dicho uso responde a modelos normativos de género de la época, y no a una esencia naturalizada. De este modo, el concepto se emplea de manera crítica, para dar cuenta de la historicidad de esas categorías: al aludir a una afirmación femenina o a la expansión de roles femeninos no se hará referencia a una esencia biológica, sino a la negociación y redefinición de los roles y espacios que la sociedad de la época asignaba a las mujeres.

2 Medina cuenta 265 traductores con nombre y apellido entre 1820 y 1899. A ellos se suman traducciones anónimas y las que solo incluyeron iniciales del traductor. Medina registra para el período, 989 traducciones.

3 La edición publicada en Santiago por la Imprenta del Progreso reconoce como autor de la novela a Jean Pierre Jurieu, protestante francés, pero la novela fue obra de Laurent-Pierre du Jussieu, escritor moralista de la misma nacionalidad. Quizá la similitud de apellidos produjo la confusión. La Biblioteca Nacional de Chile conserva una edición de esta novela en francés impresa en París en 1821, que perteneció a Rosario Errázuriz. Tal vez esta edición sirvió de referencia para Clara Álvarez, que ofrece una traducción apegada y literal de la versión original.

4 Se dice que Clara Álvarez tradujo los compendios de historia de Grecia, de Roma y de la Edad Media de Victor Duruy, aprobados por la Universidad de Chile en 1858 y validados en su traducción en 1863, pero ella no registró su labor. Estas obras fueron traducidas por primera vez en Chile entre 1863 y 1864, impresas por El Mercurio, en Valparaíso, donde Álvarez ejercía como traductora.

5 La primera fue fundada por Rosario Orrego; la segunda fue dirigida por Lucrecia Undurraga. Ambas son consideradas las primeras novelistas chilenas y las primeras en dirigir periódicos en Chile.

6 Para efectos de su cuantificación, hemos contabilizado solo la primera edición de cada una de estas traducciones.

7 Fundada en 1858 por el escritor Guillermo Blest Gana y editada por Santos Tornero, dueño de la Imprenta y Librería del Mercurio. Incluyó varias colaboraciones de intelectuales liberales. Circuló entre 1858 y 1861.

8 La tabla se ha elaborado a partir de las referencias compiladas por José Toribio Medina y de la revisión de las revistas o periódicos de carácter cultural. No considera prensa diaria.

9 No descartamos que la ley de libertad de imprenta (1872) y el inicio de un periodo de gobiernos liberales hayan influido también en un clima propicio para la participación de mujeres en el campo cultural.

10 Ese fenómeno ha sido ampliamente abordado en los últimos años. Véanse, entre otros: Contreras et al. (2017); Ramírez (2019); Muena (2021); Huidobro (2024).

11 Debe advertirse que estas cantidades corresponden a las obras traducidas dentro del siglo xix. La Tabla 2 del artículo de Zúñiga (2023) y la información de Medina (1924) incluyen traducciones hasta la década de 1920.

12 La misma traductora confirma esto en: Correo del Domingo, n.° 86, 20 de agosto de 1865, p. 541.

13 El Mercurio de Valparaíso se fundó en 1828 y en 1842 pasó a las manos de José Santos Tornero. La empresa funcionó, además, como una de las editoriales más sobresalientes del siglo xix.

14 “Aventuras y peregrinación de Mlle. Fanny Laviot”, Revista del Pacífico, Tomo II, pp. 160 y ss., 210 y ss.

15 Correo del Domingo, n.° 86, 20 de agosto de 1865, p. 540.

16 “Nuevos horizontes para la mujer”, La Mujer, n.° 20, 9 de octubre de 1877, s/p.

17 Correo del Domingo, n.° 86, 20 de agosto de 1865, p. 540.

18 El libro no reconoce el título ni autor de la obra original. Esta investigación realizó la búsqueda y contraste entre ambas publicaciones para confirmar el antecedente.

19 El libro no reconoce el título ni autor de la obra original. En este estudio se realizó la búsqueda y contraste entre publicaciones para confirmar el antecedente.

20 El Mercurio, 22 de enero de 1845, p. 2.

21 Periódico conservador, fundado por el presbítero Joaquín Larraín Gandarillas. Circuló entre 1864 y 1890.

22 El prólogo de Juana Escribano, aunque anterior, más bien cumplía un rol de exculpación por haber osado publicar.

23 “Sesión del 21 de noviembre de 1893”, Chile. Congreso Nacional. Cámara de Diputados, Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados de la República de Chile. Santiago: Imprenta Nacional, 1893, p. 234.

24 “Sesión del 13 de septiembre de 1861”, Anales de la Universidad de Chile, Santiago: Universidad de Chile, tomo 19, serie 1, 1861, p. 380.

25 Archivo Masónico, n.° 16, 2008, p. 11.

26 Revista de Santiago, tomo III, n.° 1, pp. 715-724.

27 Revista de Santiago, tomo III, n.° 1, pp. 717-719.

28 La Mujer, Año I, n.° 10, 21 de julio de 1877, pp. 76-77.

29 Revista de Valparaíso, n.° 1, 1873, pp. 442-447.

30 Revista pionera en la difusión del arte nacional (1885-1889).

31 La Mujer, n.° 20, 9 de octubre de 1877, en Ramírez y Ulloa (2018, 173-174).

32 La Mujer, n.° 11, 28 de julio de 1877, pp. 83-84; n.° 14, 20 de agosto de 1877, p. 105.

33 La Mujer, n.° 17, 10 de julio de 1877, pp. 130-131.

34 La Mujer, n.° 25, 21 de noviembre de 1877, en Ramírez y Ulloa (2018, 377-379).

35 La Mujer, n.° 19, 1 de octubre de 1877, en Ramírez y Ulloa (2018, 295-297).

36 Periódico fundado por Valentín Letelier, intelectual que más tarde fue rector de la Universidad de Chile. El Atacama circuló entre 1874 y 1881.